miércoles, 17 de octubre de 2018

MURALES A LA CARTA


Cuando en 1812 Juan Bautista de Elorriaga construyó esta casa de dos plantas a cien metros de la Plaza de Mayo de Buenos Aires, no pensó que, dos siglos después, sus paredes se iban a convertir en el “lienzo” propicio para artistas especializados en el arte callejero o el Street Art. La esquina de la calles Defensa y Alsina ha tomado por estos días el color de los lugares sorpresa. En períodos variables, las paredes de lo que se conoce como Altos de Elorriaga muestran  diferentes expresiones del arte mural que crece en forma sostenida desde hace unos años en la ciudad.  Hoy  la casa forma parte del acervo turístico de la ciudad. Es la casa más antigua que se encuentra en pie y además se puede recorrer en visitas concertadas con la Oficina de Turismo porteño.  




La casa ha sobrevivido a pesar de todo, como la mayor parte del patrimonio cultural de Buenos Aires. En la primera década de este siglo su estado era verdaderamente ruinoso, a punto de derrumbarse. En final de la década de 1980 fueron sus últimos años de actividad comercial en  la planta baja. La parte alta de la vivienda estaba fuera de uso desde mucho tiempo antes. Y hasta 1950 se puede decir que mantenía cierta prestancia. Luego fue subocupada o mal ocupada por comerciantes eventuales que nada hicieron por sostener una edificación de mucho riesgo como es esta.
Poca información hay sobre la casa y alguna especulación respecto del arquitecto que la construyó. Se piensa que fue Saturnino Segurola, hermano de Leocadia Segurola,  esposa de Elorriaga. Una calle de Buenos Aires lleva el nombre de este sacerdote que fue director de la Biblioteca Nacional e impulsor de la vacunación antivariólica. Se afirma que la construcción se completó  en 1820 y Elorriaga vivió unos pocos años más, quedando la propiedad en manos de los Segurola.



Desde 1970 forma parte del patrimonio del Museo de la Ciudad, cuya sede principal están en la acera de enfrente en la misma esquina. Es un conjunto de edificios formado por la Casa de los Altos de la Estrella (construida en 1894) y la Casa de los Querubines (construida en 1895).
La esquina tuvo muchos usos, sobre todo en el aspecto comercial, pero nunca fue el centro de atracción por alguna manifestación cultural y mucho menos artística. La aparición de estas expresiones en sus paredes empieza a sentirse como algo natural entre los miles de trabajadores que circulan por la zona, especialmente a los funcionarios del máximo organismo impositivo argentino (AFIP) desde cuyas ventanas se ven toda la casa y sus murales renovables.



Las expresiones de arte callejero en este caso, reafirman la expansión de estas manifestaciones en la ciudad, que vienen creciendo de manera sostenida en producciones de alta calidad. Todo esto contribuye a reafirmar el crecimiento del muralismo argentino, cuyos orígenes se encuentran un siglo atrás con las obras de Jorge E. Spilimbergo, Antonio Berni, Juan Carlos Castagnino, Fernado Fader, Benito Quinquela Martín o Ricardo Carpani, entre otros.
Sobre el muralismo en la ciudad de Buenos Aires pueden consultar las notas de este mismo blog:
*********

También pueden ver en Flickr  otras producciones fotográficas de murales de Buenos Aires. 

// Muralismo en Buenos Aires 

// Educación o Esclavitud

// Ilusiones entre sueños

// Calle Lanín. Arte y Vida Cotidiana 

martes, 11 de septiembre de 2018

ESENCIA Y MISIÓN DEL MAESTRO


Hoy es el Día del Maestro en Argentina, país cuyos gobiernos se esmeran en destruir la educación pública con diversos métodos. Hoy habrá muchas expresiones de denuncia. Pero también creo que es un buen momento para reproducir ese artículo de Julio Cortazar, sobre el oficio de enseñar. Es una mirada hacia adentro, hacia las formas de posicionarse ante la enseñanza. “Ser maestro significa estar en posesión de los medios conducentes a la transmisión de una civilización y una cultura; significa construir, en el espíritu y la inteligencia del niño”, dice. Lo que sigue es el texto completo de ese artículo publicado en la Revista Argentina,  el 20 de octubre de 1939.


Julio Cortazar recién llegado a Mendoza en 1944, donde enseñó literatura francesa



Escribo para quienes van a ser maestros en un futuro que ya casi es presente. Para quienes van a encontrarse repentinamente aislados de una vida que no tenía otros problemas que los inherentes a la condición de estudiante; y que, por lo tanto, era esencialmente distinta de la vida propia del hombre maduro. Se me ocurre que resulta necesario, en la Argentina, enfrentar al maestro con algunos aspectos de la realidad que sus cuatro años de Escuela Normal no siempre le han permitido conocer, por razones que acaso se desprendan de lo que sigue. Y que la lectura de estas líneas –que no tiene la menor intención de consejo- podrá tal vez mostrarles uno o varios ángulos insospechados de su misión a cumplir y de su conducta a mantener.

Ser maestro significa estar en posesión de los medios conducentes a la transmisión de una civilización y una cultura; significa construir, en el espíritu y la inteligencia del niño, el panorama cultural necesario para capacitar su ser en el nivel social contemporáneo y, a la vez, estimular todo lo que en el alma infantil haya de bello, de bueno, de aspiración a la total realización. Doble tarea, pues: la de instruir, educar, y la de dar alas a los anhelos que existen, embrionarios, en toda conciencia naciente. El maestro tiende hasta la inteligencia, hacia el espíritu y finalmente, hacia la esencia moral que reposa en el ser humano. Enseña aquello que es exterior al niño; pero debe cumplir asimismo el hondo viaje hacia el interior de ese espíritu y regresar de él trayendo, para maravilla de los ojos de su educando, la noción de bondad y la noción de belleza: ética y estética, elementos esenciales de la condición humana.

Nada de esto es fácil. Lo hipócrita debe ser desterrado, y he aquí el primer duro combate; porque los elementos negativos forman también parte de nuestro ser. Enseñar el bien, supone la previa noción del mal, permitir que el niño intuya la belleza no excluye la necesidad de hacerle saber lo no bello. Es entonces que la capacidad del que enseña –yo diría mejor: del que construye descubriéndose pone a prueba. Es entonces que un número desoladoramente grande de maestros fracasa. Fracasa calladamente, sin que el mecanismo de nuestra enseñanza primaria se entere de su derrota; fracasa sin saberlo él mismo, porque no había tenido jamás el concepto de su misión. Fracasa tornándose rutinario, abandonándose a lo cotidiano, enseñando lo que los programas exigen y nada más, rindiendo rigurosa cuenta de la conducta y disciplina de sus alumnos. Fracasa convirtiéndose en lo que se suele denominar «un maestro correcto». Un mecanismo de relojería, limpio y brillante, pero sometido a la servil condición de toda máquina.

Julio Cortazar con sus primeros alumnos. Probablemente en Bolivar o Chivilcoy (Pcia de Buenos Aires)



Algún maestro así habremos tenido todos nosotros. Pero ojalá que quienes leen estas líneas hayan encontrado también, alguna vez, un verdadero maestro. Un maestro que sentía su misión; que la vivía. Un maestro como deberían ser todos los maestros en la Argentina.

Lo pasado es pasado. Yo escribo para quienes van a ser educadores. Y la pregunta surge, entonces, imperativa: ¿Por qué fracasa un número tan elevado de maestros? De la respuesta, aquilatada en su justo valor por la nueva generación, puede depender el destino de las infancias futuras, que es como decir el destino del ser humano en cuanto sociedad y en cuanto tendencia al progreso.
¿Puede contestarse la pregunta? ¿Es que acaso tiene respuesta?

Yo poseo mi respuesta, relativa y acaso errada. Que juzgue quien me lee. Yo encuentro que el fracaso de tantos maestros argentinos obedece a la carencia de una verdadera cultura que no se apoye en el mero acopio de elementos intelectuales, sino que afiance sus raíces en el recto conocimiento de la esencia humana, de aquellos valores del espíritu que nos elevan por sobre lo animal. El vocablo «cultura» ha sufrido como tantos otros, un largo malentendido. Culto era quien había cumplido una carrera, el que había leído mucho; culto era el hombre que sabía idiomas y citaba a Tácito; culto era el profesor que desarrollaba el programa con abundante bibliografía auxiliar. Ser culto era –y es, para muchos- llevar en suma un prolijo archivo y recordar muchos nombres...

Pero la cultura es eso y mucho más. El hombre –tendencias filosóficas actuales, novísimas, lo afirman a través del genio de Martín Heidegger- no es solamente un intelecto. El hombre es inteligencia, pero también sentimiento, y anhelo metafísico, y sentido religioso. El hombre es un compuesto; de la armonía de sus posibilidades surge la perfección. Por eso, ser culto significa atender al mismo tiempo a todos los valores y no meramente a los intelectuales. Ser culto es saber el sánscrito, si se quiere, pero también maravillarse ante un crepúsculo; ser culto es llenar fichas acerca de una disciplina que se cultiva con preferencia, pero también emocionarse con una música o un cuadro, o descubrir el íntimo secreto de un verso o de un niño. Y aún no he logrado precisar qué debe entenderse por cultura; los ejemplos resultan inútiles. Quizá se comprendiera mejor mi pensamiento decantado en este concepto de la cultura: la actitud integralmente humana, sin mutilaciones, que resulta de un largo estudio y de una amplia visión de la realidad.
Así tiene que ser el maestro.

Y ahora, esta pregunta dirigida a la conciencia moral de los que se hallan comprendidos en ella: ¿Bastaron cuatro años de Escuela Normal para hacer del maestro un hombre culto?
No; ello es evidente. Esos cuatro años han servido para integrar parte de lo que yo denominé más arriba «largo estudio»; han servido para enfrentar la inteligencia con los grandes problemas que la humanidad se ha planteado y ha buscado solucionar con su esfuerzo: el problema histórico, el científico, el literario, el pedagógico. Nada más, a pesar de la buena voluntad que hayan podido demostrar profesores y alumnos; a pesar del doble esfuerzo en procura de un debido nivel cultural.

La Escuela Normal no basta para hacer al maestro. Y quien, luego de plegar con gesto orgulloso su diploma, se disponga a cumplir su tarea sin otro esfuerzo, ése es desde ya un maestro condenado al fracaso. Parecerá cruel y acaso falso; pero un hondo buceo en la conciencia de cada uno probará que es harto cierto. La Escuela Normal da elementos, variados y generosos, crea la noción del deber, de la misión; descubre los horizontes. Pero con los horizontes hay que hacer algo más que mirarlos desde lejos: hay que caminar hacia ellos y conquistarlos.

El maestro debe llegar a la cultura mediante un largo estudio. Estudio de lo exterior, y estudio de sí mismo. Aristóteles y Sócrates: he ahí las dos actitudes. Uno, la visión de la realidad a través de sus múltiples ángulos; el otro, la visión de la realidad a través del cultivo de la propia personalidad. Y, esto hay que creerlo, ambas cosas no se logran por separado. Nadie se conoce a sí mismo sin haber bebido la ciencia ajena en inacabables horas de lecturas y de estudio; y nadie conoce el alma de los semejantes sin asistir primero al deslumbramiento de descubrirse a sí mismo. La cultura resulta así una actitud que nace imperceptiblemente; nadie puede despertarse mañana y decir: «Sé muchas cosas y nada más». La mejor prueba de cultura suele darla aquél que habla muy poco de sí mismo; porque la cultura no es una cosa, sino que es una visión; se es culto cuando el mundo se nos ofrece con la máxima amplitud; cuando los problemas menudos dejan de tener consistencia; cuando se descubre que lo cotidiano es lo falso, y que sólo lo más puro, lo más bello, lo más bueno, reside la esencia que el hombre busca. Cuando se comprende lo que verdaderamente quiere decir Dios.

Julio Cortazar con sus compañeros de la Escuela Normal de Profesores Mariano Acosta



Al salir de la Escuela Normal, puede afirmarse que el estudio recién comienza. Queda lo más difícil, porque entonces se está solo, librado a la propia conducta. En el debilitamiento de los resortes morales, en el olvido de lo que de sagrado tiene es ser maestro, hay que buscar la razón de tantos fracasos. Pero en la voluntad que no reconoce términos, que no sabe de plazos fijos para el estudio, está la razón de muchos triunfos. En la Argentina ha habido y hay maestros: debería preguntárseles a ellos si les bastaron los cuatro años oficiales para adquirir la cultura que poseen. «El genio –dijo Buffon- es una larga paciencia». Nosotros no requerimos maestros geniales; sería absurdo. Pero todo saber supone una larga paciencia.

Alguien afirmó, sencillamente, que nada se conquista sin sacrificio. Y una misión como la del educador exige el mayor sacrificio que puede hacerse por ella. De lo contrario, se permanece en el nivel del «maestro correcto». Aquéllos que hayan estudiado el magisterio y se hayan recibido sin meditar a ciencia cierta qué pretendían o qué esperaban más allá del puesto y la retribución monetaria, ésos son ya fracasados y nada podrá salvarlos sino un gran arrepentimiento . Pero yo he escrito estas líneas para los que han descubierto su tarea y su deber. Para los que abandonan la Escuela Normal con la determinación de cumplir su misión. A ellos he querido mostrarles todo lo que les espera, y se me ocurre que tanto sacrificio ha de alegrarnos. Porque en el fondo de todo verdadero maestro existe un santo, y los santos son aquellos hombres que van dejando todo lo perecedero a lo largo del camino, y mantienen la mirada fija en un horizonte que conquistar con el trabajo, con el sacrificio o con la muerte.
***

Artículo publicado el 20 de octubre de 1939, en la Revista Argentina, y firmado por Julio Florencio Cortázar, profesor, graduado en letras en la Escuela Normal de Profesores Mariano Acosta de Buenos Aires.

***
Imágenes propias: captura directa de las fotos expuestas en el Museo Nacional de Bellas Artes en ocasión de la muestra homenaje. 

jueves, 6 de septiembre de 2018

PARQUE LEZAMA. BRUMA Y MISTERIO


El parque Lezama es el parque más antiguo de la ciudad de Buenos Aires. Además es un punto clave de la ciudad. Por su historia y por la vida interior que alberga. Aquí se fundó la primera Buenos Aires, la que hizo Pedro de Mendoza en 1536 y debió ser levantada dos años después. En la segunda fundación, la de Juan de Garay en 1580, ya no ocupó la centralidad administrativa y comercial. Pero el parque – mejor dicho el predio que ocupa – fue el centro de muchas historias. Algunas de ellas fueron pasadas a la literatura en versiones poéticas o en prosa. Y algunas terminaron siendo canciones.



















Pero al margen de las trascripciones artísticas de diverso tipo,  el parque Lezama es el sitio de reposo de una zona de la ciudad con alta concentración poblacional. El parque es un vértice de unión de los barrios de San Telmo, La Boca y Barracas. El primero es el de mayor densidad poblacional de la ciudad. El barrio de La Boca le sigue en esa lista.
Tanto sea en los meses de invierno o verano, es un paseo obligado de los porteños del lugar a cualquier hora del día. Como puede verse en este collage, la bruma del río de la Plata suele invadir  el lugar. Es un fenómeno particular que no siempre se da. Pero es frecuente en los meses de invierno al amanecer o al atardecer como en este caso.
El grupo de fotos que componen  esta imagen corresponde al paseo de las tipas, ese callejón “amurallado” por esos árboles gigantescos, que discurre en lo alto de la barranca que corre paralela a la calle Brasil.
Un paseo singular, con bastante aire de tango y una suerte de melancolía que nunca es tristeza. Y que dibuja un paisaje desde adentro del parque,  diferente a cualquier otra perspectiva.
***
Fotos: ©sarmiento-cms 

miércoles, 29 de agosto de 2018

300 METROS A PURO CIELO.

El espacio que ocupan los edificios de la zona llamada Catalinas Norte es un puro desafío al cielo y al vértigo. Esto último en la calle, en la velocidad con la que se maneja el tránsito y se mueve la gente. Lo primero es la envergadura de los edificios que, sin ser excepcionalmente altos, pareciera que se fueran a comer las nubes. Las estructuras vidriadas del conjunto, generan reflejos y efectos espejo durante el día, cambiando la coloración de los edificios según la posición del sol. Por la noche, la soledad de la avenida y las calles interiores, entre edificios, permite visiones lumínicas desde el interior que, vistos desde abajo los edificios en su conjunto, parecen inmensas naves dispuestas a partir a alguna galaxia. Esta es una visión particular de este lugar de Buenos Aires, que creció exponencialmente en apenas 30 años. 





Los terrenos de la Avenida Leandro N. Alem que dan sobre el sector Este (del lado del río) siempre fueron un enorme playón de maniobras de los ferrocarriles argentinos. La zona quedó comprometida como el ante puerto, tanto del viejo como del nuevo puerto de la ciudad. Los 300 metros que van desde la Avenida Córdoba hasta la calle Marcelo T. de Alvear coinciden espacialmente con la Dársena Norte. Es decir, el extremo norte de los diques del viejo Puerto Madero y la ante sala del nuevo pensado por el Ingeniero Huergo. En cualquier caso, toda esta zona fue un sector de maniobras de trenes de carga. La vista que siempre se tuvo desde la barranca de la plaza San Martín y las pendientes leves de las calles Paraguay y Marcelo T. de Alvear siempre fue un horizonte un tanto deprimente, que impedía ver el auténtico horizonte sobre el río. Aquí, la ciudad de Buenos Aires amanecía entre hierros, vigas, vías, vagones de madera y grúas móviles.
Pero las transformaciones de la década de 1990, produjeron un cambio radical. La década noeliberal fue pródiga en privatizaciones y desguaces de gran parte de los bienes del Estado. Y en ese marco, el sistema ferroviario fue una víctima precisa. Se priorizó el transporte por carretera, los puertos cerealeros pasaron a ser los del litoral del Paraná y Bahía Blanca. Entonces la ciudad de Buenos Aires perdió esa enorme masa de granos que se acumulaba, antes de embarcar, en esos playones de carga contiguos a la Avenida Alem. La zona dejaría de ser un lugar de paso hacia Retiro o la City porteña para albergar oficinas de  las empresas más importantes del país.



Proyectos sobre este espacio siempre hubo. Buenos Aires es la  ciudad de los proyectos y el lugar daba lugar para la imaginación de urbanistas y arquitectos. En un rápido recorrido histórico, cuento que “en 1872 Francisco Seeber creo una sociedad anónima llamada The Catalinas Warehouses and Mole Company Ltd., o Sociedad Anónima Depósitos y Muelles de las Catalinas, con el propósito de emplazar un muelle (a la altura de la calle Paraguay) y una aduana.[1]​ Para ello adquirió los entonces ribereños terrenos que se encontraban al este del Paseo de Julio (hoy Avenida Leandro N. Alem)”. Esto lo dice el sitio Wikipedia en la página Catalinas Norte.  Más adelante agrega: “Ya que en la esquina de las calles Viamonte y San Martín se encontraba, y aún se encuentra, la Iglesia de Santa Catalina, la zona era conocida como la bajada de las Catalinas,[1]​ y de allí derivó el nombre de la empresa y posteriormente, del depósito portuario y muelle. Con la compra de más terrenos en el actual barrio de La Boca, se denominó Catalinas Norte a la sección original, y Catalinas Sud a las recién adquiridas.[1]​ Con la construcción del Puerto Madero en la última década del siglo XIX, el muelle de las Catalinas fue desmontado”.
Así estaría explicado el comienzo. Luego se produjeron una sucesión de compras y ventas de lotes, creación de nuevas sociedades, más proyectos y mejores propuestas. Pero el extenso espacio que va desde la Avenida Córdoba hasta la plaza de la Torre de los Ingleses, siguió siendo un playón de carga, luego transformado en baldía y más tarde  ocupado como playa de estacionamiento. En la década de 1970 toma impulso la iniciativa gubernamental de alentar la urbanización del lugar. En 1972 se inaugura el Sheraton Buenos Aires Hotel. En 1973 la Torre Conurban, en 1974 la torre Carlos Pellegrini y en 1975 la Torre Catalinas Norte. En 1976 comenzó  la construcción de la Torre Madero y un poco más tarde al Torre IBM que nos serían terminadas hasta cinco años después, fruto de los vaivenes económicos nacionales. Pero recién a mediados de la década de 1990 todo el lugar toma el verdadero impulso de construcción y urbanización, convirtiéndose en la zona más cara de Buenos Aires. La privatizaciones de las instalaciones ferroviarias y el desarrollo inmobiliario y comercial de lo que hoy es Puerto Madero,  terminaron por configurar definitivamente el lugar. De esa época son las torres gemelas Catalinas Plaza y Alem Plaza. Luego se extendería el boom inmobiliario hacia la calle Lavalle con la construcción de las torres Fortabat y el edificio de César Pelli.



Este espacio urbano tiene muy poco que ver con su origen y posterior utilización. Buenos Aires ya no es el puerto cerealero de Argentina. Al menos no es el más importante, sino más bien de tercer orden. El desarrollo de la ciudad como principal centro cultural latinoamericano y gran polo financiero sudamericano, impuso nuevos usos en el corredor contiguo a la ribera del Río de la Plata. Un río que los porteños no ven por la muralla que forman estos edificios vidriados que se reflejan entre sí y copian el cielo. Pero la perspectiva que ahora se tiene desde el río hacia el interior urbano, ya no es la de un puerto de actividad febril en esa zona. La imagen es la de una ciudad de  edificios enormes que le dan una identidad nueva.
Para una información más pormenorizada sobre los aspectos históricos y arquitectónicos de la zona denominada Catalinas Norte, sugiero consultar los portales de Wikipedia, Arcón de Buenos Aires y Moderna Buenos Aires.
Fotos: ©sarmiento-cms


martes, 24 de julio de 2018

NO HAY PROTESTA SIN CHORIPÁN


Choripán es el acrónimo de chorizo y pan. Es  un simple sándwich  o bocadillo o emparedado, pero al mismo tiempo no es nada de eso. Es un chorizo crudo compuesto por un 70% de carne v acuna y un 30% de cerdo – debidamente sazonada y estacionada antes de armar la tripa – que , una vez asado, se come en un pan partido al medio. Puede llevar una salsa que los argentinos llaman Chimichurri (orégano, ají molido, ajo, perejil, cebollas y pimiento muy picado) o nada. Pero el verdadero sentido simbólico de esta comida popular, es que se convirtió en  un ícono de los sectores populares en las protestas callejeras, eventos deportivos o simples salidas camperas. Originado a mediados del siglo XIX, con la explosión de la explotación ganadera, hoy es un componente cultural básico de las costumbres populares.






Todos los pueblos presumen de originales a la hora de explicar su gastronomía y Argentina no podía ser diferente. Por eso, si usted pregunta en cualquier calle, de cualquier pueblo o ciudad, rápidamente le dirán que el Choripán  es un invento argentino, igual que el asado. Pero esta comida con aspecto de sándwich, emparedado o bocadillo no exige demasiadas artes culinarias. No es más que un chorizo colocado en el interior de un pan francés partido al medio, que puede llevar aderezos o no.

No es el único lugar donde se come. También es común en Chile, Uruguay, Bolivia, Paraguay y el sur de Brasil. Incluso hay versiones similares en Colombia, Venezuela y Cuba. Choripán  es un acrónimo formado por las palabras chorizo y pan. Incluso en términos corrientes y urgentes, la gente lo llama simplemente Chori. También ese es el nombre particular  con el que lo vocean los vendedores en cualquier concentración social, de cualquier tipo, en todas las ciudades y pueblos de Argentina.

Se trata del denominado chorizo Criollo o Parrillero¸ que tiene una consistencia blanda puesto que está crudo y sin estacionar. Lleva alrededor de un 70% de carne vacuna y un 30% de carne de cerdo, aunque las proporciones y tipo de corte corresponden más bien a la receta o inventiva del carnicero que los haga. Se elabora una pasta con diversos condimentos cuya composición depende del fabricante, pero que básicamente se compone de tomillo, comino, pimentón y algo de ají molido o pimienta y sal. Tiene más cosas, pero depende del charcutero. Se lo suele dejar estacionar de 24 a 48 horas y luego se rellena de una tripa de vacuno y se ata en tramos de 10 a 15 cm aproximadamente, que es el tamaño específico del chorizo. Hacer un Choripán es solo cuestión de asarlo a la parrilla, preferentemente a leña, y luego colocarlo en el pan. El comensal le colocará los aderezos que más les guste. Lo tradicional y riguroso es la sala Chimichurri, que se compone de aceite, orégano,  ají molido, perejil, ajo, cebolla y pimiento verde y rojo picado muy pequeño. Hay quien le pone mostaza o salsa mayonesa, pero eso entra en la categoría popular de sacrilegio.




Un signo reconocido mundialmente de Argentina es su carne. No es que haya en todo el territorio, pero la extensa llanura pampeana (la denominada Pampa Húmeda) que abarca la provincia de Buenos Aires, centro y sur de Santa Fe y Córdoba y el este de la provincia de La Pampa, alcanzaron a los largo de 222 años de independencia como país, para garantizarle una producción de carne como para  inundar los mercados europeos entre mediados del siglo XIX y la mitad del siglo XX. El Asado Criollo (hecho a leña con la media res de ternera colocada en una parrilla vertical) es el plato nacional del país y un factor de orgullo generalizado. El Choripán  es el “hermano menor” dentro de esa gastronomía cárnica. Pero con los años – desde la década de 1960 en adelante – este sencillo método de comer carne, adquirió la categoría de seña de identidad de los sectores populares argentinos.

Las sucesivas y sistemáticas crisis económicas argentinas  (que golpean con dureza a la población de menores recursos) hizo que, en ciertas épocas, acceder  a una parrillada de carne variada y generosa en cantidad fuera casi prohibitivo. Entonces fue ganado terreno la costumbre de “al menos” juntarse en una casa, un  centro de recreo, a la vera de un río o laguna o cualquier lugar abierto (preferentemente arbolado) para comer – “aunque más no sea” – una buena cantidad de chorizos asados a la parrilla, acompañados con pan. Una fórmula que llena rápido y bien, las necesidades de hambre. Y  permite una jornada de distención con la fantasía de haber comido un generoso asado.




En la década de 1950 se generalizó su consumo en los alrededores de los canchas de futbol, antes y después de los partidos. Más tarde se hizo habitué en los alrededores de otros eventos deportivos y recitales musicales. Pero fue hasta finales de la década de 1960 – cuando se intensificó la protesta y efervescencia social de la década – que el Choripán recién ganó un puesto de honor en las calles, junto a banderas, bombos, cornetas y manifestantes. Simultáneamente, su consumo empezó a tener una connotación cultural e ideológica. Las organizaciones sociales y  partidos  representativos de los sectores populares, lo adoptaron como el menú básico de encuentros y reuniones. Ninguna convocatoria partidaria o de grupo social podía estar completa si no incluía el reparto o venta de Choripán. Luego, el menú pasó a ser protagonista en las calles junto a los manifestantes. Sus vendedores, son tan expertos como los más antiguos manifestantes, ante las cargas policiales: saben salvar el pellejo además de los utensilios. Las largas distancias que separan las barriadas obreras del  conurbano de la Ciudad de Buenos Aires y su Plaza de Mayo (centro obligado de los reclamos) hicieron del Choripán la comida de emergencia, rápida, sabrosa y festiva con que se la identifica hoy.
 
El Choripán no es un invento argentino, tal como lo reconoce la gente y  se promociona en las cartas de los mejores restaurantes de Buenos Aires para turistas. Pero el componente cultural sí lo es. Una reunión de amigos, una cena de compañeros de trabajo, una fiesta de estudiantes no es tal, si no hay una buena ración de Choripán. Reunirse alrededor de un fuego a  comer Choripán es toda una definición del lugar que se ocupa en la sociedad o al que se quiere pertenecer. Su protagonismo en las protestas o manifestaciones sociales y políticas de cualquier tipo es indudable. El Choripán es omnipresente en todos esos casos. Una protesta sin ese bocado no es una protesta. Su reinado en la gastronomía callejera de la protesta es indiscutible. Y tiene vida para rato

Gelería de Imágenes en Flickr

Fotos: ©sarmiento-cms

lunes, 16 de julio de 2018

BUENOS AIRES, CIELO Y NAVÍO


Un Encuentro Internacional de Grandes Veleros en el Puerto de Buenos Aires. Fue en el año 2010, en ocasión del Bicentenario de la Revolución de Mayo, que dio origen al primer gobierno patrio de Argentina. Todos esos grandes veleros se corresponden en rigor, a buques escuela o de formación de oficiales de las armadas de diversos países. Así que ahí se pudo ver a las fragatas Libertad de Argentina, Juan Sebastián Elcano de España, Esperanza de Chile, Simón Bolívar de Venezuela, Gloria de Colombia, Capitán Miranda de Uruguay o Cuauhtémoc de México. Desde la punta del espigón norte de la Dársena Norte del viejo Puerto Madero se pueden tener una buena vista del atardecer porteño.



El puerto de  Buenos Aires está ubicado en un lugar cuyas características son las peores para construir un puerto. Es algo así como un No Puerto que se mantiene en base a dragados permanentes que barren el limo del fondo del lecho para evitar que se formen bancos de arena y barro. El canal principal del Río de la Plata está del lado que corresponde a la República Oriental del Uruguay, es decir al norte. Una distancia de varios kilómetros de Buenos Aires. Porque como saben, este río es un enorme estuario que comienza en la unión o desembocadura de los ríos Uruguay y  Paraná, que traen las aguas del noreste y Mesopotamia argentina. Zona húmeda, de gran vegetación y cuyos ríos se caracterizan por el abundante  limo que arrastran en su circulación.

El Río de la Plata del lado de la ciudad de Buenos Aires, tiene escasa profundidad. En verdad es la continuación de la enorme planicie pampeana o bonaerense (como prefieran) que se sumerge. Si  no se dragara, las playas lacustres de la ciudad podrían tener varios kilómetros río adentro. El ancho del río es variable, según avanza en dirección al océano Atlántico. En el comienzo es de 25 km y en su desembocadura llega a los 209 km. No es un río normal. Es el más ancho del mundo. Tiene una extensión relativamente corta para ser uno de los ríos más grandes del mundo. Solo 320 km de largo, pero cubre (debido a su ancho) una superficie similar a Bélgica. Para muchos geógrafos, este no es un río, sino un golfo o un  mar marginal del Atlántico. Pero de mar tiene poco ya su salinidad es apenas una quinta parte de la normal en los mares. Y se debe fundamentalmente al reflujo permanente entre el agua dulce que recibe y la introducción de las corrientes marinas en su cauce.

Pero como decía, el principal problema para instalar un puerto en la margen sur (donde fue fundada Buenos Aires) son los sedimentos que arrastra. Cada año, son transportados hasta su cauce unos 160 millones de toneladas de sedimentos, que están compuestos por limo (56%), arcilla (28%) y arena (16%). De toda esa carga, el 90% viaja en suspensión. Y a todo eso hay que agregarle que, en el propio fondo del cauce, se arrastran unos 15 millones de toneladas de arena gruesa. Por todo eso, hay que dragar en forma constante el río para poder darle profundidad al puerto y poder recibir los barcos que ilustran esta nota.



El Puerto siempre fue un problema


Nunca sabremos por qué Pedro de Mendoza en 1536 y Juan de Garay en 1580 (las dos fundaciones de Buenos Aires) decidieron instalar el asentamiento en un lugar a donde para llegar,  debían remar varios kilómetros en sus botes y chalupas, desde los navíos hasta la costa. No lo de dejaron escrito. Así que podríamos suponer que se vieron seducidos por el abrigo que les podía dar la desembocadura del Riachuelo en el Río de la Plata y la barranca de Santa Catalina (hoy Parque Lezama y los Altos de San Telmo). Pero desde su nacimiento, la ciudad no tuvo puerto adecuado para que los barcos pudieran cargar y descargar sus mercancías. Mucho menos pasajeros.
Cincuenta años después de la independencia argentina, la ciudad construyó lo que podría llamarse el primer puerto. En 1860 se colocaron dos largos muelles que se introducían en el río. Uno para pasajeros y otro para carga. El primero se encontraba a la altura de la actual calle Sarmiento y el segundo, detrás de la Casa Rosada. Este, era casi una extensión del edificio semicircular de la Aduana construida por el ingeniero Edward Taylor en 1857.

Esta construcción efectiva pero limitada, fue rápidamente superada por el desarrollo agroexportador de la Argentina del último cuarto del siglo XIX. En 1882, el presidente Julio A Roca le encargó al comerciante Eduardo Madero (sobrino de su vicepresidente) la tarea de construir un nuevo puerto. El proyecto de Madero en realidad era del estudio de ingenieros Hawkshaw, Son & Hayter, una empresa británica. El puerto resultó ser una serie de diques (4 en total) con dos dársenas,  una en cada extremo. Pero el sistema presentó graves problemas desde su comienzo. El limo que arrastra el río provocaba que esos diques se quedaran sin calado rápidamente. Y los barcos de carga no podías ingresar porque encallaban. En pocos años, este puerto fue reemplazado por la propuesta del ingeniero Luis A Huergo (primero en lograr ese título en Argentina y primer presidente de la Sociedad Científica Argentina) que en lugar de diques, estaba formado por una 7 dársenas colocadas en forma perpendicular a la costa, con una escollera que lo recorría longitudinalmente en forma paralela. El proyecto de Huergo, era precisamente el que había perdido el concurso en favor de la propuesta de Madero. Ese es el puerto que hoy permanece activo y que se lo conoce vulgarmente como Puerto Nuevo, a   pesar del siglo de existencia.



El viejo puerto o Puerto Madero (como se lo conoce hoy) quedó activo solo en los muelles. Sus amplios depósitos albergaron despachos de correos, aduana y varias empresas exportadores. Pero los barcos amarraban en el Puerto Nuevo. Hoy, toda esa zona es un barrio de viviendas residenciales, oficinas, restaurantes y negocios de alto nivel. Puerto Madero es uno de las principales zonas  turísticas de la ciudad. Lo único que quedó activo desde su construcción,   fueron las dársenas Sur y Norte. En esta última es precisamente donde amarraron los 15 grandes veleros (pertenecientes en su totalidad a las armadas de sus respectivos países) que se dieron cita en Buenos Aires,  en el mes de mayo de 2010, para celebrar los 200 años de la primera proclama revolucionaria y de independencia de Argentina. La razón por la que la amarra se hizo ahí y no en otro lado, es que la Darse Norte del viejo Puerto Madero es la “casa” del buque insignia de la Armada Argentina, la fragata Libertad. En el Apostadero Naval Dársena Norte está el comando en tierra del buque escuela donde se cursa el último año de la carrera de oficiales, generalmente con un viaje transoceánico que suele ser una vuelta al mundo.  

Fotos ©sarmiento-cms



miércoles, 4 de julio de 2018

PLAZA DE MAYO – NOCTURNO


La plaza de Mayo de Buenos Aires es el diapasón de todas las quejas y reclamos de los argentinos. También lo es de las alegrías y de todas las pasiones. Fue el recinto privilegiado durante la época de la Colonia, donde se cruzaban el Virrey, los mercaderes, los vecinos ilustrados y los nuevos hacendados. Hoy es un lugar amplio por donde circulan cada día millones de personas. Es un lugar frenético que a eso de las 8 de la tarde/noche empieza a entrar en calma, para terminar luego en una soledad profunda custodiada por los servicios de seguridad que controlan los bancos, la Catedral, la Casa Rosas y el edificio de la antigua sede del gobierno de la Ciudad.




Por aquí circulan millones de personas a diario. Porque a los casi tres millones de habitantes que tiene la ciudad de Buenos Aires,  hay que sumarle el triple de gente que se incorpora de lunes a viernes, entre las 6 de la mañana y las 7 de la tarde. Es correcto hablar de millones en esta plaza. Porque el sentido centralizado de la administración nacional y la vida empresaria, hacen que en esta plaza confluyan 3 de las 6 líneas del transporte subterráneo, además de decenas de líneas de colectivos que la atraviesan o concluyen su trayecto.

También es el punto neurálgico de la vida financiera, sede de la casa central del Banco de la Nación Argentina y vértice sur de la “City Porteña”,  donde se cuecen todos los arreglos económicos del país. Todo eso, sin contar que está la Catedral principal y la Casa Rosada o Casa de Gobierno, sede del gobierno nacional. 




Esta es una vista del fin del día, cuando el Cabildo de la ciudad (o lo que queda de él, ahora museo) se ilumina por completo, al igual que la Avenida de Mayo que confluye en el Congreso Nacional. Entre las sombras, trabajadores anónimos regresan a sus casas, recién salidos de alguna de las oficinas que rodean esta plaza. Entre las 7 de la tarde y las 9 de la noche, la plaza vive el proceso inverso de la mañana. Millones de personas la abandonan para regresar al día siguiente.


Galería de imágenes en Flickr

Notas relacionadas: NUESTRO“MURO DE BERLÍN”