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lunes, 7 de mayo de 2018

PARQUE LEZAMA: UNA HISTORIA DENTRO DE OTRA HISTORIA (3º Nota)


En la 1º nota y 2ºnota se hizo un recorrido por la historia cronológica y los avatares que desembocaron en la creación del parque como espacio público, en la última década del siglo XIX. En ese proceso se fueron gestando otras historias que han tenido su correlato en diversas expresiones artísticas. Algunas de ellas se materializaron en los 76.500 metros cuadrados que tiene el espacio. Otras dieron lugar a obras literarias y canciones. En esta nota haremos un recorrido por esa parte de la historia del Parque Lezama y su entorno más directo como el Bar Británico. Esta es la tercera y última nota sobre este espacio tan particular de Buenos Aires. 





Desde que Gregorio Lezama decidiera convertir el jardín de su quinta en un lugar donde acumularía obras de arte, el parque estuvo marcado por esa impronta artística. Son muchos los casos de autores que hacen referencia al sitio. El más conocido es la novela Sobre Héroes y Tumbas, de Ernesto Sábato que empieza así:

Un sábado de mayo de 1953, dos años antes de los acontecimientos de Barracas, un muchacho alto y encorvado caminaba por uno de los senderos del parque Lezama. Se sentó en un banco, cerca de la estatua de Ceres, y permaneció sin hacer nada, abandonado a sus pensamientos (…)

No es el único trabajo de Sábato que tiene que ver con el Parque Lezama. Pero es el único en el que lo menciona explícitamente. Una buena parte de su obra la escribió en el parque y en al Bar Británico o el restaurante Lezama, ambos sobre la calle Brasil. “Por la Esperanza” fue uno de sus últimos trabajos. Una carta a los jóvenes que le encargó la revista La Maga en el año 1995, en pleno furor neoliberal de menemismo. En un homenaje que le hicieron vecinos, periodistas y amantes de literatura del barrio de San Telmo, Sábato contó que esa carta a los jóvenes la escribió en la mesa del Bar Británico que está en el vértice de la pared y la ventana que da sobre la calle Brasil. “Mientras miraba el parque Lezama que tantos recuerdo me trae de juventud”.  En ese mismo homenaje, en que se colocó una placa en la esquina del parque de Defensa y Brasil, contó que buena parte del libro mencionado fue escrito en la mesa del restaurante Lezama (sobre la calle Brasil) que está junto a la ventana derecha. “Me gustaba escribir acá por las mañanas porque no había casi gente y tenía el parque enfrente”, les dijo a quienes asistieron al homenaje mientas muchos seguidores aprovechaban para fotografiarse en el lugar junto al escritor que ya tenía más de 80 años.

María Elena Walsh y Horacio Ferrer escribieron también en el Bar Británico. El segundo mucho más que la primera ya que era habitué del lugar. Pero la música y poetisa dejó testimonio del parque en el Vals Municipal. Una estrofa de esta  famosa canción, traducida a varios idiomas y cantada por todo el mundo, dice:
Es un chico que piensa en inglés
y una vieja nostalgia en gallego.
Es el tiempo tirado en cafés
y es memoria en la Plaza Dorrego.
Es un pájaro y un vendedor
que rezongan con fe provinciana.
Y también es morirse de amor
un otoño en el Parque Lezama.

Al igual que Ernesto Sábato, el poeta Baldomero Fernández Moreno era visitante constante del parque. Y escribió en 1941 un poema cuyo título es precisamente Parque Lezama. Fernández Moreno vivía en la Av. de Mayo al 1100, en el edificio contiguo al Hotel Castelar. Varias veces a la semana se trasladaba hasta el parque para escribir. Solía hacerlo en  e l Bar Británico o en el actual Hipopótamos, también un bar notable de la ciudad que está justo en frente. La última estrofa del poema los menciona indirectamente:

Patricio, enhiesto parque de Lezama
cortado y recortado a mi deseo,
verdinegro por donde te mirase
salvo el halo de oro del Museo:
desde un bar arco iris te saludo
ahito de café y melancolía,
dejo en la silla próxima una rosa
y digo tu elegía y mi elegía

La novela Amalia de José Mármol es un clásico de la literatura argentina y más precisamente del romanticismo. Gran parte de la historia se desarrolla en el parque y sus alrededores, solo que en 1851 ese lugar de la ciudad todavía no era el Parque Lezama.  Así Marmol se refiere al actual mirador que está en la punta de la barranca que da a la esquina de Paseo Colón y Martín García como Punta Catalina  y a la calle Defensa, entre Brasil y Martín García, como “Al cabo de seiscientos pasos, la callejuela da salía a la empinada y solitaria barranca de Marcó, cuya pendiente rápida y estrechísimas sendas causan temor de día mismo a los que se dirigen a Barracas, que prefieren la barranca empedrada de Brown o la de Balcarce, antes que bajar por aquel medio precipicio, especialmente si el terreno está húmedo”.




ESCULTURAS, ORNAMENTOS Y BUENA ARQUITECTURA

José Gregorio Lezama modificó completamente el lugar. No quedaron rastros del paisaje que se describía en la  novela Amalia. La barranca de  Balcarce ya no cruzaba el entorno y se mantenía la Punta Catalina como gran espacio para disfrutar el río hasta el horizonte. Construyó una gran casa de estilo italiano sobre La Barranca de Marcó (actual calle Defensa) que dejó de ser ese lugar resbaladizo y empinado como un precipicio que describía José Mármol. Y rodeo la pequeña mansión con un amplio parque cargado de árboles entre los que se destacaban los olmos, las acacias, magnolias, tilos y otras especies exóticas como el ficus de la India.

La construcción se caracterizaba por amplios salones techados de artesonados de maderas y puertas labradas y laqueadas en algunos casos. Una amplia galería con grandes arcos se extendía por todo el frente. Que estaba adornado con hornacinas, copones y pequeñas estatuas. Las paredes habían sido decoradas por   al artista uruguayo León Pallejá.  La casa de los Lezama es desde   sede del Museo Histórico Nacional.

La transformación del parque en espacio público en 1894 vino acompañada de varios cambios. Uno de ellos fue un nuevo diseño paisajístico a cargo de Carlos Thays, el arquitecto y paisajista francés que había sido nombrado Director de Parques y Paseos de Buenos Aires 3 años antes. Thays introduce en el parque las Tipas, variedad de árboles autóctonos del norte argentino. También traza nuevos caminos e impone el grutesco en las escalinatas que dan a la barranca sobre el río, hoy Paseo Colón, y que se conservan parcialmente. También es suyo el diseño del mirador de la antigua Punta Catalina.

Pero los cambios más llamativos fueron el anfiteatro sobre la calle Brasil y el rosedal que se puso en la parte llana de la barranca que da sobre la Av. Martín García, lugar que se conoce hoy como La Pradera. A lo largo de esa avenida se montó una inmensa pérgola con diversas plantas enredaderas. Esta glorieta que se extendía desde la calle Defensa hasta Paseo Colón, también albergó una pista de patinaje.  Hacia el primer quinquenio del siglo pasado, el parque contaba con diferentes atracciones como un tren para los niños, una calesita (aún funciona sobre la calle Defensa), un pequeño lago artificial, el teatro al aire libre, un circo y el restaurante El Ponisio.

Todos los cambios producidos en el parque son consecuencia de la primera idea artística y paisajística de Gregorio Lezama. Bien es cierto que la mayoría de las intervenciones fueron para empeorar y no para conservar, salvo la gestión de Carlos Thays que dotó al espacio de la fortaleza necesaria para mantener el espíritu artístico a un lugar que paulatinamente iba a ser ocupado por gente diversa en uso público.

Un punto destacado de la época familiar de los Lezama es el templete de influencia grecorromana, en cuyo centro hay una estatua de Diana Fugitiva o Siringa. Y en el camino de acceso al pequeño recinto, en los laterales están las figuras evocativas de El Invierno, La Vid, La Primavera y Palas Atenea. En la actualidad (según el Arcón de Buenos Aires) “solo queda una sola de las estatuas originales de la casa Lezama: La Primavera. La mayoría de las estatuas originales y maceteros sufrieron mucho deterioro cuando el Parque se transformó en paseo público. Gradualmente fueron dadas de baja o llevadas a restaurar, luego de lo cual fueron instaladas en otros lugares”.




Del viejo parque de la familia Lezama queda el paseo de las Palmeras con sus hileras laterales de copones de mármol de Carrara, montadas sobre plintos labrados con motivos griegos. Faltan cinco de esas piezas ornamentales, que fueron robadas y no precisamente por indigentes. Quienes las llevaron conocían perfectamente el valor de lo que sustraían. Hoy fueron reemplazadas por piezas idénticas en cemento.

El parque fue un lugar privilegiado para albergar regalos en ocasión del Centenario de la Revolución de Mayo. Actualmente se encuentran el Cruceiro, regalo de la comunidad gallega en la Argentina, la Loba Romana o Loba Capitolina, presente de la ciudad de Roma a Buenos Aires, con las figuras de Rómulo y Remo que originalmente fueron en bronce y ahora son de cemento producto del robo de las originales. Pero el monumento más importante de esos acontecimiento es el regalo de la ciudad de Montevideo en 1936, en ocasión del 4º centenario de la 1º fundación de Buenos Aires. Se llama Monumento a la Cordialidad Internacional  y es obra del escultor Antonio Pena y el arquitecto Julio Villamajó. Está ubicado sobre la Avenida Martín García.

Pero el monumento que sin duda la bienvenida a los turistas es el de Don Pedro de Mendoza, situado en la esquina de las calles Defensa y Brasil. Es obra del escultor Juan Carlos Oliva Navarro y fue inaugurado el 23 de junio de 1937.

Finalmente hay que destacar la fuente y gruta ubicada en la esquina de Brasil y Paseo Colón, inaugurada en 1931. A la fuente se la conoce como Fuente du Val D’Osne. El Valle de Osne fue un lugar de gran prestigio en la fundición de obras de arte para todo el mundo. Lo que vemos hoy en la hornacina son las figuras de Néyade y Neptuno, ambas forman parte de una escultura mayor, cuyas partes están repartidas en distintas espacio de la ciudad.

En el Museo Histórico Nacional se exhiben hoy más de 50.000 piezas relacionadas con la historia de Argentina,  que abarcan el período colonial hasta 1950. Entre los  objetos en exposición se encuentran trajes, relojes y otras pertenencias de Manuel Belgrano, el sable y otros instrumentos militares del general San Martín,  como así también el mobiliario de su dormitorio al momento de morir. La bandera de la batalla de Ayohuma,  oleos de Prilidiano Pueyrrerón, muebles del Virrey Sobremonte,  el uniforme del General Güemes y el catalejo del general inglés Carr Beresford durante las Invasiones Inglesas.

En suma. En materia de creación artística el parque ha estado siempre en el primer plano. Es parte del legado de Lezama. Por alguna razón especial que no se puede definir, también ha sido lugar de preferencia de pintores, escultores y escritores. Muchos han dejado testimonio y otros solo menciones en sus biografías. Cada una de estos objetos encierra una historia particular, dentro de esa gran historia que la antigua finca de los Lezama hoy Parque Lezama.

Fotos: © sarmiento-cms

Galería de imágenes en Flickr.


Pueden amplia la información en Wikipedia  y el Arcón de Buenos Aires                    



lunes, 31 de julio de 2017

JARDÍN BOTÁNICO DE BUENOS AIRES

Lleva el nombre de Carlos Thays, el arquitecto y paisajista francés que lo concibió y puso en marcha el 7 de setiembre de 1898.  Situado entre Av. Santa Fe, República Árabe Siria, Av. Las Heras y la Plaza Italia, tiene una extensión de 79.772 metros cuadrados y posee más de 1.500 especies vegetales,  repartidas en seis sectores que representan la flora de los cinco continentes y  la autóctona argentina. En su interior cuenta con diversas esculturas, siendo las más destacadas “La Primavera” u “Ondina de Plata” de Lucio Correa Morales y “Saturnalia,  de Ernesto Biondi. Se lo puede visitar de  martes a viernes de 8.00 a 17.45 hs y los sábados, domingos y feriados de 9.30 a 17.45 hs.



Carlos Thays llegó a Argentina en 1889 y, aunque no era su propósito, en los 20 años posteriores le cambió la estética medio ambiental a la ciudad de Buenos Aires. Thays no solo era arquitecto y paisajista, sino también botánico y naturalista. Arribó por un encargo del empresario cordobés Miguel Crisol para diseñar un parque en la ciudad de Córdoba. Es el que hoy conocemos como parque Sarmiento. Pero al año siguiente las autoridades porteñas lo tentaron ofreciéndole el cargo de Director de Paseos de la Ciudad de Buenos Aires. Asumió en 1991 y se desempeñó en ese puesto hasta 1920. En ese tiempo creó 69 nuevos parques y plazas, colocó arbolado en las principales calles y avenidas, plantó 150.000 especies y fue el gran introductor de la flora autóctona en la ciudad, llenándola de tipas, jacarandá, palo borracho y lapachos entre otras variedades. Así, Buenos Aires empezó a lucir colores amarillos, rojos, fucsias, azulados y violáceos en diversas épocas del año, producto de la floración de las especies. El laboratorio donde se cocinaron todas esas transformaciones fue el Jardín Botánico, inexistente a la llegada de Thays al país y que finalmente fundara y dirigiera durante 30 años.   

Carlos Thays, al igual que otros naturalistas franceses que le arribaron al Río de la Plata, viajó por las provincias argentinas, especialmente la zona mesopotámica, para estudiar la flora y el paisaje. Fruto de esas investigaciones, propone la creación de un espacio específico para el estudio sistemático de variedades, la creación de un banco de datos, una biblioteca y áreas de exposición de especies con carácter didáctico. El 22 de febrero de 1982, hizo la presentación formal de su proyecto al intendente Francisco Bollini, en el que describe los fundamentos para la creación de “un jardín botánico de aclimatación para objetivos científicos, recreativos y paisajísticos”. El 2 de septiembre de ese año se aprueba su proyecto y comienzan los trabajos.



Cómo se organizó

Se le asignó una zona periférica de la ciudad, conocida como “el almacén de la pólvora”, por su función durante el último período colonial, o “El polvorín de Cueli”, por el nombre de la familia que vivía allí. El sitio eran unas siete hectáreas en la punta de una barranca desde donde se podían observar los bañados de Palermo hasta la costa del Río de la Plata. En el sitio solo había una casona, de ladrillo visto, estilo inglés, construida en 1881 por el ingeniero militar Jordán Wysocki, y que había sido sede del Museo Histórico Nacional (luego trasladado al Parque Lezama) y del Departamento Nacional de Agricultura. Los trabajos de acondicionamiento llevaron siete años y al jardín finalmente se inauguró el 7 de septiembre de 1998.

El principal criterio que se utilizó fue el de combinar el centro de investigación, con la función educativa y el paisaje recreativo. Por eso, en su organización interna se establecieron tres tipos de jardines. El Jardín Romano, donde se recrea las formas del tiempo imperial. El Jardín Francés, con diseño simétrico de acuerdo a las pautas de los siglos XVII y XVIII y el jardín pintoresco de forma ecléctica.

El conjunto del Jardín Botánico está dividido en seis  grandes parcelas que concentran variedades y especies de diversas partes del mundo. Cinco corresponden a cada uno de los continentes y la restante está destinada a la flora autóctona argentina.



El “Método” Thays

Carlos Thays utilizó el jardín como centro de experimentación en diversos aspectos, pero el que mayor trascendencia industrial tuvo, fue el sistema de germinación de la yerba mate, lo que posibilitó el cultivo y la producción industrial a gran escala. El único sistema conocido era el implementado por los jesuitas que, al momento de partir de partir de las colonias, se llevaron toda la documentación al respecto. Solo había versiones y comentarios de tradición oral, sobre todo relacionados con los descubrimientos del naturalista francés Aimé Bonpland. Thays recibió las primeras semillas en 1895 y así cuenta como resolvió el problema de la germinación “(…)  después de haber realizado una cierta cantidad de experiencias, utilicé con éxito en el Jardín Botánico el modo bien simple de preparar los granos mediante una inmersión especial cuya receta ha sido publicada. Obtuve así un gran número de ejemplares que se pueden denominar domésticos que producen granos que germinan, aunque un poco lentamente, sin ninguna preparación”.

El “sistema” fue adoptado por la Dirección de Agricultura y Ganadería de la Nación Argentina y se difundió entre los productores yerbateros del noreste argentino. El cultivo dejó así de ser un trabajo de tipo artesanal y tradicional, para expandirse a gran escala. Y con esa expansión, llegó también la industrialización y el consumo a gran escala. 

Plano elaborado por el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires 


Las esculturas

En su interior hay 27 obras escultóricas, siendo las más destacadas “La Primavera” u “Ondina del Plata” de Lucio Correa Morales, que está emplazada en la fuente del acceso norte (que da a la Plaza Italia) del jardín, y “Saturnalia”,el magnífico conjunto escultórico de Ernesto Biondi. También se destacan las representaciones de e movimientos de la VIª Sinfonía de Beethoven del italiano Leone Tomassi, “Los rimeros fríos” del artista catalán Miguel Blay y Fábregas,  “Sagunto” de Agustín Querol y Subirats. “Flor Indígena”  del artista argentino Gonzalo Pondal Leguizamón. “Flora argentina” del escultor  Emilio Andina, “La Soberanía” del escultor puntano Domingo Páez Torres y diversas réplicas de calidad como “El mensaje de Mercurio”, “Venus” y “La Loba Capitolina”.

Una mención particular para la “Columna Meteorológica”, obsequiada por la comunidad austro-húngara al gobierno nacional con motivo del Centenario de la Revolución de Mayo, en 1910, como agradecimiento al país por recibir a centenares de inmigrantes. El monumento estaba formado por una columna de mármol blanco pulido, rodeado de tres escalones y asentado sobre una plataforma circular de granito de ocho metros de diámetro. En la parte media inferior, una serie de nichos contenía instrumentos meteorológicos de última generación (termómetros de máxima y mínima, barómetros y anemómetros, entre otros), mientras en la parte superior se habían colocado ocho relojes de precisión con la hora de las principales capitales del mundo: Buenos Aires, Londres, Viena, París, Madrid, Roma, Nueva York y Berlín.

Sobre uno de los costados de la columna debía haber un reloj de sol, en tanto toda la obra estaba coronada por una esfera de bronce de un metro representando a la bóveda celeste con un círculo zodiacal. En el interior, otra esfera representa a la Tierra con sus cinco continentes. Todos los materiales de la obra fueron entregados por los austro-húngaros excepto algunas partes del reloj proporcionadas por la casa Hans Wildi de la ciudad de Nabresina (Trieste). El monumento sería ejecutado en Austria., dada la complejidad de los elementos que lo componían. Pero no pudo terminarse a tiempo y se le hicieron algunos cambios: en los relojes, se reemplazó al de Berlín por el de Buenos Aires y se evitó así la construcción del reloj de sol que daría la hora local.

La Columna sufrió varias mutilaciones al año de su inauguración, ya que se retiraron los aparatos, que fueron destinados al Laboratorio del Gas de la Municipalidad. En 1977, el Servicio Meteorológico Nacional intentó, en vano, recuperar el valioso instrumental pero los originales no pudieron ser localizados y la Fuerza Aérea Argentina consideró que, dado que la Columna estaba ubicada en un paseo público, no era conveniente instalar instrumentos de alta precisión que pudieran ser robados o dañados. En 2009, la comunidad austro húngara realizó una restauración completa del monumento.



Invernaderos, escuela y biblioteca

Un espacio atractivo para el público, son los cinco invernaderos donde se llevan a cabo diferentes investigaciones. El de mayor interés ornamental es el central y de mayor dimensión ubicado junto a la casona principal. De estilo art nouveau, fue premiado en la Exposición de París de 1900. Tiene 35 metros de largo, por 8 de ancho, y en su interior alberga una colección de bromelias y de helechos.

En un extremo del jardín, contiguo a la Av Las Heras, funciona la Escuela Municipal de Jardinería “Cristobal María Kicken”. Y en la casona principal, además de las oficinas administrativas, tiene su sede la Biblioteca que cuenta con más de 1.000 libros especializados y alrededor de 10.000 publicaciones, procedentes de diversos centros de investigación, relativos a la botánica y el paisaje.

Desde 1937, el Jardín Botánico lleva el nombre de “Carlos Thays”. Y en 1996, a partir del mes de abril, fue declarado Monumento Histórico Nacional mediante el decreto n° 366 del gobierno nacional. A partir del 30 de noviembre de 2009 pasó a denominarse "Dirección Operativa Jardín Botánico Carlos Thays".

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Información general


Abierto al público.

Horario de Verano (22 de septiembre a 21 de abril)
Lunes - CERRADO
Martes a viernes de 08.00 a 18.45 hs.
Sábados, domingos y feriados de 9.30 a 18.45 hs.

Horario de Invierno (22 de abril a 21 de septiembre)
Lunes - CERRADO
Martes a viernes de 8.00 a 17.45 hs.
Sábados, domingos y feriados de 9.30 a 17.45 hs.


Los días: 1° de Enero, Viernes Santo, 1° de Mayo, 21 de Septiembre, día del Municipal y 25 de Diciembre el Jardín permanecerá cerrado.

Se informa al público visitante que en los días de inclemencias climáticas (vientos intensos, lluvias, lloviznas persistentes) el jardín permanecerá cerrado por razones de seguridad.
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El material fotográfico es propio, salvo  el plano que corresponde al Gobierno de la Ciudad.


Con información de:

lunes, 16 de noviembre de 2015

ÁRBOLES DE BUENOS AIRES: EL JACARANDÁ



Su nombre viene de la lengua tupí-guaraní hakuã (que tiene perfume) y renda (sitio, lugar). En suma, ha sido traducida al castellano como “fragante”. Es un árbol de follaje caduco, de gran porte y resistencia – hasta 18 metros de altura – copa ancha y ramificada – entre 4 y 6 metros de diámetro – una longevidad de más de 100 años y vistosa floración, presente en ramilletes de 20 a 30 centímetros de flores color azul violáceo durante los meses de noviembre a diciembre y en ocasiones en febrero. El fruto es leñoso y con forma de castañuelas. Es oriundo de Brasil, Bolivia, Paraguay y el noroeste de Argentina. Y fue introducido en Buenos Aires por el paisajista francés Carlos Thays.






Su nombre viene del guaraní hakuã (que tiene perfume) y renda (sitio, lugar). En suma, ha sido traducida al castellano como “fragante”. Es un árbol de follaje caduco o semicaduco, de gran porte y resistencia, copa ancha y ramificada, vistosa floración y una longevidad de más de 100 años. Es oriundo de Brasil, Bolivia, Paraguay y el noroeste de Argentina. Y fue introducido en la ciudad de Buenos Aires por el paisajista Carlos Thays en la primera década del siglo XX.