martes, 26 de febrero de 2019

EL VIEJO ESTILO EN EL 639 DE LA CALLE ESTADOS UNIDOS


Los barrios de San Telmo y Montserrat, son los sitios fundacionales de la ciudad de Buenos Aires. Son los lugares donde también se verifica el poco apego al patrimonio histórico cultural que han tenido y tienen las autoridades nacionales y de la ciudad. Esa vocación se perdió. Se terminó aproximadamente al comienzo de los años ‘50 del siglo pasado. En los años ‘40 se extinguió la última generación de la oligarquía liberal, ilustrada y positivista que le dio forma a Argentina y a  la ciudad. A partir de ese momento, todo fue picota, destrucción y abandono del patrimonio.
Bajo el pretexto de modernizar la ciudad, aún hoy se sigue autorizando la demolición de edificios y casas que fueron orgullo de la arquitectura de Buenos Aires. Poco a poco se le ha ido quitando identidad. No solo a la ciudad, sino también  a las nuevas generaciones que han crecido en  medio de edificios planos, cargados de vidrio y aluminio, con un mal gusto o desprecio absoluto por el diseño.
La calle Estados Unidos (desde el comienzo hasta la Av. 9 de Julio) conserva viviendas de diferentes épocas. Todas ellas se mantienen por vocación particular de sus propietarios. Aunque va creciendo en los últimos 10 años, una costumbre o moda, de comprar viejas casas en los viejos barrios para reciclarlas e intentar recuperar su tradicional aspecto.  Eso está ocurriendo, no solo en San Telmo y Montserrat, sino también en la zona este del barrio de Barracas y en el viejo Palermo, aunque hoy tengo nombres tan exóticos y traídos de los pelos como “Palermo Soho” o “Palermo Hollywwod” o “Palermo Queen”.

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Imagen: ©sarmiento-cms

ALGUNAS LUCES SOBRE PEDRO DE MENDOZA


El Bar Británico no tiene terraza. Solo un par de mesas sobre las angostas veredas de la esquina de Brasil y Defensa. Pero desde su interior se puede ver el acceso principal al Parque Lezama. Sus grandes ventanales de 10 por 3 metros permiten una visión óptima sobre el conjunto escultórico en honor a Pedro de Mendoza y Luján, el primero de los dos fundadores que tuvo la ciudad de Buenos Aires. El otro fue Juan de Garay. Pero el primero, oriundo de Guadix, miembro de una familia noble de la provincia de Granada, no tuvo suerte en el primer emplazamiento de la ciudad. El 3 de febrero de 1536 instaló el fuerte que bautizaría como "Santa María de los Vientos Finos", un nombre sugerido por el capellán de la expedición de Mendoza, devoto de la Virgen del Buen Ayre.
Esa Buenos Aires duró hasta 1542. Su emplazamiento fue en esta punta de la barranca sobre el Río de la Plata, que años más tarde se conoció como Punta Catalina. Estas luces que se hoy se ven desde la terraza del Bar Británico, están emplazadas en el mismo lugar donde se instaló el primer casería de lo que muchos años después sería Buenos Aires.
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Imagen: ©sarmiento-cms

miércoles, 14 de noviembre de 2018

PLAZA DE MAYO. EL CENTRO DE LA HISTORIA


La plaza es siempre el corazón de un pueblo o ciudad. Hay plazas muy famosas en todo el mundo por razones específicas. La mayoría de ellas está asociada a un acontecimiento histórico o un hecho político o cultural o artístico. Por ejemplo la Piazza de San Marcos (Venecia) la Plaza de Tlatelolco (Ciudad de México) la Place de la Concorde (París) o Trafalgar Square (Londres). Y esa gran galería de sitio memorables, también hay un lugar para la Plaza de Mayo de Buenos Aires. Para los argentinos no es una plaza, es el centro de la historia, de su historia como país.



En septiembre de 2006 se estrenó  en la plaza la instalación artístico sonora  Mayo, Los Sonidos de la Plaza (1945-2001). Fue un trabajo de musicólogo y periodista Martín Luitt que definió su trabajo como “una inmersión sonora en la historia”. De más está decir que la presentación ese 10 de septiembre fue todo un éxito. Los porteños acudieron en  número como para llenar el recinto y escuchar  los sonidos del 17 de octubre de 1945 o los murmullos al principio y los cánticos después de las rondas de los jueves de las Madres de Plaza de Mayo o el discurso de Alfonsin desde el Cabildo en el estreno de la nueva democracia.
Aquella propuesta sonora solo era posible porque la plaza es algo más que un recinto de encuentros de la sociedad porteña. La Plaza de Mayo es la caja de resonancia para lo bueno y para lo malo de todo lo que ocurra en la sociedad argentina. Los límites emocionales de la plaza son las  fronteras de Argentina. Los límites físicos son apenas dos manzanas delimitadas por las calles Rivadavia, Balcarce, Hipólito Irigoyen y Bolívar. Un lugar ubicado en el extremo Este de la ciudad pegado al Río de la Plata en sus orígenes, aunque ahora el río ha quedado bastante lejos por la constante expansión de la ciudad sobre la costa.



La plaza es el sitio donde Juan de Garay puso el famoso tronco que simbolizaba la justicia, para dejar fundada por segunda vez la ciudad. Fue el 11 de junio de 1580, cuarenta y cuatro años después de la primera fundación de Pedro de Mendoza en febrero de 1536. Esta fue en las barrancas del actual Parque Lezama. Pero Garay prefirió los bajos de esta zona de la costa. A partir de ahí, trazó las mensuras que establecerían las titularidad de las tierras repartidas entre el casi centenar de hombres que lo acompañaron desde Asunción del Paraguay.



El 25 de mayo de 1941, ciento treinta y un años después del primer gobierno patrio argentino,  la Comisión Nacional de Museos y Monumentos Históricos, colocó una plaza de bronce al pie de la Pirámide de Mayo (realizada por el escultor Manuel F. Vilaboa) con un texto que refleja fielmente la historia del lugar:
“En esta Plaza Histórica el fundador Juan de Garay plantó el símbolo de la justicia el 11 de junio de 1580. La Plaza Mayor fue desde entonces el centro de la vida ciudadana donde el pueblo celebró sus actos más solemnes como sus fiestas y expansiones colectivas. La Reconquista y la Defensa de la ciudad culminaron en la Plaza Mayor que se denominó Plaza de la Victoria. En 1810 fue el glorioso escenario de la Revolución de Mayo y en 1811 levantose en ella la Pirámide conmemorativa de la fecha patria: hechos trascendentales de la Historia Argentina se sucedieron en la Plaza de la Victoria. Aquí el pueblo de Buenos Aires juró la Independencia de la patria el 13 de septiembre de 1816 y la Constitución Nacional el 21 de octubre de 1860. El edificio de la Recova Vieja, demolida en 1884 fue un rasgo característico en los tiempos de la Independencia y de la Organización Nacional”.
La Plaza de la Victoria a la que se refiere el texto era el actual sector oeste de la plaza, del lado del Cabildo y culminaba en la Recova Vieja que no era otra cosa que un gran mercado de frutos del país, donde se aprovisionaba el pueblo de la pequeña ciudad que era entonces Buenos Aires. Al otro lado, del lado Este, en dirección al río, estaba la Plaza del Fuerte, cuya muralla este daba directamente sobre el agua. El espacio que ocupaba ese fuerte   es donde está la actual Casa Rosada, como comúnmente se conoce a la Casa de Gobierno, sede de la Presidencia de la Nación. La Plaza de la Victoria era denominada Plaza Mayor durante la época virreinal y al demolerse la Recova Vieja pasó a denominarse Plaza de Mayo en honor al 25 de Mayo, fecha del primer gobierno argentino y que dará lugar al comienzo de un largo proceso que culminará con la Declaración de la Independencia en 1816.



La vida del lugar hoy tiene muy poco que ver con sus orígenes. Es un lugar de trasiego intenso desde las primeras horas del día, incluso un poco antes que aparezca el sol sobre la costa del río. Alrededor se sitúan la Catedral metropolitana, El Cabildo antiguo, la sede central del Banco de la Nación Argentina, la Casa Rosada, el Ministerio de Hacienda y Economía, las oficinas centrales del principal organismo impositivo del país, la AFIP, además de otros edificios de bancos y aseguradoras. La plaza también es el eje del principal centro económico y financiera del país, conocido como La City Porteña. Todo esto explica por sí solo,  la gran cantidad de personas que circulan por ella a lo largo del día. Además de los turistas que,  por cierto, no son pocos.

Galería de imágenes en Flickr en los  álbumes  Plaza deMayo – Amanecer (I) y Plaza de Mayo – Amanecer (II)

NOTA: para una información más pormenorizada, sugiero consultar estos enlaces de Wikipedia y Arcón de Buenos Aires

miércoles, 17 de octubre de 2018

MURALES A LA CARTA


Cuando en 1812 Juan Bautista de Elorriaga construyó esta casa de dos plantas a cien metros de la Plaza de Mayo de Buenos Aires, no pensó que, dos siglos después, sus paredes se iban a convertir en el “lienzo” propicio para artistas especializados en el arte callejero o el Street Art. La esquina de la calles Defensa y Alsina ha tomado por estos días el color de los lugares sorpresa. En períodos variables, las paredes de lo que se conoce como Altos de Elorriaga muestran  diferentes expresiones del arte mural que crece en forma sostenida desde hace unos años en la ciudad.  Hoy  la casa forma parte del acervo turístico de la ciudad. Es la casa más antigua que se encuentra en pie y además se puede recorrer en visitas concertadas con la Oficina de Turismo porteño.  




La casa ha sobrevivido a pesar de todo, como la mayor parte del patrimonio cultural de Buenos Aires. En la primera década de este siglo su estado era verdaderamente ruinoso, a punto de derrumbarse. En final de la década de 1980 fueron sus últimos años de actividad comercial en  la planta baja. La parte alta de la vivienda estaba fuera de uso desde mucho tiempo antes. Y hasta 1950 se puede decir que mantenía cierta prestancia. Luego fue subocupada o mal ocupada por comerciantes eventuales que nada hicieron por sostener una edificación de mucho riesgo como es esta.
Poca información hay sobre la casa y alguna especulación respecto del arquitecto que la construyó. Se piensa que fue Saturnino Segurola, hermano de Leocadia Segurola,  esposa de Elorriaga. Una calle de Buenos Aires lleva el nombre de este sacerdote que fue director de la Biblioteca Nacional e impulsor de la vacunación antivariólica. Se afirma que la construcción se completó  en 1820 y Elorriaga vivió unos pocos años más, quedando la propiedad en manos de los Segurola.



Desde 1970 forma parte del patrimonio del Museo de la Ciudad, cuya sede principal están en la acera de enfrente en la misma esquina. Es un conjunto de edificios formado por la Casa de los Altos de la Estrella (construida en 1894) y la Casa de los Querubines (construida en 1895).
La esquina tuvo muchos usos, sobre todo en el aspecto comercial, pero nunca fue el centro de atracción por alguna manifestación cultural y mucho menos artística. La aparición de estas expresiones en sus paredes empieza a sentirse como algo natural entre los miles de trabajadores que circulan por la zona, especialmente a los funcionarios del máximo organismo impositivo argentino (AFIP) desde cuyas ventanas se ven toda la casa y sus murales renovables.



Las expresiones de arte callejero en este caso, reafirman la expansión de estas manifestaciones en la ciudad, que vienen creciendo de manera sostenida en producciones de alta calidad. Todo esto contribuye a reafirmar el crecimiento del muralismo argentino, cuyos orígenes se encuentran un siglo atrás con las obras de Jorge E. Spilimbergo, Antonio Berni, Juan Carlos Castagnino, Fernado Fader, Benito Quinquela Martín o Ricardo Carpani, entre otros.
Sobre el muralismo en la ciudad de Buenos Aires pueden consultar las notas de este mismo blog:
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También pueden ver en Flickr  otras producciones fotográficas de murales de Buenos Aires. 

// Muralismo en Buenos Aires 

// Educación o Esclavitud

// Ilusiones entre sueños

// Calle Lanín. Arte y Vida Cotidiana 

martes, 11 de septiembre de 2018

ESENCIA Y MISIÓN DEL MAESTRO


Hoy es el Día del Maestro en Argentina, país cuyos gobiernos se esmeran en destruir la educación pública con diversos métodos. Hoy habrá muchas expresiones de denuncia. Pero también creo que es un buen momento para reproducir ese artículo de Julio Cortazar, sobre el oficio de enseñar. Es una mirada hacia adentro, hacia las formas de posicionarse ante la enseñanza. “Ser maestro significa estar en posesión de los medios conducentes a la transmisión de una civilización y una cultura; significa construir, en el espíritu y la inteligencia del niño”, dice. Lo que sigue es el texto completo de ese artículo publicado en la Revista Argentina,  el 20 de octubre de 1939.


Julio Cortazar recién llegado a Mendoza en 1944, donde enseñó literatura francesa



Escribo para quienes van a ser maestros en un futuro que ya casi es presente. Para quienes van a encontrarse repentinamente aislados de una vida que no tenía otros problemas que los inherentes a la condición de estudiante; y que, por lo tanto, era esencialmente distinta de la vida propia del hombre maduro. Se me ocurre que resulta necesario, en la Argentina, enfrentar al maestro con algunos aspectos de la realidad que sus cuatro años de Escuela Normal no siempre le han permitido conocer, por razones que acaso se desprendan de lo que sigue. Y que la lectura de estas líneas –que no tiene la menor intención de consejo- podrá tal vez mostrarles uno o varios ángulos insospechados de su misión a cumplir y de su conducta a mantener.

Ser maestro significa estar en posesión de los medios conducentes a la transmisión de una civilización y una cultura; significa construir, en el espíritu y la inteligencia del niño, el panorama cultural necesario para capacitar su ser en el nivel social contemporáneo y, a la vez, estimular todo lo que en el alma infantil haya de bello, de bueno, de aspiración a la total realización. Doble tarea, pues: la de instruir, educar, y la de dar alas a los anhelos que existen, embrionarios, en toda conciencia naciente. El maestro tiende hasta la inteligencia, hacia el espíritu y finalmente, hacia la esencia moral que reposa en el ser humano. Enseña aquello que es exterior al niño; pero debe cumplir asimismo el hondo viaje hacia el interior de ese espíritu y regresar de él trayendo, para maravilla de los ojos de su educando, la noción de bondad y la noción de belleza: ética y estética, elementos esenciales de la condición humana.

Nada de esto es fácil. Lo hipócrita debe ser desterrado, y he aquí el primer duro combate; porque los elementos negativos forman también parte de nuestro ser. Enseñar el bien, supone la previa noción del mal, permitir que el niño intuya la belleza no excluye la necesidad de hacerle saber lo no bello. Es entonces que la capacidad del que enseña –yo diría mejor: del que construye descubriéndose pone a prueba. Es entonces que un número desoladoramente grande de maestros fracasa. Fracasa calladamente, sin que el mecanismo de nuestra enseñanza primaria se entere de su derrota; fracasa sin saberlo él mismo, porque no había tenido jamás el concepto de su misión. Fracasa tornándose rutinario, abandonándose a lo cotidiano, enseñando lo que los programas exigen y nada más, rindiendo rigurosa cuenta de la conducta y disciplina de sus alumnos. Fracasa convirtiéndose en lo que se suele denominar «un maestro correcto». Un mecanismo de relojería, limpio y brillante, pero sometido a la servil condición de toda máquina.

Julio Cortazar con sus primeros alumnos. Probablemente en Bolivar o Chivilcoy (Pcia de Buenos Aires)



Algún maestro así habremos tenido todos nosotros. Pero ojalá que quienes leen estas líneas hayan encontrado también, alguna vez, un verdadero maestro. Un maestro que sentía su misión; que la vivía. Un maestro como deberían ser todos los maestros en la Argentina.

Lo pasado es pasado. Yo escribo para quienes van a ser educadores. Y la pregunta surge, entonces, imperativa: ¿Por qué fracasa un número tan elevado de maestros? De la respuesta, aquilatada en su justo valor por la nueva generación, puede depender el destino de las infancias futuras, que es como decir el destino del ser humano en cuanto sociedad y en cuanto tendencia al progreso.
¿Puede contestarse la pregunta? ¿Es que acaso tiene respuesta?

Yo poseo mi respuesta, relativa y acaso errada. Que juzgue quien me lee. Yo encuentro que el fracaso de tantos maestros argentinos obedece a la carencia de una verdadera cultura que no se apoye en el mero acopio de elementos intelectuales, sino que afiance sus raíces en el recto conocimiento de la esencia humana, de aquellos valores del espíritu que nos elevan por sobre lo animal. El vocablo «cultura» ha sufrido como tantos otros, un largo malentendido. Culto era quien había cumplido una carrera, el que había leído mucho; culto era el hombre que sabía idiomas y citaba a Tácito; culto era el profesor que desarrollaba el programa con abundante bibliografía auxiliar. Ser culto era –y es, para muchos- llevar en suma un prolijo archivo y recordar muchos nombres...

Pero la cultura es eso y mucho más. El hombre –tendencias filosóficas actuales, novísimas, lo afirman a través del genio de Martín Heidegger- no es solamente un intelecto. El hombre es inteligencia, pero también sentimiento, y anhelo metafísico, y sentido religioso. El hombre es un compuesto; de la armonía de sus posibilidades surge la perfección. Por eso, ser culto significa atender al mismo tiempo a todos los valores y no meramente a los intelectuales. Ser culto es saber el sánscrito, si se quiere, pero también maravillarse ante un crepúsculo; ser culto es llenar fichas acerca de una disciplina que se cultiva con preferencia, pero también emocionarse con una música o un cuadro, o descubrir el íntimo secreto de un verso o de un niño. Y aún no he logrado precisar qué debe entenderse por cultura; los ejemplos resultan inútiles. Quizá se comprendiera mejor mi pensamiento decantado en este concepto de la cultura: la actitud integralmente humana, sin mutilaciones, que resulta de un largo estudio y de una amplia visión de la realidad.
Así tiene que ser el maestro.

Y ahora, esta pregunta dirigida a la conciencia moral de los que se hallan comprendidos en ella: ¿Bastaron cuatro años de Escuela Normal para hacer del maestro un hombre culto?
No; ello es evidente. Esos cuatro años han servido para integrar parte de lo que yo denominé más arriba «largo estudio»; han servido para enfrentar la inteligencia con los grandes problemas que la humanidad se ha planteado y ha buscado solucionar con su esfuerzo: el problema histórico, el científico, el literario, el pedagógico. Nada más, a pesar de la buena voluntad que hayan podido demostrar profesores y alumnos; a pesar del doble esfuerzo en procura de un debido nivel cultural.

La Escuela Normal no basta para hacer al maestro. Y quien, luego de plegar con gesto orgulloso su diploma, se disponga a cumplir su tarea sin otro esfuerzo, ése es desde ya un maestro condenado al fracaso. Parecerá cruel y acaso falso; pero un hondo buceo en la conciencia de cada uno probará que es harto cierto. La Escuela Normal da elementos, variados y generosos, crea la noción del deber, de la misión; descubre los horizontes. Pero con los horizontes hay que hacer algo más que mirarlos desde lejos: hay que caminar hacia ellos y conquistarlos.

El maestro debe llegar a la cultura mediante un largo estudio. Estudio de lo exterior, y estudio de sí mismo. Aristóteles y Sócrates: he ahí las dos actitudes. Uno, la visión de la realidad a través de sus múltiples ángulos; el otro, la visión de la realidad a través del cultivo de la propia personalidad. Y, esto hay que creerlo, ambas cosas no se logran por separado. Nadie se conoce a sí mismo sin haber bebido la ciencia ajena en inacabables horas de lecturas y de estudio; y nadie conoce el alma de los semejantes sin asistir primero al deslumbramiento de descubrirse a sí mismo. La cultura resulta así una actitud que nace imperceptiblemente; nadie puede despertarse mañana y decir: «Sé muchas cosas y nada más». La mejor prueba de cultura suele darla aquél que habla muy poco de sí mismo; porque la cultura no es una cosa, sino que es una visión; se es culto cuando el mundo se nos ofrece con la máxima amplitud; cuando los problemas menudos dejan de tener consistencia; cuando se descubre que lo cotidiano es lo falso, y que sólo lo más puro, lo más bello, lo más bueno, reside la esencia que el hombre busca. Cuando se comprende lo que verdaderamente quiere decir Dios.

Julio Cortazar con sus compañeros de la Escuela Normal de Profesores Mariano Acosta



Al salir de la Escuela Normal, puede afirmarse que el estudio recién comienza. Queda lo más difícil, porque entonces se está solo, librado a la propia conducta. En el debilitamiento de los resortes morales, en el olvido de lo que de sagrado tiene es ser maestro, hay que buscar la razón de tantos fracasos. Pero en la voluntad que no reconoce términos, que no sabe de plazos fijos para el estudio, está la razón de muchos triunfos. En la Argentina ha habido y hay maestros: debería preguntárseles a ellos si les bastaron los cuatro años oficiales para adquirir la cultura que poseen. «El genio –dijo Buffon- es una larga paciencia». Nosotros no requerimos maestros geniales; sería absurdo. Pero todo saber supone una larga paciencia.

Alguien afirmó, sencillamente, que nada se conquista sin sacrificio. Y una misión como la del educador exige el mayor sacrificio que puede hacerse por ella. De lo contrario, se permanece en el nivel del «maestro correcto». Aquéllos que hayan estudiado el magisterio y se hayan recibido sin meditar a ciencia cierta qué pretendían o qué esperaban más allá del puesto y la retribución monetaria, ésos son ya fracasados y nada podrá salvarlos sino un gran arrepentimiento . Pero yo he escrito estas líneas para los que han descubierto su tarea y su deber. Para los que abandonan la Escuela Normal con la determinación de cumplir su misión. A ellos he querido mostrarles todo lo que les espera, y se me ocurre que tanto sacrificio ha de alegrarnos. Porque en el fondo de todo verdadero maestro existe un santo, y los santos son aquellos hombres que van dejando todo lo perecedero a lo largo del camino, y mantienen la mirada fija en un horizonte que conquistar con el trabajo, con el sacrificio o con la muerte.
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Artículo publicado el 20 de octubre de 1939, en la Revista Argentina, y firmado por Julio Florencio Cortázar, profesor, graduado en letras en la Escuela Normal de Profesores Mariano Acosta de Buenos Aires.

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Imágenes propias: captura directa de las fotos expuestas en el Museo Nacional de Bellas Artes en ocasión de la muestra homenaje. 

jueves, 6 de septiembre de 2018

PARQUE LEZAMA. BRUMA Y MISTERIO


El parque Lezama es el parque más antiguo de la ciudad de Buenos Aires. Además es un punto clave de la ciudad. Por su historia y por la vida interior que alberga. Aquí se fundó la primera Buenos Aires, la que hizo Pedro de Mendoza en 1536 y debió ser levantada dos años después. En la segunda fundación, la de Juan de Garay en 1580, ya no ocupó la centralidad administrativa y comercial. Pero el parque – mejor dicho el predio que ocupa – fue el centro de muchas historias. Algunas de ellas fueron pasadas a la literatura en versiones poéticas o en prosa. Y algunas terminaron siendo canciones.



















Pero al margen de las trascripciones artísticas de diverso tipo,  el parque Lezama es el sitio de reposo de una zona de la ciudad con alta concentración poblacional. El parque es un vértice de unión de los barrios de San Telmo, La Boca y Barracas. El primero es el de mayor densidad poblacional de la ciudad. El barrio de La Boca le sigue en esa lista.
Tanto sea en los meses de invierno o verano, es un paseo obligado de los porteños del lugar a cualquier hora del día. Como puede verse en este collage, la bruma del río de la Plata suele invadir  el lugar. Es un fenómeno particular que no siempre se da. Pero es frecuente en los meses de invierno al amanecer o al atardecer como en este caso.
El grupo de fotos que componen  esta imagen corresponde al paseo de las tipas, ese callejón “amurallado” por esos árboles gigantescos, que discurre en lo alto de la barranca que corre paralela a la calle Brasil.
Un paseo singular, con bastante aire de tango y una suerte de melancolía que nunca es tristeza. Y que dibuja un paisaje desde adentro del parque,  diferente a cualquier otra perspectiva.
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Fotos: ©sarmiento-cms 

miércoles, 29 de agosto de 2018

300 METROS A PURO CIELO.

El espacio que ocupan los edificios de la zona llamada Catalinas Norte es un puro desafío al cielo y al vértigo. Esto último en la calle, en la velocidad con la que se maneja el tránsito y se mueve la gente. Lo primero es la envergadura de los edificios que, sin ser excepcionalmente altos, pareciera que se fueran a comer las nubes. Las estructuras vidriadas del conjunto, generan reflejos y efectos espejo durante el día, cambiando la coloración de los edificios según la posición del sol. Por la noche, la soledad de la avenida y las calles interiores, entre edificios, permite visiones lumínicas desde el interior que, vistos desde abajo los edificios en su conjunto, parecen inmensas naves dispuestas a partir a alguna galaxia. Esta es una visión particular de este lugar de Buenos Aires, que creció exponencialmente en apenas 30 años. 





Los terrenos de la Avenida Leandro N. Alem que dan sobre el sector Este (del lado del río) siempre fueron un enorme playón de maniobras de los ferrocarriles argentinos. La zona quedó comprometida como el ante puerto, tanto del viejo como del nuevo puerto de la ciudad. Los 300 metros que van desde la Avenida Córdoba hasta la calle Marcelo T. de Alvear coinciden espacialmente con la Dársena Norte. Es decir, el extremo norte de los diques del viejo Puerto Madero y la ante sala del nuevo pensado por el Ingeniero Huergo. En cualquier caso, toda esta zona fue un sector de maniobras de trenes de carga. La vista que siempre se tuvo desde la barranca de la plaza San Martín y las pendientes leves de las calles Paraguay y Marcelo T. de Alvear siempre fue un horizonte un tanto deprimente, que impedía ver el auténtico horizonte sobre el río. Aquí, la ciudad de Buenos Aires amanecía entre hierros, vigas, vías, vagones de madera y grúas móviles.
Pero las transformaciones de la década de 1990, produjeron un cambio radical. La década noeliberal fue pródiga en privatizaciones y desguaces de gran parte de los bienes del Estado. Y en ese marco, el sistema ferroviario fue una víctima precisa. Se priorizó el transporte por carretera, los puertos cerealeros pasaron a ser los del litoral del Paraná y Bahía Blanca. Entonces la ciudad de Buenos Aires perdió esa enorme masa de granos que se acumulaba, antes de embarcar, en esos playones de carga contiguos a la Avenida Alem. La zona dejaría de ser un lugar de paso hacia Retiro o la City porteña para albergar oficinas de  las empresas más importantes del país.



Proyectos sobre este espacio siempre hubo. Buenos Aires es la  ciudad de los proyectos y el lugar daba lugar para la imaginación de urbanistas y arquitectos. En un rápido recorrido histórico, cuento que “en 1872 Francisco Seeber creo una sociedad anónima llamada The Catalinas Warehouses and Mole Company Ltd., o Sociedad Anónima Depósitos y Muelles de las Catalinas, con el propósito de emplazar un muelle (a la altura de la calle Paraguay) y una aduana.[1]​ Para ello adquirió los entonces ribereños terrenos que se encontraban al este del Paseo de Julio (hoy Avenida Leandro N. Alem)”. Esto lo dice el sitio Wikipedia en la página Catalinas Norte.  Más adelante agrega: “Ya que en la esquina de las calles Viamonte y San Martín se encontraba, y aún se encuentra, la Iglesia de Santa Catalina, la zona era conocida como la bajada de las Catalinas,[1]​ y de allí derivó el nombre de la empresa y posteriormente, del depósito portuario y muelle. Con la compra de más terrenos en el actual barrio de La Boca, se denominó Catalinas Norte a la sección original, y Catalinas Sud a las recién adquiridas.[1]​ Con la construcción del Puerto Madero en la última década del siglo XIX, el muelle de las Catalinas fue desmontado”.
Así estaría explicado el comienzo. Luego se produjeron una sucesión de compras y ventas de lotes, creación de nuevas sociedades, más proyectos y mejores propuestas. Pero el extenso espacio que va desde la Avenida Córdoba hasta la plaza de la Torre de los Ingleses, siguió siendo un playón de carga, luego transformado en baldía y más tarde  ocupado como playa de estacionamiento. En la década de 1970 toma impulso la iniciativa gubernamental de alentar la urbanización del lugar. En 1972 se inaugura el Sheraton Buenos Aires Hotel. En 1973 la Torre Conurban, en 1974 la torre Carlos Pellegrini y en 1975 la Torre Catalinas Norte. En 1976 comenzó  la construcción de la Torre Madero y un poco más tarde al Torre IBM que nos serían terminadas hasta cinco años después, fruto de los vaivenes económicos nacionales. Pero recién a mediados de la década de 1990 todo el lugar toma el verdadero impulso de construcción y urbanización, convirtiéndose en la zona más cara de Buenos Aires. La privatizaciones de las instalaciones ferroviarias y el desarrollo inmobiliario y comercial de lo que hoy es Puerto Madero,  terminaron por configurar definitivamente el lugar. De esa época son las torres gemelas Catalinas Plaza y Alem Plaza. Luego se extendería el boom inmobiliario hacia la calle Lavalle con la construcción de las torres Fortabat y el edificio de César Pelli.



Este espacio urbano tiene muy poco que ver con su origen y posterior utilización. Buenos Aires ya no es el puerto cerealero de Argentina. Al menos no es el más importante, sino más bien de tercer orden. El desarrollo de la ciudad como principal centro cultural latinoamericano y gran polo financiero sudamericano, impuso nuevos usos en el corredor contiguo a la ribera del Río de la Plata. Un río que los porteños no ven por la muralla que forman estos edificios vidriados que se reflejan entre sí y copian el cielo. Pero la perspectiva que ahora se tiene desde el río hacia el interior urbano, ya no es la de un puerto de actividad febril en esa zona. La imagen es la de una ciudad de  edificios enormes que le dan una identidad nueva.
Para una información más pormenorizada sobre los aspectos históricos y arquitectónicos de la zona denominada Catalinas Norte, sugiero consultar los portales de Wikipedia, Arcón de Buenos Aires y Moderna Buenos Aires.
Fotos: ©sarmiento-cms