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lunes, 4 de noviembre de 2019

EL ÁRBOL DE LA BARRANCA.

No es de las especies más viejas,  pero domina el entorno como ninguno. Es la presencia determinante de la barranca del Parque Lezama. Un parque de ocho hectáreas, valorado por sus especies y uno de los pocos lugares que conserva el diseño original de Carlos Thays,  el gran transformador de los espacios públicos de la ciudad de Buenos Aires. El entramado del ramaje, la espesura de la copa y los colores definidos y diferenciados de su tronco y ramas, lo convierten en protagonista por derecho propio.


En plena pendiente de la barranca, impone su presencia. Una casualidad en el diseño paisajístico de estos días, lo ha dejado solo. El árbol entonces ha crecido a sus anchas. Tiene un porte majestuoso, de ramas grises, negruzcas y algunas machas color plata durante el invierno.  Un ramaje firme y sostenido, pega impulso hacia arriba en cualquier momento del año. En verano se carga con una  generosa copa  de hojas. Su volumen  domina todo el escenario y su gran ramaje, desplegado a pleno a unos tres metros del suelo, es una gran  bóveda que protege del sol a los visitantes.
Está ubicado a mitad de camino entre el Museo Histórico Nacional y la pradera del parque que empieza en el Paseo de los Olmos. Una línea de centenarios árboles que bordea el camino que va desde el Monumento a la Cordialidad Internacional (regalo de Uruguay por el centenario de la Independencia en 1910), sobre la Avenida Martín García, hasta la cima de la barranca que originalmente se llamó Punta de Doña Catalina y que  ahora no tiene nombre. Es solo un mirador en el extremo más alto de  la barranca, que luego cae a pique sobre la esquina de las avenidas Paseo Colón y Martín García.


Los espacios de un parque –de cualquiera del mundo – se valoran según su apariencia arbórea, su diseño, su historia y/o por la relación que se establece entre  los visitantes y habitantes cercanos. Esta barranca tiene una larga historia silenciada y un presente cargado de visitantes que  se citan bajo este árbol. Escenario bucólico el actual, con tertulias diversas durante la semana. Gente que estudia, gente que se ama, gente que se cuenta cosas , gente solitaria que arregla cuentas consigo mismo,  gente que solo observa el paisaje. Bajo la sombra de su copa,  suceden innumerables historias cotidianas. Pero en otro tiempo, este  lugar tuvo otros usos menos destacados.
En 1536, año de la primera fundación de Buenos Aires,  por Pedro de Mendoza, la barranca era solo el camino de paso entre el asentamiento,  ubicado en lo más alto de la meseta, y el Río de  la Plata. Mejor dicho, de los bañados que separaban este promontorio y la costa del río. Desde este lugar, la guardia militar divisaba perfectamente todo el horizonte en dirección sur y este. Pero ese primer asentamiento no prosperó, fue abandonado y 44 años después, Buenos Aires fue fundada de nuevo por Juan de Garay,  pero 2 kilómetros más al norte, donde hoy está la Plaza de Mayo. Todo este lugar, pasó a ser el extrarradio, el arrabal.
Buenos Aires fue un importante puerto negrero. Por aquí ingresaban todos los esclavos que luego eran rematados y enviados a las ciudades y haciendas del norte argentina y al Virreinato del Perú. Las principales fortunas de entonces (últimas dos décadas del 1700) se construyeron vendiendo negros esclavos y el contrabando. Por esta barranca que hoy domina este árbol, pasaron cientos de miles de negros  traídos de África. Aquí tuvo su asentamiento la Real Compañía de Filipinas. Fueron pocos años, pero no por eso menos tenebrosos.

En los primeros años del silo XIX, el Parque Lezama fue utilizado por asentamiento de tropas y almacén de pólvora y artillería. El espacio donde se ubicaron esas instalaciones, es donde hoy está el Museo. Tenían entrada por la actual calle Defensa, que por ese tiempo se la conocía como “Cuesta de Marcó”. La pendiente que hoy vemos despejada, debió ser sitio de entrenamiento.
En la primera década del 1800, comenzó la transformación del parque y de esta pendiente de la barranca. Por esos años, se instalaron en las zonas aledañas,  varias quintas que proveían de verduras y frutas frescas al mercado de la ciudad,  ubicada en los Altos de San Pedro y luego en la Recova de  la Plaza de Mayo. Muchos de esos pequeños agricultores eran ingleses e  irlandeses, inmigrantes que llegaron para criar ovejas y algunos de ellos (a los que no le fue tan bien) se convirtieron en quinteros. El más famoso de todos es un tal Brittain, en cuyo predio se empezaron  a cultivar las primeras  peras de agua en  la ciudad. Las llamó  Peras del Buen Cristina Williams”  y es la variedad que hoy encontramos en  las góndolas de los supermercados como Peras Williams.
La presencia en la zona de los Fair, Cope y Brittain, atrajo a otros británicos. En 1808 compró el predio un inglés llamado Daniel Mac Kinley. Un joven recién casado y recién llegado al Río de la Plata, que quiso emular alrededor de su casa un paisaje verde como su país natal. Los Mac Kinley hicieron una quinta y dejaron un gran espacio para parquizar.  Para los vecinos, estas tierras dejaron de ser “El Bajo de la Residencia” y pasaron a llamarse “La Quinta del Inglés”. Su propietario mantenía enarbolada todo el día la bandera británica en lo más alto de su casa”.  
El norteamericano Charles Ridgely Horne, fue propietario entre 1846 y 1867. Hombre vinculado a Juan Manuel de Rosas y el bando Federal, Horne tuvo importantes cargos relacionados con el comercio exterior, la Aduana y el Puerto de Buenos Aires. Su residencia fue lugar privilegiado de reuniones. Y el parque alrededor fue ganando en presencia y  diseño.
En 1867, Horne le vende su casa a Gregorio Lezama, un terrateniente de origen salteño que había logrado una gran fortuna en tierra y propiedades en la Ciudad de Buenos Aires y alrededores. Lezama es quien le da la verdadera identidad al  parque. La pendiente donde hoy está este árbol cobra sentido, en el diseño que Lezama piensa para el lugar. Coleccionista botánico, el nuevo propietario contrata a los mejores especialistas europeos en paisajismo. Lezama se propuso y logró hacer un enorme jardín botánico con numerosas esculturas de gran valor. Las pendientes de la barranca de la Punta de Doña Catalina dejaron de ser un lugar a medio camino entre la quinta y el jardín y pasaron a ser un recinto de especialidades botánicas de todo el mundo.  El arquitecto,  paisajista y urbanista francés Carlos Tahys,  a partir de 1894 se encargó de darle diseño definitivo: todos los senderos de la pendiente sureste, terminarían en el Paseo de los Olmos que, a su vez, marcaría la separación entre la barranca y la pradera, donde instaló un gran rosedal.  De esa época no queda rosedal  ni rosas y se han perdido infinidad de especies botánicas. Pero esa es otra historia más contemporánea de nuestros día, que la contaré en otra ocasión.

Fotos: sarmiento-cms / el jinete imaginario

lunes, 7 de mayo de 2018

PARQUE LEZAMA: UNA HISTORIA DENTRO DE OTRA HISTORIA (3º Nota)


En la 1º nota y 2ºnota se hizo un recorrido por la historia cronológica y los avatares que desembocaron en la creación del parque como espacio público, en la última década del siglo XIX. En ese proceso se fueron gestando otras historias que han tenido su correlato en diversas expresiones artísticas. Algunas de ellas se materializaron en los 76.500 metros cuadrados que tiene el espacio. Otras dieron lugar a obras literarias y canciones. En esta nota haremos un recorrido por esa parte de la historia del Parque Lezama y su entorno más directo como el Bar Británico. Esta es la tercera y última nota sobre este espacio tan particular de Buenos Aires. 





Desde que Gregorio Lezama decidiera convertir el jardín de su quinta en un lugar donde acumularía obras de arte, el parque estuvo marcado por esa impronta artística. Son muchos los casos de autores que hacen referencia al sitio. El más conocido es la novela Sobre Héroes y Tumbas, de Ernesto Sábato que empieza así:

Un sábado de mayo de 1953, dos años antes de los acontecimientos de Barracas, un muchacho alto y encorvado caminaba por uno de los senderos del parque Lezama. Se sentó en un banco, cerca de la estatua de Ceres, y permaneció sin hacer nada, abandonado a sus pensamientos (…)

No es el único trabajo de Sábato que tiene que ver con el Parque Lezama. Pero es el único en el que lo menciona explícitamente. Una buena parte de su obra la escribió en el parque y en al Bar Británico o el restaurante Lezama, ambos sobre la calle Brasil. “Por la Esperanza” fue uno de sus últimos trabajos. Una carta a los jóvenes que le encargó la revista La Maga en el año 1995, en pleno furor neoliberal de menemismo. En un homenaje que le hicieron vecinos, periodistas y amantes de literatura del barrio de San Telmo, Sábato contó que esa carta a los jóvenes la escribió en la mesa del Bar Británico que está en el vértice de la pared y la ventana que da sobre la calle Brasil. “Mientras miraba el parque Lezama que tantos recuerdo me trae de juventud”.  En ese mismo homenaje, en que se colocó una placa en la esquina del parque de Defensa y Brasil, contó que buena parte del libro mencionado fue escrito en la mesa del restaurante Lezama (sobre la calle Brasil) que está junto a la ventana derecha. “Me gustaba escribir acá por las mañanas porque no había casi gente y tenía el parque enfrente”, les dijo a quienes asistieron al homenaje mientas muchos seguidores aprovechaban para fotografiarse en el lugar junto al escritor que ya tenía más de 80 años.

María Elena Walsh y Horacio Ferrer escribieron también en el Bar Británico. El segundo mucho más que la primera ya que era habitué del lugar. Pero la música y poetisa dejó testimonio del parque en el Vals Municipal. Una estrofa de esta  famosa canción, traducida a varios idiomas y cantada por todo el mundo, dice:
Es un chico que piensa en inglés
y una vieja nostalgia en gallego.
Es el tiempo tirado en cafés
y es memoria en la Plaza Dorrego.
Es un pájaro y un vendedor
que rezongan con fe provinciana.
Y también es morirse de amor
un otoño en el Parque Lezama.

Al igual que Ernesto Sábato, el poeta Baldomero Fernández Moreno era visitante constante del parque. Y escribió en 1941 un poema cuyo título es precisamente Parque Lezama. Fernández Moreno vivía en la Av. de Mayo al 1100, en el edificio contiguo al Hotel Castelar. Varias veces a la semana se trasladaba hasta el parque para escribir. Solía hacerlo en  e l Bar Británico o en el actual Hipopótamos, también un bar notable de la ciudad que está justo en frente. La última estrofa del poema los menciona indirectamente:

Patricio, enhiesto parque de Lezama
cortado y recortado a mi deseo,
verdinegro por donde te mirase
salvo el halo de oro del Museo:
desde un bar arco iris te saludo
ahito de café y melancolía,
dejo en la silla próxima una rosa
y digo tu elegía y mi elegía

La novela Amalia de José Mármol es un clásico de la literatura argentina y más precisamente del romanticismo. Gran parte de la historia se desarrolla en el parque y sus alrededores, solo que en 1851 ese lugar de la ciudad todavía no era el Parque Lezama.  Así Marmol se refiere al actual mirador que está en la punta de la barranca que da a la esquina de Paseo Colón y Martín García como Punta Catalina  y a la calle Defensa, entre Brasil y Martín García, como “Al cabo de seiscientos pasos, la callejuela da salía a la empinada y solitaria barranca de Marcó, cuya pendiente rápida y estrechísimas sendas causan temor de día mismo a los que se dirigen a Barracas, que prefieren la barranca empedrada de Brown o la de Balcarce, antes que bajar por aquel medio precipicio, especialmente si el terreno está húmedo”.




ESCULTURAS, ORNAMENTOS Y BUENA ARQUITECTURA

José Gregorio Lezama modificó completamente el lugar. No quedaron rastros del paisaje que se describía en la  novela Amalia. La barranca de  Balcarce ya no cruzaba el entorno y se mantenía la Punta Catalina como gran espacio para disfrutar el río hasta el horizonte. Construyó una gran casa de estilo italiano sobre La Barranca de Marcó (actual calle Defensa) que dejó de ser ese lugar resbaladizo y empinado como un precipicio que describía José Mármol. Y rodeo la pequeña mansión con un amplio parque cargado de árboles entre los que se destacaban los olmos, las acacias, magnolias, tilos y otras especies exóticas como el ficus de la India.

La construcción se caracterizaba por amplios salones techados de artesonados de maderas y puertas labradas y laqueadas en algunos casos. Una amplia galería con grandes arcos se extendía por todo el frente. Que estaba adornado con hornacinas, copones y pequeñas estatuas. Las paredes habían sido decoradas por   al artista uruguayo León Pallejá.  La casa de los Lezama es desde   sede del Museo Histórico Nacional.

La transformación del parque en espacio público en 1894 vino acompañada de varios cambios. Uno de ellos fue un nuevo diseño paisajístico a cargo de Carlos Thays, el arquitecto y paisajista francés que había sido nombrado Director de Parques y Paseos de Buenos Aires 3 años antes. Thays introduce en el parque las Tipas, variedad de árboles autóctonos del norte argentino. También traza nuevos caminos e impone el grutesco en las escalinatas que dan a la barranca sobre el río, hoy Paseo Colón, y que se conservan parcialmente. También es suyo el diseño del mirador de la antigua Punta Catalina.

Pero los cambios más llamativos fueron el anfiteatro sobre la calle Brasil y el rosedal que se puso en la parte llana de la barranca que da sobre la Av. Martín García, lugar que se conoce hoy como La Pradera. A lo largo de esa avenida se montó una inmensa pérgola con diversas plantas enredaderas. Esta glorieta que se extendía desde la calle Defensa hasta Paseo Colón, también albergó una pista de patinaje.  Hacia el primer quinquenio del siglo pasado, el parque contaba con diferentes atracciones como un tren para los niños, una calesita (aún funciona sobre la calle Defensa), un pequeño lago artificial, el teatro al aire libre, un circo y el restaurante El Ponisio.

Todos los cambios producidos en el parque son consecuencia de la primera idea artística y paisajística de Gregorio Lezama. Bien es cierto que la mayoría de las intervenciones fueron para empeorar y no para conservar, salvo la gestión de Carlos Thays que dotó al espacio de la fortaleza necesaria para mantener el espíritu artístico a un lugar que paulatinamente iba a ser ocupado por gente diversa en uso público.

Un punto destacado de la época familiar de los Lezama es el templete de influencia grecorromana, en cuyo centro hay una estatua de Diana Fugitiva o Siringa. Y en el camino de acceso al pequeño recinto, en los laterales están las figuras evocativas de El Invierno, La Vid, La Primavera y Palas Atenea. En la actualidad (según el Arcón de Buenos Aires) “solo queda una sola de las estatuas originales de la casa Lezama: La Primavera. La mayoría de las estatuas originales y maceteros sufrieron mucho deterioro cuando el Parque se transformó en paseo público. Gradualmente fueron dadas de baja o llevadas a restaurar, luego de lo cual fueron instaladas en otros lugares”.




Del viejo parque de la familia Lezama queda el paseo de las Palmeras con sus hileras laterales de copones de mármol de Carrara, montadas sobre plintos labrados con motivos griegos. Faltan cinco de esas piezas ornamentales, que fueron robadas y no precisamente por indigentes. Quienes las llevaron conocían perfectamente el valor de lo que sustraían. Hoy fueron reemplazadas por piezas idénticas en cemento.

El parque fue un lugar privilegiado para albergar regalos en ocasión del Centenario de la Revolución de Mayo. Actualmente se encuentran el Cruceiro, regalo de la comunidad gallega en la Argentina, la Loba Romana o Loba Capitolina, presente de la ciudad de Roma a Buenos Aires, con las figuras de Rómulo y Remo que originalmente fueron en bronce y ahora son de cemento producto del robo de las originales. Pero el monumento más importante de esos acontecimiento es el regalo de la ciudad de Montevideo en 1936, en ocasión del 4º centenario de la 1º fundación de Buenos Aires. Se llama Monumento a la Cordialidad Internacional  y es obra del escultor Antonio Pena y el arquitecto Julio Villamajó. Está ubicado sobre la Avenida Martín García.

Pero el monumento que sin duda la bienvenida a los turistas es el de Don Pedro de Mendoza, situado en la esquina de las calles Defensa y Brasil. Es obra del escultor Juan Carlos Oliva Navarro y fue inaugurado el 23 de junio de 1937.

Finalmente hay que destacar la fuente y gruta ubicada en la esquina de Brasil y Paseo Colón, inaugurada en 1931. A la fuente se la conoce como Fuente du Val D’Osne. El Valle de Osne fue un lugar de gran prestigio en la fundición de obras de arte para todo el mundo. Lo que vemos hoy en la hornacina son las figuras de Néyade y Neptuno, ambas forman parte de una escultura mayor, cuyas partes están repartidas en distintas espacio de la ciudad.

En el Museo Histórico Nacional se exhiben hoy más de 50.000 piezas relacionadas con la historia de Argentina,  que abarcan el período colonial hasta 1950. Entre los  objetos en exposición se encuentran trajes, relojes y otras pertenencias de Manuel Belgrano, el sable y otros instrumentos militares del general San Martín,  como así también el mobiliario de su dormitorio al momento de morir. La bandera de la batalla de Ayohuma,  oleos de Prilidiano Pueyrrerón, muebles del Virrey Sobremonte,  el uniforme del General Güemes y el catalejo del general inglés Carr Beresford durante las Invasiones Inglesas.

En suma. En materia de creación artística el parque ha estado siempre en el primer plano. Es parte del legado de Lezama. Por alguna razón especial que no se puede definir, también ha sido lugar de preferencia de pintores, escultores y escritores. Muchos han dejado testimonio y otros solo menciones en sus biografías. Cada una de estos objetos encierra una historia particular, dentro de esa gran historia que la antigua finca de los Lezama hoy Parque Lezama.

Fotos: © sarmiento-cms

Galería de imágenes en Flickr.


Pueden amplia la información en Wikipedia  y el Arcón de Buenos Aires                    



martes, 24 de abril de 2018

PARQUE LEZAMA: UNA HISTORIA DENTRO DE OTRA HISTORIA (2º Nota)


En la primera nota se abordó el sentido histórico del espacio, lugar fundacional de la ciudad. Pero es con Gregorio Lezama que el predio alcanza su actual valoración. La colección botánica y artística, junto al diseño paisajístico del lugar, convirtieron a la finca del hacendado salteño en punto de  referencia de la ciudad. En 1899 muere Lezama y cinco años después su finca se convierte en el segundo parque público de Buenos Aires, con una extensión de 76.500 metros cuadrados. Fue mejorado su diseño por Carlos Thays, en la década de 1920. Pero a partir de 1950 se inicia una decadencia en donde perdió gran parte de sus especies vegetales y patrimonio escultórico.  Hoy presenta un aspecto aceptable. 

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En estos días el parque es casi una institución. Todos piensan que existió desde siempre y no conciben la ciudad sin él. Pero los hechos pasados muestran lo contrario. Gregorio Lezama se peleó con todos los intendentes de Buenos Aires. Querían confiscar parte de sus terrenos para abrir una calle que comunicara los Altos de San Pedro (actual Plaza Dorrego) donde se encontraba la Iglesia de San Pedro Telmo, con el puerto de entonces ubicado en La Boca del Riachuelo. Lezama logró imponerse a todos esos intentos en virtud de su fortuna personal, su nivel de influencia y un largo trabajo de debates y acuerdos en el Consejo Deliberante de la ciudad. A su viuda, Ángela Álzaga, no le sería nada fácil conseguir que la Municipalidad se hiciera cargo del predio para mantenerlo como parque público. Se supone (porque nunca lo expresó por escrito) que Lezama quería formar una colección botánica para luego donarla. Pero la tarea no fue sencilla.

Para tener una idea aproximada de lo que era el lugar en ese tiempo, conviene repasar estos recortes:
  • El diario El Nacional del 22 de mayo de 1886 dice respecto del parque: “(…) es la desesperación de cuantos se dedican al cultivo de flores entre nosotros, por ser tarea punto menos que imposible llegar a tener un vergel parecido.”
  •  El historiador González Garaño, en la obra “Museo Histórico Nacional. Su creación y desenvolvimiento 1889-1943”, páginas 25 y subsiguientes, dice:
“Lezama, gran aficionado a la floricultura, formó allí un jardín magnífico. Adquirió en las distintas latitudes de la tierra, ejemplares elegidos de plantas y árboles. Fueron famosas sus camelias, cuya diversas variedades cubrían los canteros, bordeados de arrayanes. Senderos angostos y sombreados cruzaban el parque, adornados de trecho a trecho con estatuas y vasos de mármol, de factura de italiana Fue un incomprensible error el destruir el carácter de ese jardín, modelo de la quinta porteña del promediar del siglo XIX”.
(Los vasos de mármol a que se refiere, son los copones que hoy vemos en el paseo de las palmeras, en el centro del parque).  
  • El presbítero Manuel Juan Sanguinetti, en su obra “Sal Telmo, su pasado histórico”, página 187, dice: “En las primeras décadas del siglo era un paseo familiar obligado, por sus ricas especies vegetales y arbóreas, su estatuaria y decoración, llegando a contar con un restaurante (El Ponisio) sobre la barranca sur (…) y un pequeño tren que recorría el parque a fines del siglo XIX y principios del XX”.
El 23 de julio de 1889 muere José Gregorio de Lezama y Quiñones, más conocido como Gregorio Lezama y menos conocido (salvo el círculo íntimo) como Goyo Lezama. Había nacido en Salta en 1802, en el seno de una familia de hacendados y empresarios que supieron formar parte del reducido grupo de hidalgos coloniales. En Buenos Aires incrementó notablemente su fortuna, invirtiendo en campos de la provincia de Buenos Aires (gran parte del actual Partido de Lezama era de su propiedad) y estableció un fuerte entramado de relaciones con el poder político. Al año siguiente, su viuda, Ángela Álzaga, inicia las negociaciones para la venta a precio cuasi simbólica del predio al gobierno de la ciudad que finalizarían tres años después. En concreto vendió por 1.500.000.- pesos moneda nacional las ciento dos mil varas cuadradas (76.500 metros cuadrados aproximadamente) con sus plantaciones, jardines, esculturas y monumentos que se encontraban en la quinta. La vendedora se permitió una exigencia dada el bajo precio: que fuera destinado a paseo público, que dicho paseo llevara el nombre de Lezama y que se le permitiera el usufructo de la casona por dos años.


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La casa-quinta y parque de los Lezama fue el segundo parque público de la ciudad. Así se estableció en la resolución del Consejo Deliberante del 27 de mayo de 1894. Habían pasado casi 5 años de la muerte de Gregorio Lezama. En 1874 se formalizó el primer  parque de Buenos Aires. Es el Parque Tres de Febrero (por la fecha de la batalla de Caseros en 1852) que todos conocen como los bosques de Palermo. Las propiedades del vencido Juan Manuel de Rosas fueron transformadas por Sarmiento en parque público. Y el modelo botánico y paisajístico que se implementó, fue el utilizado por Lezama en su propiedad, de la que Sarmiento era admirador. Y el tercer parque es la Plaza Colón, detrás de la Casa Rosada (donde funcionaba la Aduana Taylor) que hoy ha sido expropiado por la Presidencia de la Nación.

En los fundamentos expuestos en las actas de la Comisión de Obras Pública del Consejo Deliberante (presidido por el arquitecto Juan Buschiazzo, de gran importancia y gravitación en la Buenos Aires moderna) dice cosas tales como:

“(…) es de verdadera utilidad pública favorecer a la parte sur del municipio con un parque espacioso que compense los inconvenientes de los barrios malsanos de la Boca y del puerto, ofreciendo un acceso fácil y cómodo a la población de ese distrito, que por su distancia al Parque 3 de Febrero (actuales Bosques de Palermo) no puede participar de los beneficios que reciben los habitantes de la zona norte (…)”

También se destacaba la importancia ecológica del lugar, al funcionar como un área verde en “lo que es hoy uno de los pulmones del barrio más poblado y descuidado de la ciudad”. En la actualidad eso sigue siendo igual. San Telmo y La Boca son los barrios de mayor densidad de la ciudad, los más chicos por extensión y los más abandonados.

Lo que tampoco ha cambiado es la percepción de la población sobre la actual Avenida Caseros, en esa época Patagones, a la que se mencionaba como la “Alvear del Sur”, para homologarla en diseño y exclusividad habitacional. A fines del siglo XIX la decisión sobre el parque tuvo un enorme impacto. Se revalorizó la zona y dio comienzo a un período de gran expansión. Particularmente en el tramo de la avenido que va desde el parque (calle Defensa) hasta la Avenida Montes de Oca, y su intersección con la estación ferroviaria de Constitución,  principal centro de conexión con el sur del país y particularmente la provincia de Buenos Aires. En 1897 se instaló en la antigua casona familiar el Museo Histórico Nacional, creado en mayo de 1889, un mes antes de la muerte de Lezama.

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En 1863, la zona tuvo una instancia de despegue que no prosperó. Ese año se inauguró el ferrocarril del Sud que recorría el bajo, por la actual avenida Paseo Colón, desde la Estación Venezuela, hasta Casa Amarilla en La Boca. Suponía un importante adelanto tecnológico y de transporte que bordeaba la parte sur de la finca. Pero en 1870 y 1871 se produjeron las dos últimas epidemias de fiebre amarilla en Buenos Aires, que afectaron particularmente a la zona de San Telmo y La Boca. Las familias patricias, que estaban instaladas desde los tiempos de la colonia, emigraron hacia el norte. Las casas fueron abandonadas en su mayoría y la casa de los Lezama se convirtió en lazareto.

En 1914 se construyó el anfiteatro sobre la calle Brasil, entre Balcarce y Paseo Colón, con capacidad para unas 7.000 personas. Y en 1923, el intendente Carlos Noel, presentó el programa de “Embellecimiento del Barrio Sur. El barrio tradicional”, en donde se proponían crear un Museo al aire libre de Arquitectura y Escultura comparadas, Se proponía instalar en la zona cercana al parque la Facultad de Filosofía y Letras y el Conservatorio Nacional de Música. Las obras no se llevaron a cabo porque quedaron empantanadas en la crisis económica mundial de 1929.

En 1931, el intendente José Guerrico removió la reja perimetral con el muro que circundaba todo el solar. Fue el comienzo de la destrucción paulatina del parque original de Lezama y de la arquitectura paisajística elaborada por Carlos Thays en la década del ’20. Fue la decisión más graves y más triste de la historia del parque. Prueba de ello es el inventario de 1986 realizado por la Dirección de Paseos del municipio. Ahí se consigna que el predio tiene 674 ejemplares de 63 especies. Esa cantidad de variedades equivalían a la cuarta parte de las que tuvo el parque en su mayor esplendor. Época que abarca la propiedad de Lezama, la gestión de Carlos Thays hasta fines de la década de 1940.

El parque hoy ofrece una vista mejorada y de mantenimiento aceptable, luego de años de abandono entre los años 1992 y 2014. Es el fruto de 12 años de litigios judiciales de los vecinos (mediante acción de amparo presentado en 2001) contra el gobierno municipal, que incluyó además un embargo al sueldo del Jefe de Gobierno entre los años 2006 y 2014.

En la próxima y última nota, se hará un repaso por el patrimonio artístico existente y perdido. También se hará un recorrido por la gran cantidad de obras literarias y artísticas en general que se originaron en este parque.

Las fotos son de  ©sarmiento-cms

Galería de imágenes en Flickr 

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Se puede consultar
·        Parque Lezama en Wikipedia

jueves, 19 de abril de 2018

PARQUE LEZAMA: UNA HISTORIA DENTRO DE OTRA HISTORIA (1º Nota)


El Parque Lezama de Buenos Aires es un punto clave de la ciudad. Es el punto de unión entre los barrios de La Boca, Barracas y San Telmo. Es el lugar de la primera fundación de la ciudad. Fue el segundo parque público. Ahí se armó la mayor colección botánica que hubo en este país y Sudamérica. Fue recinto privilegiado de personajes literarios como Amalia, Martín del Castillo o Alejandra Vidal. Fue factor de inspiración para poetas como Baldomero Fernández Moreno, María Elena Walsh u Horacio Ferrer o novelista como Ernesto Sábato. El parque es una suma de muchas cosas, con historias que encierran otras historias.  





El parque no es un lugar cualquiera. Es un emblema de la ciudad y el lugar de su primera fundación. Hay montones de historias alrededor de este lugar que – sin ser especialmente diferente al resto – tiene un espíritu interior particular. Por alguna causa fue y es lugar elegido de escritores y artistas de todo tipo, pero especialmente los primeros. Tanto si escriben sobre él, como si lo hacen dentro de él o en alguno de los dos bares característicos ubicados en un extremo del predio. El Bar Británico y El Hipopótamo en la esquina de Brasil y Defensa. Los otros bares – que  son muchos – no son iguales. Parece que no son ni fueron propicios para la literatura.
En el Parque Lezama escribió José Mármol la novela Amalia, una obra capital del romanticismo en la historia literaria argentina. Situó a sus personajes en el lugar y describió los jardines y barranca que lo caracterizaban en aquellos años. Luego siguieron otros en el siglo XX, y algunos más próximos a nuestra memoria. Tales son el caso de Baldomero Fernández Moreno, María Elena Walsh, Ernesto Sábato y Horacio Ferrer. Pero también hay otros menos conocidos del gran público. Y también músicos, pintores, escultores.


Pero el parque también tiene otra historia, que a su vez  tiene otra historia. Es que la vida y existencia del parque es tan antigua como la ciudad. Lo que llamamos Parque Lezama, nació a mediados del siglo XIX, aproximadamente en 1857,  cuando el hacendado salteño Gregorio Lezama compró esas tierras y decidió instalarse definitivamente en Buenos Aires. Lezama era un aficionado a la botánica y un experto coleccionista de especies diversas, no necesariamente exóticas. En pocos años construyó una vivienda de estilo ecléctico renacentista e italianizante y un inmenso parque que ocupó en un primer tramo, la parte alta de la barranca y luego toda las laderas que daban hasta el río. Lo que hoy se conoce como La Pradera. Para 1890 no había ninguna colección botánica en Sudamérica que la superara. Era el orgullo de la ciudad y el principal espacio verde. Fue el primer lugar diseñado racionalmente como parque y la primera gran colección botánica. Y fue lo más parecido a un museo o galería de arte por la cantidad de piezas que tenía en su interior.
Los límites del parque fueron variando según el crecimiento de la ciudad y la expansión sobre el Río de la Plata. Los que hoy conocemos, corresponden a la época de Lezama. El actual parque es heredero del aquel espacio. Dentro de la ciudad de Buenos Aires está en el punto clave que une los barrios de La Boca, Barracas y San Telmo. Las tres esquinas que forman las avenidas Paseo Colón, Almirante Brown y Martín García. El límite sur es la Avenida Martín  García y el norte la Avenida Brasil (aunque en este tramo es calle). Por el lado este lo rodea la Avenida Paseo Colón y por el oeste la calle Defensa. Tiene aproximadamente ocho hectáreas y en la casa tradicional de la familia Lezama, ahora funciona el Museo Histórico Nacional.

 La ciudad y el parque

El parque y la ciudad no nacieron juntos, pero la ciudad se fundó en el lugar que hoy ocupa el parque. En la explanada que da a la esquina de Brasil y Defensa,  hay un gran monumento a Pedro de Mendoza, fundador de la primera Buenos Aires, el 2 de febrero de 1536. Sobre su corta existencia (apenas siete años) se ha escrito el mejor relato de la historia de la conquista y colonización de América: Viaje al Río de la Plata, de Ulrich Schmidel. Soldado de fortuna, formó parte de la expedición, la fundación de la ciudad, fue testigo de su destrucción y abandonó el lugar en dirección al norte, con Domingo Martínez de Irala para ser uno más de los que fundaron la ciudad de Asunción del Paraguay. Schmidel sobrevivió a todo eso y  lo contó. Es el mayor registro literario y  descriptivo de la aventura y la única ciudad que tiene un relato propio y específico de su fundación.
Tras la segunda fundación de la ciudad por Juan de Garay, el 24 de abril de 1580, el lugar perdió centralidad. La nueva Buenos Aires se instaló tres kilómetros al norte, también sobre la barranca que forma el macizo geográfico que da sobre el Río de la Plata. Pero la Punta de Doña Catalina, como se conoce a ese extremo de la barranca donde hoy está el parque, quedó como un extrarradio, como un lugar intermedio entre la Plaza Mayor y el Riachuelo de los Navíos, como se llamaba a la desembocadura del río Matanza, en forma de delta, sobre el Río de la Plata. Lugar usado de fondeadero y puerto de emergencia. El terreno del parque, entonces,  pasó a ser lugar de tránsito, de  descanso de caravanas y reacomodamientos de tropillas y trasiego de mercaderías en dirección al mercado de la Plaza Mayor.
También tuvo otros nombres populares, según fueron cambiando los usos. A  esta punta de la barranca se la llamó Bajo de la Residencia y Barranca de Marcó en los tiempos en que funcionó el primer horno de ladrillas, el primer molino de viento, fuera también el gran depósito de mercadería de la ciudad y se instalara la barraca de la Real Compañía de Filipinas, dedicada al comercio de esclavos.



La auténtica historia de este lugar empieza a partir del 1802, año en el que el funcionario Manuel Gallego y Valcárcel compra el predio que hoy ocupa el parque, en su sección sobre la Avenida Martín García y empieza la construcción del edificio familiar. Pero la identidad más próxima a lo que conocemos se la dio El Gringo,  un inmigrante irlandés que se instaló en 1808 con su familia. Daniel Mackinlay le compró a Gallego y Valcárcel la propiedad por 19.000 pesos. Luego la amplió y le dio un entorno verde con diferentes especies. Siguiendo las tradiciones de su tierra, no puede haber casa sin parque.  En esos años se conoció el lugar como La Quinta del Inglés, a pesar de que Machinlay no lo era. Y ese nombre referencial se siguió usando muchos años después de su muerte en 1826.
Entre El Gringo y Gregorio Lezama hay un intermedio que ocupa un auténtico inglés, Mister Carlos Ridgely Horne, experimentado comerciante de Baltimore. Horne compró la propiedad en 1846 a los herederos de Machinlay, que ya era un lugar de envergadura y consideración en la ciudad. Sus actividades requerían de un lugar destacado. Había sido nombrado por Juan Manuel de Rosas como “único corresponsal marítimo” del puerto de Buenos Aires. Algo así como tener el control absoluto del puerto. Su solvencia, le permitió anexar las tierras hasta la calle Brasil y remodeló la construcción. Ahora ya no es una casa con jardín o una gran quinta, sino un pequeño palacete con extensión suficiente de parque. Pero los desarrollos hechos al lado del poder, duran lo que dura el poder. Rosas fue derrotado y se marchó al exilio luego de la Batalla de Caseros,  en 1852. Horne vivió algunos años más por estas tierras, pero en 1957 vendió la propiedad a José Gregorio Lezama. El primer paso dado por Goyo Lezama fue ampliar y remodelar definitivamente la casa, tal como la conocemos hoy. Pero el aspecto clave en la historia del lugar, fue la contratación del paisajista belga Verecke para parquizarla y armar la primera colección botánica.
Así, casi como una medida administrativa, como resultado de una transacción comercial aparentemente sin importancia, nace lo que hoy conocemos como el Parque Lezama. En la próxima nota entraremos en su historia fundacional como lugar público de esparcimiento y qué significó en esa época.

Las fotos son de  ©sarmiento-cms

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