lunes, 14 de mayo de 2018

ANTIGUA FÁBRICA DE BIZCOCHOS CANALE


Hoy se llama Palacio Lezama, pero durante un siglo fue la Fábrica de Bizcochos Canale. En el número 320 de la Avenida Martín García todavía está el cartel que dice “Entrada de Obreros”. Y el 326 está la entrada principal como en los viejos tiempos. Solo que ahora es el ingreso a las oficinas de 3 ministerios del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. El Edificio Canale forma parte del patrimonio histórico industrial de Argentina y un punto clave en la arquitectura de  la ciudad de Buenos Aires, al estar localizado en el vértice que une los barrios de La Boca, San Telmo y Barracas.

Pocas empresas en el imaginario popular concentran la idea de nacionalidad como los Bizcochos Canale. Podría citar al polvo para hornear Royal, las alpargatas de la Fábrica Argentina de Alpargatas, los autos Rastrojero y Torino y poco más. Son marcas de la empresa privada argentina, de los tiempos en los que la empresa privada tenía alguna idea de nacionalidad. Un sentido que se contrapone con el paradigma de estos tiempos, en los que parece que vender o asociarse al capital internacional es el “futuro”. 
La fábrica de Bizcochos Canale también es la muestra casi perfecta de una empresa que se hace de la nada, por un inmigrante que no tenía nada cuando llegó al Río de la Plata. Deberíamos tener en cuenta que toda la inmigración que recibió Argentina entre los años 1870 y 1914, llegó con la promesa de acceder a tierras cultivables y un futuro de campesino próspero en pocos años. Pero nada de eso era cierto y – con suerte – podía acceder a un arrendamiento de tierras a un costo altísimo. Lo normal era que terminara formando parte de la peonada. En el marco de esta fantasía frustrada, se produce la alta concentración de inmigrantes en los centros urbanos. Uno de ellos era el Sr Canale, como se lo conoció años después de su éxito a José Canale, un genovés que se instaló en el barrio de San Telmo, a diferencia de sus coterráneos que se afincaron en el barrio de La Boca.  Canale llegó al puerto de Buenos Aires con algunos conocimientos de panadería y una receta casera de unos bizcochos que luego lo harían rico, famoso y casi un emblema de argentino emprendedor.
En 1875 instaló un negocio de elaboración y venta de pan en la esquina de las calles Defensa y Cochabamba, en el barrio de San Telmo. Ese es el origen del posterior negocio familiar que tuvo muchas derivaciones, fabricando pastas secas, dulces y mermeladas, encurtidos, conservas y años más tarde elaborando vinos. En todas las áreas en que incursionó este equipo empresario familiar fue exitoso. Tuvo el mérito también, de haber sido uno de los primeros emprendimientos que entendió a la perfección, el valor de la publicidad realizada de manera constante y en los lugares claves.
Aunque Canale murió joven (en 1888, a los 44 años) el negocio siguió su crecimiento bajo la batuta de su viuda, Blanca Vaccaro, que con sus 5 hijos formó el equipo familiar para el desarrollo posterior. En 1890 importaron las primeras máquinas para la producción industrial en gran escala de sus bizcochos y panes dulces.  En 1901 se presentan en sociedad los bizcochos tal como se los conoce hoy. Tuvieron un gran impacto. Porque era el primer producto de panificación, fabricado en el país, que podía competir con cierto éxito ante las galletas importadas de Inglaterra y Francia. Las únicas en su tipo en el comienzo del siglo XX.
En 1910  el crecimiento comercial tiene cierta magnitud y su consecuencia es la construcción de una planta industrial, con una infraestructura que supere el negocio de tipo familiar del barrio de San Telmo. Se instalan en una planta en la calle Patagones 123 y en apenas tres años, la producción exige otro espacio mayor. Construyen entonces el edificio de la avenida Martín García 320 al 364. Un predio de más de 100 metros de largo por 70 de profundidad, que comienza su funcionamiento con la mejor tecnología de la época. La obra es dirigida por Amadeo, Julio y Humberto Canale, este último ingeniero civil y único universitario de los 5 hijos de José Canale.   

La fábrica de Bizcochos Canale hacia 1925
A los largo del siglo XX, la empresa lanzó una serie de productos que forman parte del imaginario popular en material de alimentación, Son marcas que todavía existen porque han logrado tener vida propia más allá de quién sea el fabricante. La marca y la fórmula de elaboración garantizan ventas seguras. Es el caso de los bizcochos, las conservas, las mermeladas y la galletitas Cerealitas.
En 1985 la planta industrial sufrió un incendio que afectó seriamente el material industrial instalado. Esto produjo algunos problemas financieros en la estructura de la empresa. El resultado fue que la familia Canale se terminó retirando del negocio. En 1994 fue adquirida por la empresa SOCMA (propiedad de la familia Macri) que poco hizo por la sobrevivencia de la empresa y de  la marca, hasta que en 1999 la internacional Nabisco adquiere en una sola operación la empresa Canale y Terrabusi, quedándose prácticamente con el monopolio del negocio en materia de galletas.
Nabisco, cuyas intenciones era hacer pie en el Mercosur, trasladó casi toda su producción a Brasil y las instalaciones tradicionales de ambas fábricas quedaron paralizadas. Alrededor de 10 años estuvo vacío este edificio que hoy luce como en sus mejores tiempos. En el año 2006, la 23ª edición de la muestra de diseño y arquitectura de la Fundación Oftalmológica Argentina se hizo en este edificio para marcar el punta de partida de un proceso de revitalización de los barrios tradicionales de San Telmo, La Boca y Barracas. Es la primera gran recuperación de la estructura arquitectónica. La muestra fue un éxito de público, de ideas y aportes profesionales y de interés empresario. Entre los años 2012 y 2014 un emprendimiento particular le agregó dos plantas más, vidriadas, con el fin de explotarlas como centro de oficinas.

Pero fue el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires quien finalmente se quedó con el edificio. En el 2014 le encargó al Estudio Mc Cormack la realización de un proyecto que se llamó “Edificio Canale”.  La obra  estuvo a cargo de  la arq Emilce Argüello y de la constructora LUMI Construcciones SA.  Actualmente funcionan los ministerios de Modernización e Innovación, Espacio y Ambiente Público, Desarrollo Urbano y Transporte y otros organismos del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires.
La realidad hoy indica que se recuperó un edificio importante del patrimonio histórico industrial de Argentina, al tiempo que se revitalizó notablemente un área de la ciudad que estaba claramente rezagada en su desarrollo. El Parque Lezama tiene ahora en su flanco sur una perspectiva más amigable y las calles aledañas de lo que hoy se conoce como Palacio Lezama  han tomado un ritmo comercial mucho más intenso.
Fotos: ©sarmiento-cms
Foto antigua: edición de la revista Caras y Carteas.

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lunes, 7 de mayo de 2018

PARQUE LEZAMA: UNA HISTORIA DENTRO DE OTRA HISTORIA (3º Nota)


En la 1º nota y 2ºnota se hizo un recorrido por la historia cronológica y los avatares que desembocaron en la creación del parque como espacio público, en la última década del siglo XIX. En ese proceso se fueron gestando otras historias que han tenido su correlato en diversas expresiones artísticas. Algunas de ellas se materializaron en los 76.500 metros cuadrados que tiene el espacio. Otras dieron lugar a obras literarias y canciones. En esta nota haremos un recorrido por esa parte de la historia del Parque Lezama y su entorno más directo como el Bar Británico. Esta es la tercera y última nota sobre este espacio tan particular de Buenos Aires. 





Desde que Gregorio Lezama decidiera convertir el jardín de su quinta en un lugar donde acumularía obras de arte, el parque estuvo marcado por esa impronta artística. Son muchos los casos de autores que hacen referencia al sitio. El más conocido es la novela Sobre Héroes y Tumbas, de Ernesto Sábato que empieza así:

Un sábado de mayo de 1953, dos años antes de los acontecimientos de Barracas, un muchacho alto y encorvado caminaba por uno de los senderos del parque Lezama. Se sentó en un banco, cerca de la estatua de Ceres, y permaneció sin hacer nada, abandonado a sus pensamientos (…)

No es el único trabajo de Sábato que tiene que ver con el Parque Lezama. Pero es el único en el que lo menciona explícitamente. Una buena parte de su obra la escribió en el parque y en al Bar Británico o el restaurante Lezama, ambos sobre la calle Brasil. “Por la Esperanza” fue uno de sus últimos trabajos. Una carta a los jóvenes que le encargó la revista La Maga en el año 1995, en pleno furor neoliberal de menemismo. En un homenaje que le hicieron vecinos, periodistas y amantes de literatura del barrio de San Telmo, Sábato contó que esa carta a los jóvenes la escribió en la mesa del Bar Británico que está en el vértice de la pared y la ventana que da sobre la calle Brasil. “Mientras miraba el parque Lezama que tantos recuerdo me trae de juventud”.  En ese mismo homenaje, en que se colocó una placa en la esquina del parque de Defensa y Brasil, contó que buena parte del libro mencionado fue escrito en la mesa del restaurante Lezama (sobre la calle Brasil) que está junto a la ventana derecha. “Me gustaba escribir acá por las mañanas porque no había casi gente y tenía el parque enfrente”, les dijo a quienes asistieron al homenaje mientas muchos seguidores aprovechaban para fotografiarse en el lugar junto al escritor que ya tenía más de 80 años.

María Elena Walsh y Horacio Ferrer escribieron también en el Bar Británico. El segundo mucho más que la primera ya que era habitué del lugar. Pero la música y poetisa dejó testimonio del parque en el Vals Municipal. Una estrofa de esta  famosa canción, traducida a varios idiomas y cantada por todo el mundo, dice:
Es un chico que piensa en inglés
y una vieja nostalgia en gallego.
Es el tiempo tirado en cafés
y es memoria en la Plaza Dorrego.
Es un pájaro y un vendedor
que rezongan con fe provinciana.
Y también es morirse de amor
un otoño en el Parque Lezama.

Al igual que Ernesto Sábato, el poeta Baldomero Fernández Moreno era visitante constante del parque. Y escribió en 1941 un poema cuyo título es precisamente Parque Lezama. Fernández Moreno vivía en la Av. de Mayo al 1100, en el edificio contiguo al Hotel Castelar. Varias veces a la semana se trasladaba hasta el parque para escribir. Solía hacerlo en  e l Bar Británico o en el actual Hipopótamos, también un bar notable de la ciudad que está justo en frente. La última estrofa del poema los menciona indirectamente:

Patricio, enhiesto parque de Lezama
cortado y recortado a mi deseo,
verdinegro por donde te mirase
salvo el halo de oro del Museo:
desde un bar arco iris te saludo
ahito de café y melancolía,
dejo en la silla próxima una rosa
y digo tu elegía y mi elegía

La novela Amalia de José Mármol es un clásico de la literatura argentina y más precisamente del romanticismo. Gran parte de la historia se desarrolla en el parque y sus alrededores, solo que en 1851 ese lugar de la ciudad todavía no era el Parque Lezama.  Así Marmol se refiere al actual mirador que está en la punta de la barranca que da a la esquina de Paseo Colón y Martín García como Punta Catalina  y a la calle Defensa, entre Brasil y Martín García, como “Al cabo de seiscientos pasos, la callejuela da salía a la empinada y solitaria barranca de Marcó, cuya pendiente rápida y estrechísimas sendas causan temor de día mismo a los que se dirigen a Barracas, que prefieren la barranca empedrada de Brown o la de Balcarce, antes que bajar por aquel medio precipicio, especialmente si el terreno está húmedo”.




ESCULTURAS, ORNAMENTOS Y BUENA ARQUITECTURA

José Gregorio Lezama modificó completamente el lugar. No quedaron rastros del paisaje que se describía en la  novela Amalia. La barranca de  Balcarce ya no cruzaba el entorno y se mantenía la Punta Catalina como gran espacio para disfrutar el río hasta el horizonte. Construyó una gran casa de estilo italiano sobre La Barranca de Marcó (actual calle Defensa) que dejó de ser ese lugar resbaladizo y empinado como un precipicio que describía José Mármol. Y rodeo la pequeña mansión con un amplio parque cargado de árboles entre los que se destacaban los olmos, las acacias, magnolias, tilos y otras especies exóticas como el ficus de la India.

La construcción se caracterizaba por amplios salones techados de artesonados de maderas y puertas labradas y laqueadas en algunos casos. Una amplia galería con grandes arcos se extendía por todo el frente. Que estaba adornado con hornacinas, copones y pequeñas estatuas. Las paredes habían sido decoradas por   al artista uruguayo León Pallejá.  La casa de los Lezama es desde   sede del Museo Histórico Nacional.

La transformación del parque en espacio público en 1894 vino acompañada de varios cambios. Uno de ellos fue un nuevo diseño paisajístico a cargo de Carlos Thays, el arquitecto y paisajista francés que había sido nombrado Director de Parques y Paseos de Buenos Aires 3 años antes. Thays introduce en el parque las Tipas, variedad de árboles autóctonos del norte argentino. También traza nuevos caminos e impone el grutesco en las escalinatas que dan a la barranca sobre el río, hoy Paseo Colón, y que se conservan parcialmente. También es suyo el diseño del mirador de la antigua Punta Catalina.

Pero los cambios más llamativos fueron el anfiteatro sobre la calle Brasil y el rosedal que se puso en la parte llana de la barranca que da sobre la Av. Martín García, lugar que se conoce hoy como La Pradera. A lo largo de esa avenida se montó una inmensa pérgola con diversas plantas enredaderas. Esta glorieta que se extendía desde la calle Defensa hasta Paseo Colón, también albergó una pista de patinaje.  Hacia el primer quinquenio del siglo pasado, el parque contaba con diferentes atracciones como un tren para los niños, una calesita (aún funciona sobre la calle Defensa), un pequeño lago artificial, el teatro al aire libre, un circo y el restaurante El Ponisio.

Todos los cambios producidos en el parque son consecuencia de la primera idea artística y paisajística de Gregorio Lezama. Bien es cierto que la mayoría de las intervenciones fueron para empeorar y no para conservar, salvo la gestión de Carlos Thays que dotó al espacio de la fortaleza necesaria para mantener el espíritu artístico a un lugar que paulatinamente iba a ser ocupado por gente diversa en uso público.

Un punto destacado de la época familiar de los Lezama es el templete de influencia grecorromana, en cuyo centro hay una estatua de Diana Fugitiva o Siringa. Y en el camino de acceso al pequeño recinto, en los laterales están las figuras evocativas de El Invierno, La Vid, La Primavera y Palas Atenea. En la actualidad (según el Arcón de Buenos Aires) “solo queda una sola de las estatuas originales de la casa Lezama: La Primavera. La mayoría de las estatuas originales y maceteros sufrieron mucho deterioro cuando el Parque se transformó en paseo público. Gradualmente fueron dadas de baja o llevadas a restaurar, luego de lo cual fueron instaladas en otros lugares”.




Del viejo parque de la familia Lezama queda el paseo de las Palmeras con sus hileras laterales de copones de mármol de Carrara, montadas sobre plintos labrados con motivos griegos. Faltan cinco de esas piezas ornamentales, que fueron robadas y no precisamente por indigentes. Quienes las llevaron conocían perfectamente el valor de lo que sustraían. Hoy fueron reemplazadas por piezas idénticas en cemento.

El parque fue un lugar privilegiado para albergar regalos en ocasión del Centenario de la Revolución de Mayo. Actualmente se encuentran el Cruceiro, regalo de la comunidad gallega en la Argentina, la Loba Romana o Loba Capitolina, presente de la ciudad de Roma a Buenos Aires, con las figuras de Rómulo y Remo que originalmente fueron en bronce y ahora son de cemento producto del robo de las originales. Pero el monumento más importante de esos acontecimiento es el regalo de la ciudad de Montevideo en 1936, en ocasión del 4º centenario de la 1º fundación de Buenos Aires. Se llama Monumento a la Cordialidad Internacional  y es obra del escultor Antonio Pena y el arquitecto Julio Villamajó. Está ubicado sobre la Avenida Martín García.

Pero el monumento que sin duda la bienvenida a los turistas es el de Don Pedro de Mendoza, situado en la esquina de las calles Defensa y Brasil. Es obra del escultor Juan Carlos Oliva Navarro y fue inaugurado el 23 de junio de 1937.

Finalmente hay que destacar la fuente y gruta ubicada en la esquina de Brasil y Paseo Colón, inaugurada en 1931. A la fuente se la conoce como Fuente du Val D’Osne. El Valle de Osne fue un lugar de gran prestigio en la fundición de obras de arte para todo el mundo. Lo que vemos hoy en la hornacina son las figuras de Néyade y Neptuno, ambas forman parte de una escultura mayor, cuyas partes están repartidas en distintas espacio de la ciudad.

En el Museo Histórico Nacional se exhiben hoy más de 50.000 piezas relacionadas con la historia de Argentina,  que abarcan el período colonial hasta 1950. Entre los  objetos en exposición se encuentran trajes, relojes y otras pertenencias de Manuel Belgrano, el sable y otros instrumentos militares del general San Martín,  como así también el mobiliario de su dormitorio al momento de morir. La bandera de la batalla de Ayohuma,  oleos de Prilidiano Pueyrrerón, muebles del Virrey Sobremonte,  el uniforme del General Güemes y el catalejo del general inglés Carr Beresford durante las Invasiones Inglesas.

En suma. En materia de creación artística el parque ha estado siempre en el primer plano. Es parte del legado de Lezama. Por alguna razón especial que no se puede definir, también ha sido lugar de preferencia de pintores, escultores y escritores. Muchos han dejado testimonio y otros solo menciones en sus biografías. Cada una de estos objetos encierra una historia particular, dentro de esa gran historia que la antigua finca de los Lezama hoy Parque Lezama.

Fotos: © sarmiento-cms

Galería de imágenes en Flickr.


Pueden amplia la información en Wikipedia  y el Arcón de Buenos Aires                    



martes, 24 de abril de 2018

PARQUE LEZAMA: UNA HISTORIA DENTRO DE OTRA HISTORIA (2º Nota)


En la primera nota se abordó el sentido histórico del espacio, lugar fundacional de la ciudad. Pero es con Gregorio Lezama que el predio alcanza su actual valoración. La colección botánica y artística, junto al diseño paisajístico del lugar, convirtieron a la finca del hacendado salteño en punto de  referencia de la ciudad. En 1899 muere Lezama y cinco años después su finca se convierte en el segundo parque público de Buenos Aires, con una extensión de 76.500 metros cuadrados. Fue mejorado su diseño por Carlos Thays, en la década de 1920. Pero a partir de 1950 se inicia una decadencia en donde perdió gran parte de sus especies vegetales y patrimonio escultórico.  Hoy presenta un aspecto aceptable. 

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En estos días el parque es casi una institución. Todos piensan que existió desde siempre y no conciben la ciudad sin él. Pero los hechos pasados muestran lo contrario. Gregorio Lezama se peleó con todos los intendentes de Buenos Aires. Querían confiscar parte de sus terrenos para abrir una calle que comunicara los Altos de San Pedro (actual Plaza Dorrego) donde se encontraba la Iglesia de San Pedro Telmo, con el puerto de entonces ubicado en La Boca del Riachuelo. Lezama logró imponerse a todos esos intentos en virtud de su fortuna personal, su nivel de influencia y un largo trabajo de debates y acuerdos en el Consejo Deliberante de la ciudad. A su viuda, Ángela Álzaga, no le sería nada fácil conseguir que la Municipalidad se hiciera cargo del predio para mantenerlo como parque público. Se supone (porque nunca lo expresó por escrito) que Lezama quería formar una colección botánica para luego donarla. Pero la tarea no fue sencilla.

Para tener una idea aproximada de lo que era el lugar en ese tiempo, conviene repasar estos recortes:
  • El diario El Nacional del 22 de mayo de 1886 dice respecto del parque: “(…) es la desesperación de cuantos se dedican al cultivo de flores entre nosotros, por ser tarea punto menos que imposible llegar a tener un vergel parecido.”
  •  El historiador González Garaño, en la obra “Museo Histórico Nacional. Su creación y desenvolvimiento 1889-1943”, páginas 25 y subsiguientes, dice:
“Lezama, gran aficionado a la floricultura, formó allí un jardín magnífico. Adquirió en las distintas latitudes de la tierra, ejemplares elegidos de plantas y árboles. Fueron famosas sus camelias, cuya diversas variedades cubrían los canteros, bordeados de arrayanes. Senderos angostos y sombreados cruzaban el parque, adornados de trecho a trecho con estatuas y vasos de mármol, de factura de italiana Fue un incomprensible error el destruir el carácter de ese jardín, modelo de la quinta porteña del promediar del siglo XIX”.
(Los vasos de mármol a que se refiere, son los copones que hoy vemos en el paseo de las palmeras, en el centro del parque).  
  • El presbítero Manuel Juan Sanguinetti, en su obra “Sal Telmo, su pasado histórico”, página 187, dice: “En las primeras décadas del siglo era un paseo familiar obligado, por sus ricas especies vegetales y arbóreas, su estatuaria y decoración, llegando a contar con un restaurante (El Ponisio) sobre la barranca sur (…) y un pequeño tren que recorría el parque a fines del siglo XIX y principios del XX”.
El 23 de julio de 1889 muere José Gregorio de Lezama y Quiñones, más conocido como Gregorio Lezama y menos conocido (salvo el círculo íntimo) como Goyo Lezama. Había nacido en Salta en 1802, en el seno de una familia de hacendados y empresarios que supieron formar parte del reducido grupo de hidalgos coloniales. En Buenos Aires incrementó notablemente su fortuna, invirtiendo en campos de la provincia de Buenos Aires (gran parte del actual Partido de Lezama era de su propiedad) y estableció un fuerte entramado de relaciones con el poder político. Al año siguiente, su viuda, Ángela Álzaga, inicia las negociaciones para la venta a precio cuasi simbólica del predio al gobierno de la ciudad que finalizarían tres años después. En concreto vendió por 1.500.000.- pesos moneda nacional las ciento dos mil varas cuadradas (76.500 metros cuadrados aproximadamente) con sus plantaciones, jardines, esculturas y monumentos que se encontraban en la quinta. La vendedora se permitió una exigencia dada el bajo precio: que fuera destinado a paseo público, que dicho paseo llevara el nombre de Lezama y que se le permitiera el usufructo de la casona por dos años.


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La casa-quinta y parque de los Lezama fue el segundo parque público de la ciudad. Así se estableció en la resolución del Consejo Deliberante del 27 de mayo de 1894. Habían pasado casi 5 años de la muerte de Gregorio Lezama. En 1874 se formalizó el primer  parque de Buenos Aires. Es el Parque Tres de Febrero (por la fecha de la batalla de Caseros en 1852) que todos conocen como los bosques de Palermo. Las propiedades del vencido Juan Manuel de Rosas fueron transformadas por Sarmiento en parque público. Y el modelo botánico y paisajístico que se implementó, fue el utilizado por Lezama en su propiedad, de la que Sarmiento era admirador. Y el tercer parque es la Plaza Colón, detrás de la Casa Rosada (donde funcionaba la Aduana Taylor) que hoy ha sido expropiado por la Presidencia de la Nación.

En los fundamentos expuestos en las actas de la Comisión de Obras Pública del Consejo Deliberante (presidido por el arquitecto Juan Buschiazzo, de gran importancia y gravitación en la Buenos Aires moderna) dice cosas tales como:

“(…) es de verdadera utilidad pública favorecer a la parte sur del municipio con un parque espacioso que compense los inconvenientes de los barrios malsanos de la Boca y del puerto, ofreciendo un acceso fácil y cómodo a la población de ese distrito, que por su distancia al Parque 3 de Febrero (actuales Bosques de Palermo) no puede participar de los beneficios que reciben los habitantes de la zona norte (…)”

También se destacaba la importancia ecológica del lugar, al funcionar como un área verde en “lo que es hoy uno de los pulmones del barrio más poblado y descuidado de la ciudad”. En la actualidad eso sigue siendo igual. San Telmo y La Boca son los barrios de mayor densidad de la ciudad, los más chicos por extensión y los más abandonados.

Lo que tampoco ha cambiado es la percepción de la población sobre la actual Avenida Caseros, en esa época Patagones, a la que se mencionaba como la “Alvear del Sur”, para homologarla en diseño y exclusividad habitacional. A fines del siglo XIX la decisión sobre el parque tuvo un enorme impacto. Se revalorizó la zona y dio comienzo a un período de gran expansión. Particularmente en el tramo de la avenido que va desde el parque (calle Defensa) hasta la Avenida Montes de Oca, y su intersección con la estación ferroviaria de Constitución,  principal centro de conexión con el sur del país y particularmente la provincia de Buenos Aires. En 1897 se instaló en la antigua casona familiar el Museo Histórico Nacional, creado en mayo de 1889, un mes antes de la muerte de Lezama.

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En 1863, la zona tuvo una instancia de despegue que no prosperó. Ese año se inauguró el ferrocarril del Sud que recorría el bajo, por la actual avenida Paseo Colón, desde la Estación Venezuela, hasta Casa Amarilla en La Boca. Suponía un importante adelanto tecnológico y de transporte que bordeaba la parte sur de la finca. Pero en 1870 y 1871 se produjeron las dos últimas epidemias de fiebre amarilla en Buenos Aires, que afectaron particularmente a la zona de San Telmo y La Boca. Las familias patricias, que estaban instaladas desde los tiempos de la colonia, emigraron hacia el norte. Las casas fueron abandonadas en su mayoría y la casa de los Lezama se convirtió en lazareto.

En 1914 se construyó el anfiteatro sobre la calle Brasil, entre Balcarce y Paseo Colón, con capacidad para unas 7.000 personas. Y en 1923, el intendente Carlos Noel, presentó el programa de “Embellecimiento del Barrio Sur. El barrio tradicional”, en donde se proponían crear un Museo al aire libre de Arquitectura y Escultura comparadas, Se proponía instalar en la zona cercana al parque la Facultad de Filosofía y Letras y el Conservatorio Nacional de Música. Las obras no se llevaron a cabo porque quedaron empantanadas en la crisis económica mundial de 1929.

En 1931, el intendente José Guerrico removió la reja perimetral con el muro que circundaba todo el solar. Fue el comienzo de la destrucción paulatina del parque original de Lezama y de la arquitectura paisajística elaborada por Carlos Thays en la década del ’20. Fue la decisión más graves y más triste de la historia del parque. Prueba de ello es el inventario de 1986 realizado por la Dirección de Paseos del municipio. Ahí se consigna que el predio tiene 674 ejemplares de 63 especies. Esa cantidad de variedades equivalían a la cuarta parte de las que tuvo el parque en su mayor esplendor. Época que abarca la propiedad de Lezama, la gestión de Carlos Thays hasta fines de la década de 1940.

El parque hoy ofrece una vista mejorada y de mantenimiento aceptable, luego de años de abandono entre los años 1992 y 2014. Es el fruto de 12 años de litigios judiciales de los vecinos (mediante acción de amparo presentado en 2001) contra el gobierno municipal, que incluyó además un embargo al sueldo del Jefe de Gobierno entre los años 2006 y 2014.

En la próxima y última nota, se hará un repaso por el patrimonio artístico existente y perdido. También se hará un recorrido por la gran cantidad de obras literarias y artísticas en general que se originaron en este parque.

Las fotos son de  ©sarmiento-cms

Galería de imágenes en Flickr 

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Se puede consultar
·        Parque Lezama en Wikipedia

jueves, 19 de abril de 2018

PARQUE LEZAMA: UNA HISTORIA DENTRO DE OTRA HISTORIA (1º Nota)


El Parque Lezama de Buenos Aires es un punto clave de la ciudad. Es el punto de unión entre los barrios de La Boca, Barracas y San Telmo. Es el lugar de la primera fundación de la ciudad. Fue el segundo parque público. Ahí se armó la mayor colección botánica que hubo en este país y Sudamérica. Fue recinto privilegiado de personajes literarios como Amalia, Martín del Castillo o Alejandra Vidal. Fue factor de inspiración para poetas como Baldomero Fernández Moreno, María Elena Walsh u Horacio Ferrer o novelista como Ernesto Sábato. El parque es una suma de muchas cosas, con historias que encierran otras historias.  





El parque no es un lugar cualquiera. Es un emblema de la ciudad y el lugar de su primera fundación. Hay montones de historias alrededor de este lugar que – sin ser especialmente diferente al resto – tiene un espíritu interior particular. Por alguna causa fue y es lugar elegido de escritores y artistas de todo tipo, pero especialmente los primeros. Tanto si escriben sobre él, como si lo hacen dentro de él o en alguno de los dos bares característicos ubicados en un extremo del predio. El Bar Británico y El Hipopótamo en la esquina de Brasil y Defensa. Los otros bares – que  son muchos – no son iguales. Parece que no son ni fueron propicios para la literatura.
En el Parque Lezama escribió José Mármol la novela Amalia, una obra capital del romanticismo en la historia literaria argentina. Situó a sus personajes en el lugar y describió los jardines y barranca que lo caracterizaban en aquellos años. Luego siguieron otros en el siglo XX, y algunos más próximos a nuestra memoria. Tales son el caso de Baldomero Fernández Moreno, María Elena Walsh, Ernesto Sábato y Horacio Ferrer. Pero también hay otros menos conocidos del gran público. Y también músicos, pintores, escultores.


Pero el parque también tiene otra historia, que a su vez  tiene otra historia. Es que la vida y existencia del parque es tan antigua como la ciudad. Lo que llamamos Parque Lezama, nació a mediados del siglo XIX, aproximadamente en 1857,  cuando el hacendado salteño Gregorio Lezama compró esas tierras y decidió instalarse definitivamente en Buenos Aires. Lezama era un aficionado a la botánica y un experto coleccionista de especies diversas, no necesariamente exóticas. En pocos años construyó una vivienda de estilo ecléctico renacentista e italianizante y un inmenso parque que ocupó en un primer tramo, la parte alta de la barranca y luego toda las laderas que daban hasta el río. Lo que hoy se conoce como La Pradera. Para 1890 no había ninguna colección botánica en Sudamérica que la superara. Era el orgullo de la ciudad y el principal espacio verde. Fue el primer lugar diseñado racionalmente como parque y la primera gran colección botánica. Y fue lo más parecido a un museo o galería de arte por la cantidad de piezas que tenía en su interior.
Los límites del parque fueron variando según el crecimiento de la ciudad y la expansión sobre el Río de la Plata. Los que hoy conocemos, corresponden a la época de Lezama. El actual parque es heredero del aquel espacio. Dentro de la ciudad de Buenos Aires está en el punto clave que une los barrios de La Boca, Barracas y San Telmo. Las tres esquinas que forman las avenidas Paseo Colón, Almirante Brown y Martín García. El límite sur es la Avenida Martín  García y el norte la Avenida Brasil (aunque en este tramo es calle). Por el lado este lo rodea la Avenida Paseo Colón y por el oeste la calle Defensa. Tiene aproximadamente ocho hectáreas y en la casa tradicional de la familia Lezama, ahora funciona el Museo Histórico Nacional.

 La ciudad y el parque

El parque y la ciudad no nacieron juntos, pero la ciudad se fundó en el lugar que hoy ocupa el parque. En la explanada que da a la esquina de Brasil y Defensa,  hay un gran monumento a Pedro de Mendoza, fundador de la primera Buenos Aires, el 2 de febrero de 1536. Sobre su corta existencia (apenas siete años) se ha escrito el mejor relato de la historia de la conquista y colonización de América: Viaje al Río de la Plata, de Ulrich Schmidel. Soldado de fortuna, formó parte de la expedición, la fundación de la ciudad, fue testigo de su destrucción y abandonó el lugar en dirección al norte, con Domingo Martínez de Irala para ser uno más de los que fundaron la ciudad de Asunción del Paraguay. Schmidel sobrevivió a todo eso y  lo contó. Es el mayor registro literario y  descriptivo de la aventura y la única ciudad que tiene un relato propio y específico de su fundación.
Tras la segunda fundación de la ciudad por Juan de Garay, el 24 de abril de 1580, el lugar perdió centralidad. La nueva Buenos Aires se instaló tres kilómetros al norte, también sobre la barranca que forma el macizo geográfico que da sobre el Río de la Plata. Pero la Punta de Doña Catalina, como se conoce a ese extremo de la barranca donde hoy está el parque, quedó como un extrarradio, como un lugar intermedio entre la Plaza Mayor y el Riachuelo de los Navíos, como se llamaba a la desembocadura del río Matanza, en forma de delta, sobre el Río de la Plata. Lugar usado de fondeadero y puerto de emergencia. El terreno del parque, entonces,  pasó a ser lugar de tránsito, de  descanso de caravanas y reacomodamientos de tropillas y trasiego de mercaderías en dirección al mercado de la Plaza Mayor.
También tuvo otros nombres populares, según fueron cambiando los usos. A  esta punta de la barranca se la llamó Bajo de la Residencia y Barranca de Marcó en los tiempos en que funcionó el primer horno de ladrillas, el primer molino de viento, fuera también el gran depósito de mercadería de la ciudad y se instalara la barraca de la Real Compañía de Filipinas, dedicada al comercio de esclavos.



La auténtica historia de este lugar empieza a partir del 1802, año en el que el funcionario Manuel Gallego y Valcárcel compra el predio que hoy ocupa el parque, en su sección sobre la Avenida Martín García y empieza la construcción del edificio familiar. Pero la identidad más próxima a lo que conocemos se la dio El Gringo,  un inmigrante irlandés que se instaló en 1808 con su familia. Daniel Mackinlay le compró a Gallego y Valcárcel la propiedad por 19.000 pesos. Luego la amplió y le dio un entorno verde con diferentes especies. Siguiendo las tradiciones de su tierra, no puede haber casa sin parque.  En esos años se conoció el lugar como La Quinta del Inglés, a pesar de que Machinlay no lo era. Y ese nombre referencial se siguió usando muchos años después de su muerte en 1826.
Entre El Gringo y Gregorio Lezama hay un intermedio que ocupa un auténtico inglés, Mister Carlos Ridgely Horne, experimentado comerciante de Baltimore. Horne compró la propiedad en 1846 a los herederos de Machinlay, que ya era un lugar de envergadura y consideración en la ciudad. Sus actividades requerían de un lugar destacado. Había sido nombrado por Juan Manuel de Rosas como “único corresponsal marítimo” del puerto de Buenos Aires. Algo así como tener el control absoluto del puerto. Su solvencia, le permitió anexar las tierras hasta la calle Brasil y remodeló la construcción. Ahora ya no es una casa con jardín o una gran quinta, sino un pequeño palacete con extensión suficiente de parque. Pero los desarrollos hechos al lado del poder, duran lo que dura el poder. Rosas fue derrotado y se marchó al exilio luego de la Batalla de Caseros,  en 1852. Horne vivió algunos años más por estas tierras, pero en 1957 vendió la propiedad a José Gregorio Lezama. El primer paso dado por Goyo Lezama fue ampliar y remodelar definitivamente la casa, tal como la conocemos hoy. Pero el aspecto clave en la historia del lugar, fue la contratación del paisajista belga Verecke para parquizarla y armar la primera colección botánica.
Así, casi como una medida administrativa, como resultado de una transacción comercial aparentemente sin importancia, nace lo que hoy conocemos como el Parque Lezama. En la próxima nota entraremos en su historia fundacional como lugar público de esparcimiento y qué significó en esa época.

Las fotos son de  ©sarmiento-cms

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