Mostrando entradas con la etiqueta Cultura. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cultura. Mostrar todas las entradas

martes, 26 de noviembre de 2019

EL GRAN ESCENARIO


Los teatros son esos lugares privilegiados de las ceremonias mundanas. Lugares especiales de exaltación. El Teatro Gran Rex de Buenos Aires es uno de esos sitios. Donde además de la carga emocional de la producción artística, se suma la leyenda de un escenario por donde pasaron grandes figuras del teatro, la música y la danza del mundo en el último siglo. Es un lugar clave de la cultura porteña y recinto consagratorio para cualquier artista en el  mundo.



El  edificio de unos de los coliseos culturales más importantes de  la ciudad, es de una austeridad suprema. Igual que el  Obelisco (el  mayor símbolo de la ciudad) no tiene ningún despliegue  arquitectónico que remarque formas o agregue elementos que cubran su desnudez.  Planos despejados y espacio suficiente para que la gente, los que participan de la vida diaria, le vayan cargando al lugar sus propias definiciones. El Teatro Gran Rex como el Obelisco, son de esos lugares que arquitectónicamente parecen que no dicen nada, pero están  llenos de significado y en constante cambio, por la participación de la gente en el imaginario cultural de la ciudad.
En lo más alto del frente del edificio, están grabadas sobre relieve en cemento, las letras del nombre. Desde la vereda de enfrente al teatro – ubicado en el número 857  de  la Avenida Corrientes – se puede ver la magnitud del  nombre que le confieren al frontispicio, un aire de tótem urbano en el corazón de la ciudad. La cubierta vidriada en su totalidad, solo marcada por las líneas laterales en hormigón, permiten observar el  movimiento interior en sus descansos y agitaciones de espectadores.  La característica principal de este edificio es su austeridad ornamental, la amplitud de los espacios destacados en los ventanales frontales y la envergadura.

Por las noches se puede ver la actividad social en dos planos simultáneos. La vida interior en  los distintos hall de los pisos superiores y la frenética actividad de la calle y el hall central ocupado por espectadores que realizan el prólogo a la función. Visto desde  la acera de enfrente, atendiendo la coloración dorada de su iluminación interior,  se puede seguir los movimientos de   la  gente e intuir los diálogos, encuentros y afectos entre quienes participan de esas ceremonias del  espectáculo.
El Gran Rex es un punto clave del espectáculo de Buenos Aires. Junto al Teatro Opera – que está enfrente – forman un conjunto cultural de primer  orden a nivel mundial y reciben anualmente a  las primeras figuras del espectáculo y la canción internacional. Tiene una capacidad de 3.262 espectadores.  No son tantos, comparados a otros centros mundial de grandes espectáculo, pero es mucho más de  la capacidad promedio de cualquier teatro. No son tantos tampoco si se compara la cifra con  el tamaño del  edificio. Pero una de  las características principales de este lugar, es  la amplitud de  los espacios de espera, circulación y espacios de descanso, que le dan un aire de  lugar de tertulia. Al menos eso es lo que sucede en  los momentos previos y finales de cada espectáculo o en  los descansos intermedios.











Fue  construido en 1937 en apenas siete meses. Poco tiempo si se tiene en cuenta el tamaño y la funcionalidad del lugar. Es un edificio clave de la  arquitectura moderna de Buenos Aires y una obra cumbre del estilo racionalista del arquitecto Alberto Prebisch, quien también fue el  autor del  Obelisco de la ciudad que – con el tiempo – se iba a convertir en   el símbolo porteño por excelencia. El trabajo de Prebisch en el  teatro, fue realizado en  sociedad y colaboración  con el  ingeniero civil Adolfo T. Moret.  Una participación determinante en  la  estructura general, ya que el Gran Rex está hecho en  hormigón armado, con un techo de sala realizado en cabriadas metálicas.  Este tipo de construcciones fueron  la  principal novedad en la arquitectura de  época. El Obelisco también es una estructura de hormigón, lo mismo que el Edifico Kavanagh  (situado a pocas cuadras del Gran Rex). Ambos fueron construidos en 1936, un año antes que el teatro. Y los tres, representan  lo más importante del racionalismo en la  arquitectura.
Por la mañana, visto desde  la perspectiva de la avenida, el edificio se presenta solo como un gran rectángulo, carente de ornamentos, donde solo se destacan los ventanales que ocupan todo el frente y los bordes de  hormigón,  que enmarcan los espacios vidriados, revestido en travertino romano sin lustrar. Esta sala es una gran cáscara dividida en fajas encimadas, inspirada en el Radio City de Nueva York. Los materiales son mármol Botticcino italiano, revoque, madera enchapada y bronce. Los espectadores se disponen en tres niveles: platea, primer balcón y segundo balcón. Tanto las butacas como los telones y alfombras originales fueron de color tierra siena quemada, y las paredes fueron pintadas a la témpera de color ocre ligeramente rojizo.


Fotos: sarmiento-cms /el jinete imaginario. 



miércoles, 13 de noviembre de 2019

BAR BRITÁNICO: EL FOGÓN DE LA TERTULIA


\*/ Las tertulias de “el Británico” siempre fueron  abiertas, anárquicas, ocurrentes y generosas de ideas. Algunas de ellas terminaron  siendo parte de un hecho cultural o de una obra de arte.


 \*/ A “el Británico” se podía ir solo y terminar la tarde y la noche en medio de un tumulto que hablaba y opinaba superponiendo discursos.


\*/ Estas tertulias llenaban  el ambiente de un murmullo ruidoso, que no se apagaba ni al amanecer.   


\*/ El Bar Británico es uno de  los 86 Bares Notables de  la Ciudad de Buenos Aires. Pero nunca fue un lugar solemne.






La luz es tenue apenas. Faltan algunos minutos para las seis de la mañana. El cielo que se ve tras los ventanales,  es de un color celeste azulado intenso. La temperatura es agradable afuera  todavía, a pesar del marcado verano. Pero en el interior el ambiente es un poco más fresco. Está en  penumbras. Hay un silencio irreconocible. Pero agudizando el oído y las percepciones, quizá todavía se escuche algo del fuerte murmullo que horas antes invadían el espacio.
En el Bar Británico las sillas están apiladas sobre las mesas,  el lugar está vacío y solo se ve el trajín de la limpiadora, que recoge restos del piso y prepara el agua jabonosa que luego repartirá por todos los rincones del  local. Los parroquianos han sido desalojados. Esa es la palabra precisa. Porque esa gente nunca abandona. Hay que decirle que se tiene que ir. Así a secas,  sin muchas explicaciones. Son innecesarias. Porque en  el fragor de la tertulia no entienden otra cosa más que la  continuidad del debate de su mesa. Pero al bar hay que cerrarlo al menos media hora, para poder limpiar y empezar la jornada como si nada hubiera sucedido.



Así eran  las cosas hasta que “Los Gallegos”  tuvieron que vender. Luego continúo la costumbre unos años más, porque los vecinos  y sus fanáticos de otras partes de la  ciudad, se lo impusieron al nuevo propietario Agustín Souza. Pero el “invento” se terminó definitivamente en noviembre de 2014, cuando los hermanos Aznarez  compraron  el fondo de comercio a Souza, le lavaron la cara al bar, empezaron otra  historia que no iba a incluir mantenerlo abierto las 24 horas. Por una cuestión comercial, los fanáticos de la tertulia nocturna ya no iban a poner ver el amanecer desde las ventanas de el Británico”,  como se lo menciona siempre, ahorrándose la palabra bar, porque todo el mundo sabe que es un bar o algo más que un bar.
El Bar Británico es uno de  los 86 Bares Notables de  la Ciudad de Buenos Aires. Esos lugares que guardan historia arquitectónica, patrimonio cultural interior y una historia oral que se cuenta entre vecinos, parroquianos y fanáticos del lugar. Son esos espacios porteños donde  la historia de  la ciudad y su gente se cuenta en capítulos que se pueden leer visitándolos de uno en uno. Pero de todos los Bares Notables, “el Británico” es de los más notables junto al líder de los conocidos, el Café Tortoni. Pero este bar de San Telmo, ubicado en la esquina de la calles Defensa y Brasil, frente a uno de los extremos del Parque Lezama, no tiene nada que envidiarle el líder que está en la Avenida de Mayo, que está en todas las guías de turismo sobre Buenos Aires.
Porque en las mesas de “el Británico” también se han cocido grandes tertulia, se han escrito grandes libros, se ha filmado buen cine, ha habido mucha música, demasiada poesía y todo tipo de performance artística. Todo eso, sin contar los debates políticos, el chusmerío sobre la economía o el boca a boca de los asuntos mundanos del barrio y de los mundillos culturales de otras zonas de la ciudad.
El Bar Británico nunca fue un lugar solemne. Su residencia no era un lugar destacada de la ciudad. A  comienzos del siglo XX, esta zona formaba parte del arrabal porteño. En la época colonial, San Telmo y Monserrat habían sido el  centro político y social de Buenos Aires. Grandes residencias y lugares de encuentro, tertulia de la época y conspiraciones revolucionarias. Pero las epidemias de fiebre amarilla a finales del siglo XIX,  mudaron a las familias hacia la  zona norte. Y con  esas familias se fue el dinero, el glamour, el amor por las bellas artes y las reuniones sociales de  la  gente destacada. Los edificios amplios y abundantes en habitaciones  y zonas de servicio, fueron alquilados por partes, formando inquilinatos, ocupados en su mayoría por inmigrantes que a fines del siglo XIX y principios del XX, llegaron a la ciudad  con la ilusión de “hacer la América”.  La esquina de Defensa y Brasil no iba a tener un lugar elegante ni decorado a la europea como un  salón. En esa esquina se instaló una pulpería que se llamó “La Cosechera”.  Y por esa época, el paisanaje la  conocía como la pulpería que estaba en la  punta de la Cuesta de Marcó, como se llamaba  ocasionalmente a la pendiente de la calle Defensa, que baja desde este extremo del Parque Lezama hasta la Avenida Martín García.
¿Desde cuándo se llamó “el Británico”? Nadie lo sabe. El lugar nunca tuvo una historia oficial como si la  tienen otros Bares Notables. En el caso del Café Tortoni o Hermanos Cao o El Gato Negro, sus dueños se encargaron de documentar su  tiempo. Pero “al Británico”  le faltó el  cronista que dejara testimonio y nadie se tomó el trabajo de recoger la historia oral, salvo en los últimos años. Pero todo indica que la pulpería “La Cosechera”  empezó a llamarse  “el bar de los británicos”, alrededor de 1925 a 1930.
Lo que hoy conocemos como Parque Lezama, no había sido parque, sino la residencia del hacendado Gregorio Lezama. Pero durante las  tres cuartas partes del  siglo XIX a ese predio de 8  hectáreas se lo conoció como “La Quinta del Inglés”. Porque desde 1808 hasta 1852, sus propietarios fueron un inglés (Daniel Mackinlay) y un norteamericano  (Carlos Ridgely Horne). Pero lo determinante para el  lugar fue que en la Avenida Patagones (actual Avenida Caseros) la empresa Ferrocarril del Sud construyó – hacia 1905 – los edificios para albergar a sus técnicos e ingenieros. Todos esos ingleses e irlandeses fueron a ocupar  sus horas de ocio a “La Cosechera”.  Tanto anglosajón circulando por el lugar, terminó por imponer la idea de que ese  el “Bar de  los británicos”.



¿Cuánto comenzaron las tertulias? Nadie lo sabe. Pero si conocemos a los instigadores de las tertulias. “Los Gallegos” se  convirtieron en los promotores  involuntarios de las tertulias. En la década del 1950 estos personajes eran  los camareros del bar, pero su dueño decidió venderlo y los tres empleados resolvieron  comprarle el fondo de comercio. Para poder pagarlo, exprimieron  al máximo el trabajo y el tiempo de apertura. Dividieron el día en tres turnos y se repartieron los horarios. José Trillo se ocupó de la  mañana, Pepe  Miñones fue por la tarde y Manolo Pose en  el  turno  noche. Desde entonces el bar permaneció abierto las 24 horas todos los días del año a excepción  del 25 y 31 de diciembre. El 24 y el 30 diciembre  estaba abierto hasta las  8 de la  noche.
Durante cinco décadas “el Británico” fue parada nocturna obligada de taxistas. Se jugaba a los naipes y los dados en sus mesas, pero sin dinero a la vista y se escondías los elementos cuando aparecía la  policía. Fue punto de encuentro para artistas,  bohemios e  intelectuales de todo tipo. Fue lugar de debates semanales programados como el Foro del Bar Británico, organizado por  el  actor y director teatral Juan Carlos Gené.  Fue lugar de lectura y charlas literarias y musicales por las tardes. Todos los personajes de la cultura  y sus seguidores pasaban por “el Británico”  en esos años. El poeta Baldomero   Fernández  Moreno, la poeta María Elena Walsh escribieron textos en donde se menciona este lugar que ellos mismos  eran habitué. El escritor Ernesto  Sábato escribió gran parte de su libro “Sobre Héroes y Tumbas”  en las mesas de lo que entonces se  llamaba Salón Familiar, el lado sur del  bar, con el ventanal  sobre la calle Brasil, desde donde se puede  mirar el Parque Lezama, el lugar donde comienza la novela y donde trascurren gran parte de los episodios. La lista es interminable de  músicos. Y en la historia reciente, la película más famosa filmada en  el bar es “Las cosas del querer”, dirigida por Jaime Chavarri y protagonizada por Ángela Molina y Manuel Bandera. Pero hay muchas más, como  así también cortos publicitarios.
Pero esas listas de personajes conocidos del mundo artístico y cultural, nada dicen de todos los tertulianos que le ponían calor y fragor al debate por  las tardes y sobre todo por las noches. En este bar,  había tanta concurrencia un miércoles  o jueves de madrugada como un  viernes  por la tarde o un sábado por  la  noche. Durante mucho tiempo fue un bar de “mesa llena”, donde no era fácil encontrar lugar. Pero siempre había silla  disponible. Porque si algo de característico tenían las tertulias y la gente del lugar, es que eran abiertas y la mayor parte de los participantes eran amigos o se conocían o se habían cruzado alguna vez en algún lugar. Por eso no era extraño ver que la gente s e pasara de una mesa a otro grupo,  que debatía otra cosa, y continuara su velada. En ese punto,  el  mundo social de “el Británico”  fue inigualable.
 Las tertulias de “el Británico” siempre fueron  abiertas, anárquicas, ocurrentes y generosas de ideas. Algunas de ellas terminaron  siendo parte de un hecho cultural o de una obra de arte. Esa era la característica principal, el sello que diferenció las reuniones de este lugar en comparación a otros bares. A “el Británico” se podía ir solo y terminar la tarde y la noche en medio de un tumulto que hablaba y opinaba superponiendo discursos. Estas tertulias llenaban  el bar de un murmullo ruidoso, que no se apagaba ni al amanecer.   

Fotos: sarmiento-cms / el jinete imaginario. 


martes, 11 de septiembre de 2018

ESENCIA Y MISIÓN DEL MAESTRO


Hoy es el Día del Maestro en Argentina, país cuyos gobiernos se esmeran en destruir la educación pública con diversos métodos. Hoy habrá muchas expresiones de denuncia. Pero también creo que es un buen momento para reproducir ese artículo de Julio Cortazar, sobre el oficio de enseñar. Es una mirada hacia adentro, hacia las formas de posicionarse ante la enseñanza. “Ser maestro significa estar en posesión de los medios conducentes a la transmisión de una civilización y una cultura; significa construir, en el espíritu y la inteligencia del niño”, dice. Lo que sigue es el texto completo de ese artículo publicado en la Revista Argentina,  el 20 de octubre de 1939.


Julio Cortazar recién llegado a Mendoza en 1944, donde enseñó literatura francesa



Escribo para quienes van a ser maestros en un futuro que ya casi es presente. Para quienes van a encontrarse repentinamente aislados de una vida que no tenía otros problemas que los inherentes a la condición de estudiante; y que, por lo tanto, era esencialmente distinta de la vida propia del hombre maduro. Se me ocurre que resulta necesario, en la Argentina, enfrentar al maestro con algunos aspectos de la realidad que sus cuatro años de Escuela Normal no siempre le han permitido conocer, por razones que acaso se desprendan de lo que sigue. Y que la lectura de estas líneas –que no tiene la menor intención de consejo- podrá tal vez mostrarles uno o varios ángulos insospechados de su misión a cumplir y de su conducta a mantener.

Ser maestro significa estar en posesión de los medios conducentes a la transmisión de una civilización y una cultura; significa construir, en el espíritu y la inteligencia del niño, el panorama cultural necesario para capacitar su ser en el nivel social contemporáneo y, a la vez, estimular todo lo que en el alma infantil haya de bello, de bueno, de aspiración a la total realización. Doble tarea, pues: la de instruir, educar, y la de dar alas a los anhelos que existen, embrionarios, en toda conciencia naciente. El maestro tiende hasta la inteligencia, hacia el espíritu y finalmente, hacia la esencia moral que reposa en el ser humano. Enseña aquello que es exterior al niño; pero debe cumplir asimismo el hondo viaje hacia el interior de ese espíritu y regresar de él trayendo, para maravilla de los ojos de su educando, la noción de bondad y la noción de belleza: ética y estética, elementos esenciales de la condición humana.

Nada de esto es fácil. Lo hipócrita debe ser desterrado, y he aquí el primer duro combate; porque los elementos negativos forman también parte de nuestro ser. Enseñar el bien, supone la previa noción del mal, permitir que el niño intuya la belleza no excluye la necesidad de hacerle saber lo no bello. Es entonces que la capacidad del que enseña –yo diría mejor: del que construye descubriéndose pone a prueba. Es entonces que un número desoladoramente grande de maestros fracasa. Fracasa calladamente, sin que el mecanismo de nuestra enseñanza primaria se entere de su derrota; fracasa sin saberlo él mismo, porque no había tenido jamás el concepto de su misión. Fracasa tornándose rutinario, abandonándose a lo cotidiano, enseñando lo que los programas exigen y nada más, rindiendo rigurosa cuenta de la conducta y disciplina de sus alumnos. Fracasa convirtiéndose en lo que se suele denominar «un maestro correcto». Un mecanismo de relojería, limpio y brillante, pero sometido a la servil condición de toda máquina.

Julio Cortazar con sus primeros alumnos. Probablemente en Bolivar o Chivilcoy (Pcia de Buenos Aires)



Algún maestro así habremos tenido todos nosotros. Pero ojalá que quienes leen estas líneas hayan encontrado también, alguna vez, un verdadero maestro. Un maestro que sentía su misión; que la vivía. Un maestro como deberían ser todos los maestros en la Argentina.

Lo pasado es pasado. Yo escribo para quienes van a ser educadores. Y la pregunta surge, entonces, imperativa: ¿Por qué fracasa un número tan elevado de maestros? De la respuesta, aquilatada en su justo valor por la nueva generación, puede depender el destino de las infancias futuras, que es como decir el destino del ser humano en cuanto sociedad y en cuanto tendencia al progreso.
¿Puede contestarse la pregunta? ¿Es que acaso tiene respuesta?

Yo poseo mi respuesta, relativa y acaso errada. Que juzgue quien me lee. Yo encuentro que el fracaso de tantos maestros argentinos obedece a la carencia de una verdadera cultura que no se apoye en el mero acopio de elementos intelectuales, sino que afiance sus raíces en el recto conocimiento de la esencia humana, de aquellos valores del espíritu que nos elevan por sobre lo animal. El vocablo «cultura» ha sufrido como tantos otros, un largo malentendido. Culto era quien había cumplido una carrera, el que había leído mucho; culto era el hombre que sabía idiomas y citaba a Tácito; culto era el profesor que desarrollaba el programa con abundante bibliografía auxiliar. Ser culto era –y es, para muchos- llevar en suma un prolijo archivo y recordar muchos nombres...

Pero la cultura es eso y mucho más. El hombre –tendencias filosóficas actuales, novísimas, lo afirman a través del genio de Martín Heidegger- no es solamente un intelecto. El hombre es inteligencia, pero también sentimiento, y anhelo metafísico, y sentido religioso. El hombre es un compuesto; de la armonía de sus posibilidades surge la perfección. Por eso, ser culto significa atender al mismo tiempo a todos los valores y no meramente a los intelectuales. Ser culto es saber el sánscrito, si se quiere, pero también maravillarse ante un crepúsculo; ser culto es llenar fichas acerca de una disciplina que se cultiva con preferencia, pero también emocionarse con una música o un cuadro, o descubrir el íntimo secreto de un verso o de un niño. Y aún no he logrado precisar qué debe entenderse por cultura; los ejemplos resultan inútiles. Quizá se comprendiera mejor mi pensamiento decantado en este concepto de la cultura: la actitud integralmente humana, sin mutilaciones, que resulta de un largo estudio y de una amplia visión de la realidad.
Así tiene que ser el maestro.

Y ahora, esta pregunta dirigida a la conciencia moral de los que se hallan comprendidos en ella: ¿Bastaron cuatro años de Escuela Normal para hacer del maestro un hombre culto?
No; ello es evidente. Esos cuatro años han servido para integrar parte de lo que yo denominé más arriba «largo estudio»; han servido para enfrentar la inteligencia con los grandes problemas que la humanidad se ha planteado y ha buscado solucionar con su esfuerzo: el problema histórico, el científico, el literario, el pedagógico. Nada más, a pesar de la buena voluntad que hayan podido demostrar profesores y alumnos; a pesar del doble esfuerzo en procura de un debido nivel cultural.

La Escuela Normal no basta para hacer al maestro. Y quien, luego de plegar con gesto orgulloso su diploma, se disponga a cumplir su tarea sin otro esfuerzo, ése es desde ya un maestro condenado al fracaso. Parecerá cruel y acaso falso; pero un hondo buceo en la conciencia de cada uno probará que es harto cierto. La Escuela Normal da elementos, variados y generosos, crea la noción del deber, de la misión; descubre los horizontes. Pero con los horizontes hay que hacer algo más que mirarlos desde lejos: hay que caminar hacia ellos y conquistarlos.

El maestro debe llegar a la cultura mediante un largo estudio. Estudio de lo exterior, y estudio de sí mismo. Aristóteles y Sócrates: he ahí las dos actitudes. Uno, la visión de la realidad a través de sus múltiples ángulos; el otro, la visión de la realidad a través del cultivo de la propia personalidad. Y, esto hay que creerlo, ambas cosas no se logran por separado. Nadie se conoce a sí mismo sin haber bebido la ciencia ajena en inacabables horas de lecturas y de estudio; y nadie conoce el alma de los semejantes sin asistir primero al deslumbramiento de descubrirse a sí mismo. La cultura resulta así una actitud que nace imperceptiblemente; nadie puede despertarse mañana y decir: «Sé muchas cosas y nada más». La mejor prueba de cultura suele darla aquél que habla muy poco de sí mismo; porque la cultura no es una cosa, sino que es una visión; se es culto cuando el mundo se nos ofrece con la máxima amplitud; cuando los problemas menudos dejan de tener consistencia; cuando se descubre que lo cotidiano es lo falso, y que sólo lo más puro, lo más bello, lo más bueno, reside la esencia que el hombre busca. Cuando se comprende lo que verdaderamente quiere decir Dios.

Julio Cortazar con sus compañeros de la Escuela Normal de Profesores Mariano Acosta



Al salir de la Escuela Normal, puede afirmarse que el estudio recién comienza. Queda lo más difícil, porque entonces se está solo, librado a la propia conducta. En el debilitamiento de los resortes morales, en el olvido de lo que de sagrado tiene es ser maestro, hay que buscar la razón de tantos fracasos. Pero en la voluntad que no reconoce términos, que no sabe de plazos fijos para el estudio, está la razón de muchos triunfos. En la Argentina ha habido y hay maestros: debería preguntárseles a ellos si les bastaron los cuatro años oficiales para adquirir la cultura que poseen. «El genio –dijo Buffon- es una larga paciencia». Nosotros no requerimos maestros geniales; sería absurdo. Pero todo saber supone una larga paciencia.

Alguien afirmó, sencillamente, que nada se conquista sin sacrificio. Y una misión como la del educador exige el mayor sacrificio que puede hacerse por ella. De lo contrario, se permanece en el nivel del «maestro correcto». Aquéllos que hayan estudiado el magisterio y se hayan recibido sin meditar a ciencia cierta qué pretendían o qué esperaban más allá del puesto y la retribución monetaria, ésos son ya fracasados y nada podrá salvarlos sino un gran arrepentimiento . Pero yo he escrito estas líneas para los que han descubierto su tarea y su deber. Para los que abandonan la Escuela Normal con la determinación de cumplir su misión. A ellos he querido mostrarles todo lo que les espera, y se me ocurre que tanto sacrificio ha de alegrarnos. Porque en el fondo de todo verdadero maestro existe un santo, y los santos son aquellos hombres que van dejando todo lo perecedero a lo largo del camino, y mantienen la mirada fija en un horizonte que conquistar con el trabajo, con el sacrificio o con la muerte.
***

Artículo publicado el 20 de octubre de 1939, en la Revista Argentina, y firmado por Julio Florencio Cortázar, profesor, graduado en letras en la Escuela Normal de Profesores Mariano Acosta de Buenos Aires.

***
Imágenes propias: captura directa de las fotos expuestas en el Museo Nacional de Bellas Artes en ocasión de la muestra homenaje.