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lunes, 4 de noviembre de 2019

EL ÁRBOL DE LA BARRANCA.

No es de las especies más viejas,  pero domina el entorno como ninguno. Es la presencia determinante de la barranca del Parque Lezama. Un parque de ocho hectáreas, valorado por sus especies y uno de los pocos lugares que conserva el diseño original de Carlos Thays,  el gran transformador de los espacios públicos de la ciudad de Buenos Aires. El entramado del ramaje, la espesura de la copa y los colores definidos y diferenciados de su tronco y ramas, lo convierten en protagonista por derecho propio.


En plena pendiente de la barranca, impone su presencia. Una casualidad en el diseño paisajístico de estos días, lo ha dejado solo. El árbol entonces ha crecido a sus anchas. Tiene un porte majestuoso, de ramas grises, negruzcas y algunas machas color plata durante el invierno.  Un ramaje firme y sostenido, pega impulso hacia arriba en cualquier momento del año. En verano se carga con una  generosa copa  de hojas. Su volumen  domina todo el escenario y su gran ramaje, desplegado a pleno a unos tres metros del suelo, es una gran  bóveda que protege del sol a los visitantes.
Está ubicado a mitad de camino entre el Museo Histórico Nacional y la pradera del parque que empieza en el Paseo de los Olmos. Una línea de centenarios árboles que bordea el camino que va desde el Monumento a la Cordialidad Internacional (regalo de Uruguay por el centenario de la Independencia en 1910), sobre la Avenida Martín García, hasta la cima de la barranca que originalmente se llamó Punta de Doña Catalina y que  ahora no tiene nombre. Es solo un mirador en el extremo más alto de  la barranca, que luego cae a pique sobre la esquina de las avenidas Paseo Colón y Martín García.


Los espacios de un parque –de cualquiera del mundo – se valoran según su apariencia arbórea, su diseño, su historia y/o por la relación que se establece entre  los visitantes y habitantes cercanos. Esta barranca tiene una larga historia silenciada y un presente cargado de visitantes que  se citan bajo este árbol. Escenario bucólico el actual, con tertulias diversas durante la semana. Gente que estudia, gente que se ama, gente que se cuenta cosas , gente solitaria que arregla cuentas consigo mismo,  gente que solo observa el paisaje. Bajo la sombra de su copa,  suceden innumerables historias cotidianas. Pero en otro tiempo, este  lugar tuvo otros usos menos destacados.
En 1536, año de la primera fundación de Buenos Aires,  por Pedro de Mendoza, la barranca era solo el camino de paso entre el asentamiento,  ubicado en lo más alto de la meseta, y el Río de  la Plata. Mejor dicho, de los bañados que separaban este promontorio y la costa del río. Desde este lugar, la guardia militar divisaba perfectamente todo el horizonte en dirección sur y este. Pero ese primer asentamiento no prosperó, fue abandonado y 44 años después, Buenos Aires fue fundada de nuevo por Juan de Garay,  pero 2 kilómetros más al norte, donde hoy está la Plaza de Mayo. Todo este lugar, pasó a ser el extrarradio, el arrabal.
Buenos Aires fue un importante puerto negrero. Por aquí ingresaban todos los esclavos que luego eran rematados y enviados a las ciudades y haciendas del norte argentina y al Virreinato del Perú. Las principales fortunas de entonces (últimas dos décadas del 1700) se construyeron vendiendo negros esclavos y el contrabando. Por esta barranca que hoy domina este árbol, pasaron cientos de miles de negros  traídos de África. Aquí tuvo su asentamiento la Real Compañía de Filipinas. Fueron pocos años, pero no por eso menos tenebrosos.

En los primeros años del silo XIX, el Parque Lezama fue utilizado por asentamiento de tropas y almacén de pólvora y artillería. El espacio donde se ubicaron esas instalaciones, es donde hoy está el Museo. Tenían entrada por la actual calle Defensa, que por ese tiempo se la conocía como “Cuesta de Marcó”. La pendiente que hoy vemos despejada, debió ser sitio de entrenamiento.
En la primera década del 1800, comenzó la transformación del parque y de esta pendiente de la barranca. Por esos años, se instalaron en las zonas aledañas,  varias quintas que proveían de verduras y frutas frescas al mercado de la ciudad,  ubicada en los Altos de San Pedro y luego en la Recova de  la Plaza de Mayo. Muchos de esos pequeños agricultores eran ingleses e  irlandeses, inmigrantes que llegaron para criar ovejas y algunos de ellos (a los que no le fue tan bien) se convirtieron en quinteros. El más famoso de todos es un tal Brittain, en cuyo predio se empezaron  a cultivar las primeras  peras de agua en  la ciudad. Las llamó  Peras del Buen Cristina Williams”  y es la variedad que hoy encontramos en  las góndolas de los supermercados como Peras Williams.
La presencia en la zona de los Fair, Cope y Brittain, atrajo a otros británicos. En 1808 compró el predio un inglés llamado Daniel Mac Kinley. Un joven recién casado y recién llegado al Río de la Plata, que quiso emular alrededor de su casa un paisaje verde como su país natal. Los Mac Kinley hicieron una quinta y dejaron un gran espacio para parquizar.  Para los vecinos, estas tierras dejaron de ser “El Bajo de la Residencia” y pasaron a llamarse “La Quinta del Inglés”. Su propietario mantenía enarbolada todo el día la bandera británica en lo más alto de su casa”.  
El norteamericano Charles Ridgely Horne, fue propietario entre 1846 y 1867. Hombre vinculado a Juan Manuel de Rosas y el bando Federal, Horne tuvo importantes cargos relacionados con el comercio exterior, la Aduana y el Puerto de Buenos Aires. Su residencia fue lugar privilegiado de reuniones. Y el parque alrededor fue ganando en presencia y  diseño.
En 1867, Horne le vende su casa a Gregorio Lezama, un terrateniente de origen salteño que había logrado una gran fortuna en tierra y propiedades en la Ciudad de Buenos Aires y alrededores. Lezama es quien le da la verdadera identidad al  parque. La pendiente donde hoy está este árbol cobra sentido, en el diseño que Lezama piensa para el lugar. Coleccionista botánico, el nuevo propietario contrata a los mejores especialistas europeos en paisajismo. Lezama se propuso y logró hacer un enorme jardín botánico con numerosas esculturas de gran valor. Las pendientes de la barranca de la Punta de Doña Catalina dejaron de ser un lugar a medio camino entre la quinta y el jardín y pasaron a ser un recinto de especialidades botánicas de todo el mundo.  El arquitecto,  paisajista y urbanista francés Carlos Tahys,  a partir de 1894 se encargó de darle diseño definitivo: todos los senderos de la pendiente sureste, terminarían en el Paseo de los Olmos que, a su vez, marcaría la separación entre la barranca y la pradera, donde instaló un gran rosedal.  De esa época no queda rosedal  ni rosas y se han perdido infinidad de especies botánicas. Pero esa es otra historia más contemporánea de nuestros día, que la contaré en otra ocasión.

Fotos: sarmiento-cms / el jinete imaginario

viernes, 12 de julio de 2019

RIBERA DE LUCES


Cada noche, se encienden las luces de la ribera de la ciudad. No es un malecón al uso como el de tantas otras ciudades portuarias. La ribera de Buenos Aires está ocupada por el remanente del antiguo Puerto Madero. En el lado oeste de las dársenas de amarre, los viejos almacenes de los cuatro Docks que lo componen, fueron reciclados.  Y en el lado este, se construyó un barrio nuevo de gran despliegue arquitectónico. Cambió la fisonomía de la ciudad, pero los porteños siguen sin ver el río. En su lugar,  tienen una ribera de luces.


Pasaron casi 100 años para que este puerto denominado Madero encontrar su verdadera función e inserción en la ciudad de Buenos Aires. La obra empezó en abril de 1887 y se habilitó el complejo completo en marzo de 1898. Pero solo funcionó plenamente como puerto de viajeros y carga y descarga de mercancías, apenas 10 años. Quedó obsoleto en la primera década del siglo XX por la evolución y aumento del tamaño de los barcos de los servicios de ultramar. En 1919 fue reemplazado por el actual Puerto Nuevo, que había pensado el  ingeniero Huergo en 1880 y perdió la competencia del proyecto con Eduardo Madero.

Entre 1920 y comienzo de la década de 1990, los viejos almacenes de ladrillos rojizos diseñados por los ingenieros  ingleses Hawkshaw, Son & Hayter  y construidos por la firma alemana Wayss & Freytag  Ltd, alrededor de 1905, no cumplieron más función que la de ser auxiliares de algunas  dependencias del Estado, como el Correo Internacional o la Armada Argentina. Con el tiempo, muchos de ellos se fueron deteriorando en su estructura por la falta de uso y mantenimiento edilicio.  



Recién en 1994 comenzó la obra de remodelación de este sector de la ciudad, que impedía el acceso directo de los porteños a la ribera del Río de la Plata. En el siglo transcurrido desde su inauguración, el sitio solo fue acumulando vagones ferroviarios en desuso en las vías muertas de actividad. Dice  la enciclopedia Wikipedia:

El gobierno de la ciudad inició, con el asesoramiento del ayuntamiento de Barcelona, los estudios del plan de reciclaje, convocándose en 1991 un concurso nacional de ideas, de donde surgió el "master plan" (plan maestro) para el nuevo barrio, del cual surgieron dos ganadores cuyas propuestas se fusionaron posteriormente, por lo cual el plan urbano del nuevo barrio fue obra de un equipo formado por los arquitectos Juan Manuel Borthagaray, Cristian Carnicer, Pablo Doval, Enrique García Espil, Mariana Leidemann, Carlos Marré, Rómulo Pérez, Antonio Tufaro y Eugenio Xaus. La realización de dicho plan significó la mayor obra de su tipo jamás realizada en Buenos Aires, con una inversión total por parte del Estado de cerca de 1000 millones de dólares.



El desarrollo pleno del actual Puerto Madero,  no alcanzó su desarrollo pleno hasta el año 2006 y 2007. Pero la inversión realizada hacia el final del siglo XX, tuvo una proyección geométrica  en desarrollo arquitectónico, diseño de nuevos espacios de entretenimiento y esparcimiento, la  gastronomía y actividades deportivas.

A diferencia  de la gran obra portuaria de finales del siglo XIX,  este desarrollo urbanístico no para de crecer. Las sucesivas crisis  económicas argentinas parece n no afectar la inversión en esta parte de la ciudad. Bien es cierto, que aquí se concentra gran parte de las sedes de los principales inversores en  el país. El sector residencial es el más caro de Buenos Aires. Un informe del mes de enero pasado de la empresa Reporte Inmobiliario, indica que el precio promedio del metro cuadrado residencial es de 8.012 u$s.  Una cifra superior a la que se registra en Punta del Este, el exclusivo balneario uruguayo.





Pero si bien los residentes pertenecen a sectores sociales argentinos de altos ingresos, todo el paseo que rodea los cuatro diques es concurrido durante la semana por empleados de grandes corporaciones que tiene su sede en este barrio. Durante los fines de semana, es un paseo turístico obligado para los visitantes de  Buenos Aires y zona de relajación para porteños de todos los estratos sociales. Miles de personas utilizan los restaurantes del lugar. Y por las noches, es sitio obligado para una cena o encuentro lejos de los ruidos de la ciudad.

Por las noches,  Puerto Madero tiene  otra imagen, cambia el escenario para el visitante. Y en todo el recorrido, desde la Dársena Sur hasta la Avenida Córdoba, es una sucesión de luces. En cada una de ellas, hay una historia.
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Fotos: sarmiento-cms
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Pueden consultar más información en



martes, 5 de diciembre de 2017

ANTES CAMPO DE MARTE, AHORA PLAZA SAN MARTIN




Fue un espacio amplio, vacío y olvidado durante gran parte de su existencia. Primero formó parte del arrabal de la ciudad originaria y virreinal. Luego fue destinado a diversos usos militares. Hasta que bien entrado el siglo XX, se convirtió en un lugar destacado de la ciudad. Se colocó el monumento al libertador de Argentina, José de San Martín, y se lo acompañó de un conjunto escultórico de primer orden. Hay, la plaza San Martín es uno de los puntos clave de la ciudad de Buenos Aires. Alberga el cenotafio por los muertos en la Guerra de Malvinas en su barranca del lado este. En conjunto tiene unos de los mejores arbolados de la ciudad, por su variedad y antigüedad.




La plaza se encuentra en el barrio de Retiro, próximo a las terminales ferroviarias de los ramales hacia el centro, norte y oeste del país. Está delimitada por las calles Esmeralda, Arenales, Maipú, Florida, San Martín y las avenidas Santa Fe y del Libertador. Ocupa un lugar central en una zona destacada de la vida elegante y comercial de la ciudad. También está en el centro del área política y financiera. En el lado oeste termina su recorrido la calle Florida, principal calle comercial del centro porteño. En el trapecio formado por las calles San Martín, Florida, Maipú, Torcuato de Albear y la Avenida Santa Fe se encuentran las tiendas más elegantes de la zona y el Hotel Plaza, uno de los más antiguos y elegantes.

En los alrededores de la plaza se construyeron algunos de los edificios más característicos de Buenos Aires. Al oeste está al Palacio Paz, en el 1750 de la Avenida Santa Fe. Construido entre 1902 y 1914, con 140 habitaciones y 1.200 metros cuadrados cubiertos, fue la residencia de la familia del empresario José C Paz, fundador también del diario La Prensa. Desde 1938 es ocupado por el Círculo Militar y en uno de sus extremos está ubicado el Museo de Historia Militar.

En el lado sur, en el 1065 de la calle Florida,  frente mismo a la plaza, se levanta el edifico Kavanagh que, al momento de su inauguración en enero de 1936, fue el más alto de Argentina y Sudamérica con 32 plantas en 120 metros. Sobre el mismo lado, en Florida 1005, está el edificio del Hotel Plaza (hoy perteneciente a la cadena Marriott). Inaugurado en 1909, fue un emprendimiento del empresario Ernesto Tornsquist para celebrar el centenario de la independencia argentina al año siguiente. Es un edificio clave en la arquitectura de Buenos Aires y en sus salones se desarrolló gran parte de la vida de la alta burguesía del país.

Sobre el lado norte, en la calle Arenales, entre Basavilbaso y Esmeralda, se encuentra la sede la Cancillería argentina. En el Palacio San Martín se reciben y agasajas a los visitantes ilustres y a los representantes diplomáticos acreditados. Se lo conoce como Palacio Anchorena porque fue construido en 1909 por el arquitecto Alejandro Christophersen para Mercedes Castellanos de Anchorena, miembro de una de las familias “patricias” argentinas. En 1936 lo adquirió el gobierno argentino y se convirtió en la principal sede de la diplomacia argentina.



En el lado este, al pie de la barranca que antiguamente llevaba al río, hoy se encuentran las tres centrales ferroviarios de las líneas que recorren el centro, norte y oeste del conurbano de la ciudad y del país. En términos edilicios, la más importante de todas es la que fue Estación Central de la empresa Ferrocarril Central Argentino. En 1909 comenzó su construcción en base a un proyecto de los arquitectos Eustace L. Conder, Roger Conder y Sydney G. Follett, y el ingeniero Reginald Reynolds (todos británicos establecidos en el país) y concluyó en agosto de 1915. Es una obra de primer orden con dos naves de 230 metros de largo y 45 metros de luz libre cada una, con 20.000 metros cuadrados de cielorraso, vidriado y en cuya estructura se usaron 8.000 toneladas de acero proveniente de Liverpool. Todos estos lugares forman parte del patrimonio histórico monumental nacional argentino. La plaza San Martín fue declarada Monumento Histórico Nacional en 1942.

Características


A lo largo de su historia, la plaza ha tenido diversas extensiones y diseños. En algunos momentos fue un  simple baldío, otras plaza de toros, otras asentamiento militar y lugar de entrenamiento y finalmente parque público. Hoy tiene una extensión de 5 hectáreas y las formas, su estructura, fue diseñada por el arquitecto Carlos León Thays. Las principales especies arbóreas son palmeras phoenix, syagrus y canariensis, tilos, sauces, pinos, magnolias grandiflora, roble sedoso, ceibos y araucarias. También hay algunos jacarandás que le dan una coloración violácea en algunos tramos durante las primaveras. Pero paisajísticamente, lo más destacable con los gomeros centenarios, de raíces robustas y enrevesadas, que se encuentran en la parte central, detrás del monumento principal y el conjunto de Palo borracho (Chorisia bombacáceas) del paseo central y pie de la barranca sobre la avenida del Libertador, que le da una coloración amarilla, blanca y rosa durante su floración en los meses de enero a marzo, formando una masa arbórea llamativa desde distintos extremos.

Las principales obras de arte son el Monumento al General San Martín y a los Ejércitos de la Independencia (de Daumas-Eberlein), el Monumento a los caídos en Malvinas  y La duda. Aunque también hay otros trabajos de menor importancia como Hitos de la Argentinidad, que rememora lugares en donde tuvieron eventos militares durante las Invasiones Inglesas de 1806 y 1807, o los referidos al Regimiento de Granaderos a Caballo, primer grupo militar formado por San Martín el regresar al país y que utilizó ese predio como centro de formación en 1812.



El Monumento al General San Martín y a los Ejércitos de la Independencia está compuesto por una escultura ecuestre de bronce, sobre una base de granito pulido, y cuatro conjuntos escultóricos relacionados con el proceso de la independencia. Son: El Cruce de los Andes, Proclamación de la Independencia del Perú, Batalla de Salta  y Toma de Montevideo. El monumento ecuestre es obra del francés Louis Joseph Daumas y los conjuntos que acompañan son del alemán Gustav Eberlein. La obra de Daumas es de 1862 y la de Eberlein de 1910.  

El Monumento a los Caídos en Malvinas es un cenotafio ubicado al pie de la barranca de la plaza que antiguamente daba al Río de la Plata y que hoy es la Avenida del Libertador. Está formado por 25 placas de mármol negro con los nombres de los 649 combatientes que murieron en la esa guerra desde abril a junio de 1982. Es obra del letrista Eduardo Omar Urich.

La Duda se encuentra en el lado oeste de la plaza, sobre la avenida Santa Fe, en su cruce con la calle Maipú. El motivo es la de un joven creyente que está junto pensativo junto a una Biblia abierta, al tiempo que un anciano a su lado parece interpelarlo. Fue realizada en mármol de Carrara por el escultor francés Louis Henri Cordier, en 1905.

Un poco de historia


Se puede consultar el sitio el Arcón de Buenos Aires , en donde tienen interesante información documental y gráfica de los distintos momentos de la historia de este sitio. En este caso, he preferido reproducir un texto que cita Ricardo M. Llanes en Cuadernos de Buenos Aires nº XLVIII, ANTIGUAS PLAZAS DE LA CIUDAD DE BUENOS AIRES, Se trata de un informe del Censo Municipal de Buenos Aires, año 1887, en las hojas 111 y 112. Dice lo siguiente: 

PLAZA GENERAL SANMARTÍN. – Al norte formada por un terreno irregular de 24.630 metros cuadrados. Es una de las plazas más antiguas del municipio.
Se llamó primitivamente El Retiro, aludiendo, según una tradición hoy desautorizada, al retiro o alejamiento de la vida mundana que en ella estableció, en los primeros tiempos de la fundación, un hombre que fundó allí una ermita llamada San Sebastián, de la que no han quedado más restos históricos que la mención que de ella se hace en una mensura del año 1608; y, según otra versión muy respetable, aludiendo a la casa quinta de don Miguel de Riglos, quien la bautizó con aquel nombre. 

Fue durante la colonia plaza de toros, formada por un circo de material, con palcos altos y bajos, que podía contener hasta 10.000 personas y al que concurrían, en las funciones de gala, las autoridades y familias aristocráticas de la colonia.  

En 1807, durante la invasión inglesa, estaba situado en el Retiro un parque que pertenecía al enemigo, y con la toma de él por las tropas patricias se inició la reconquista. Por eso se le puso Campo de la Gloria. 

El año 1878, al celebrarse el centenario del General San Martín, se le quitó el nombre de Plaza de Marte que tenía y se le bautizó con el del Libertador de la América. 

La plaza General San Martín tiene preciosos jardines, formados de plantas ornamentales, una gruta construida durante la administración del ex-intendente Alvear, y la estatua ecuestre del guerrero cuyo nombre lleva. 

Buenos Aires, 15 de septiembre de 1887

Se puede consultar también Cuadernos de Buenos Aires nº 23, donde el mismo autor firma el trabajo Dos notas Porteñas  (La plaza y la manzana)”  en la que hace referencia a la historia de la plaza San Martín. Y como siempre, también se puede hacer una consulta rápida en Wikipedia, en  las notas de referencia alsitio y a los monumentos.

Fotos: ©sarmiento-cms     


 

lunes, 10 de julio de 2017

ÁRBOLES DE BUENOS AIRES: EL LAPACHO

En Argentina se lo conoce como lapacho, en Bolivia como tajibo y en México como primavera, en Venezuela como Araguaney, en Brasil como ipê y en Paraguay como tajy.  Pero también puede recibir estos nombres, según las variedades, cañaguate, cañaguatillo, guayacan o tealo. Es el árbol nacional de Venezuela (tabebuia chrysantha), Paraguay (tabebuia heptaphylla) y El Salvador (tabebuia rosae). En Buenos Aires lo introdujo el paisajista Carlos Thays, el arquitecto que le cambió la cara a la ciudad, a comienzos del siglo XX. Galería de imágenes 



Es una especie nativa de América, desde el norte argentino hasta México. La variedad plantada en Buenos Aries es el Lapacho Rosado. Es un árbol de buen porte que alcanza los 30 m y su copa semigloba representa más de la mitad. Sus flores aparecen al fin del invierno, entre julio y septiembre, justo antes del rebrote. Son grandes, de forma tubular y la corola es rosada de unos 4 cm de largo. La corteza es dura y de color castaño grisáceo y se le atribuye popularmente funciones medicinales en afecciones renales.

Su nombre oficial es Tabebuia  y hay más de cien variedades en toda América, desde Bolivia, Paraguay y el norte de Argentina hasta México y el Caribe. Las hay de floraciones amarillas, blancas, rosadas y rojas purpúreas, por lo que en muchos países se la utiliza con fines de decorativos urbanos y ornamentales en plazas y parques. La especie que se da en Argentina es Tabebuia Impetiginosa, más conocida como Lapacho Rosado.

Las variedades reciben distintos nombre populares, tales como cañaguate, cañaguatillo, guayacan o tealo. En Argentina se lo conoce como lapacho, en Bolivia como tajibo y en México como primavera, en Venezuela como Araguaney, en Brasil como ipê  y en Paraguay como tajy, que en guaraní quiere decir “fuerte, resistente”

Es el árbol nacional de Venezuela (tabebuia chrysantha), Paraguay (tabebuia heptaphylla) y El Salvador (tabebuia rosae). Esta última especie, de raíces profundas, resistente al smog, se le utiliza en la ornamentación urbana.


Características Generales del Árbol.

Las hojas son de color verde oscuro. Se disponen de a pares y en forma opuesta. Por cada nudo se disponen juntas y forma contraria.  La hoja es compuesta. Está digitada con 5 a 7  foliolos, que nacen de un eje común, y se disponen como los dedos de una mano abierta.  Un foliolo  es  cada una de las piezas separadas en que a veces se encuentra dividido el limbo de una hoja. Y limbo la lámina que comúnmente forma parte de la anatomía de una hoja.

La corteza externa está surcada por marcas de color gris. Es áspera y al ser raspada se vuelve de color pardo. Internamente es fibrosa, de color marrón claro, casi rosado. Al realizarle un corte, despide un aroma suave a resina vegetal.

El tamaño es particular, teniendo en cuenta su altura. La copa tiene forma de campana. Esto se debe a que sus ramas se doblan hacia afuera y tienen el follaje concentrado en los extremos.  Es un árbol grande. Alcanza una altura que oscila entre los 20 y los 35 metros. Algo así como un edificio de 10 plantas.  El diámetro del tronco, a la altura del pecho (150 cm del suelo) varía entre los 60 y 160 cm, en edad adulta. El crecimiento promedio del diámetro es de 0,50 cm por año, si se desarrolla en un bosque natural.

El fruto  es una cápsula lineal cuyo largo puede ser entre 20 y 35 cm y el anchova de 1 a 1,5 cm. Al madurar es de color castaño. Se abre longitudinalmente en dos valvas que contienen unas 150 semillas aladas, lo que favorece su expansión por el viento.  El fruto comienza a aparecer en agosto y finaliza en octubre.  

Las flores son de gran valor ornamental en los medios urbanos, por sus características de inflorescencia (grupo de flores en una misma rama). Tienen forma de tubo, con una longitud que varía entre los 5 y los 8 cm, con forma de campana con 5 lóbulos redondeados desiguales. En el mes de mayo, el árbol pierde todas sus hojas y empieza la floración, que se mantiene hasta el mes de julio.

La madera es fuerte, dura y pesada. Su promedio es de 990 a 1010 kg por metro cúbico. Tiene un veteado suave y una textura fina. Se la reconoce por su extrema dureza, su estabilidad al ser secada y por su resistencia bajo tierra.  Se la suele utilizar como postes, construcciones, carrocerías y machinbrados.  En la carpintería para usos domésticos y ornamentales  no es popular, porque es difícil de trabajar por su dureza.

Leyenda sobre el origen

Tupâ o Tupavé o Tenondeté es el dios supremo de los Guaranies, es la deidad que creó la luz, el universo. Su residencia es Kuarahy, el sol. Y desde ese foco de luz, dio origen a los guaraníes.

La leyenda sobre el árbol comienza cuando Tupä  resuelve la separación de los hermanos Tupí y Guaraní. Antes de la partida de ambos, Tupä le dice a Guaraní: “Los dos son hermanos y siempre serán conquistadores de tierras. El símbolo de sus conquistas  será este árbol, que llamaré Tajy. Y se diferenciarán de otras tierras por el color de sus flores y la fortaleza de su tronco”.  Les  entregó las semillas que había traído de Ivaga y ambos emprendieron el camino. 

Así es como explican los guaraníes la expansión de este árbol por toda américa, Es importante aclarar que la Ivaga, significa paraíso en  idioma guaraní . 


Leyenda del Lapacho Blanco y La Viudita. 
(Leyenda Qom-Toba. Comunidad indígena del norte argentino. Provincias de Chaco y Formosa)

Hace muchísimo tiempo en la zona central del Chaco vivía una comunidad de aborígenes qom. Vivían de la caza y de la pesca, que por ese entonces era abundante. Niagasit, un caciquillo fuerte, valiente y hermoso, iba a casarse con la hija del cacique llamada Chona. Niagasit mantenía a su anciana madre a quien adoraba, y ésta a su vez veneraba a su hijo y a su futura nuera.

Pero un año se produjo una gran sequía que secó las aguadas y alejó a los animales. Entonces los jóvenes qom tuvieron que ir a lugares más alejados y bajos en búsqueda de alimentos. Fue así que fueron a las tierras del Machagai.

Pero allí, una madrugada, los indios Moqoi, tradicionales enemigos de los Qom, les tendieron una emboscada. En la lucha algunos murieron y otros fueron hechos prisioneros. Unos pocos se escaparon y regresaron a la comunidad. Allí anunciaron la muerte de Niagasit. Terriblemente apenada por la infausta noticia, su madre murió esa misma noche.

Pero Niagasit no había muerto. Sólo fue herido y hecho prisionero. Esa noche se fugó y al día siguiente llegó con los suyos. Allí se encontró con el doloroso espectáculo de que su madre muerta iba a ser enterrada. Niagasit acompañó el cortejo. La mujer fue enterrada a la usanza indígena. Dejaron la cabeza afuera y la cubrieron con ramas. Niagasit no volvió con sus pares a la toldería. Cuando quedó solo, cortó las trenzas blancas de su madre y se las ciñó a su frente en señal de dolor. Así permaneció varios días inmóvil frente al cadáver hasta que el piadoso Dios lo convirtió en el más hermoso árbol de nuestra flora: el lapacho blanco, erguido y elegante como él y con flores blancas como las trenzas de su madre. Y a su inquieta novia, que iba y venía, la convirtió en un pajarito que vuela, sube y baja, que nunca queda quieto: la viudita.




Con información de
http://es.wikipedia.org/wiki/Lapacho y el Centro de Datos para la Conservación de  la  Secretaria del  Ambiente del gobierno de Paraguay.