martes, 24 de abril de 2018

PARQUE LEZAMA: UNA HISTORIA DENTRO DE OTRA HISTORIA (2º Nota)


En la primera nota se abordó el sentido histórico del espacio, lugar fundacional de la ciudad. Pero es con Gregorio Lezama que el predio alcanza su actual valoración. La colección botánica y artística, junto al diseño paisajístico del lugar, convirtieron a la finca del hacendado salteño en punto de  referencia de la ciudad. En 1899 muere Lezama y cinco años después su finca se convierte en el segundo parque público de Buenos Aires, con una extensión de 76.500 metros cuadrados. Fue mejorado su diseño por Carlos Thays, en la década de 1920. Pero a partir de 1950 se inicia una decadencia en donde perdió gran parte de sus especies vegetales y patrimonio escultórico.  Hoy presenta un aspecto aceptable. 

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En estos días el parque es casi una institución. Todos piensan que existió desde siempre y no conciben la ciudad sin él. Pero los hechos pasados muestran lo contrario. Gregorio Lezama se peleó con todos los intendentes de Buenos Aires. Querían confiscar parte de sus terrenos para abrir una calle que comunicara los Altos de San Pedro (actual Plaza Dorrego) donde se encontraba la Iglesia de San Pedro Telmo, con el puerto de entonces ubicado en La Boca del Riachuelo. Lezama logró imponerse a todos esos intentos en virtud de su fortuna personal, su nivel de influencia y un largo trabajo de debates y acuerdos en el Consejo Deliberante de la ciudad. A su viuda, Ángela Álzaga, no le sería nada fácil conseguir que la Municipalidad se hiciera cargo del predio para mantenerlo como parque público. Se supone (porque nunca lo expresó por escrito) que Lezama quería formar una colección botánica para luego donarla. Pero la tarea no fue sencilla.

Para tener una idea aproximada de lo que era el lugar en ese tiempo, conviene repasar estos recortes:
  • El diario El Nacional del 22 de mayo de 1886 dice respecto del parque: “(…) es la desesperación de cuantos se dedican al cultivo de flores entre nosotros, por ser tarea punto menos que imposible llegar a tener un vergel parecido.”
  •  El historiador González Garaño, en la obra “Museo Histórico Nacional. Su creación y desenvolvimiento 1889-1943”, páginas 25 y subsiguientes, dice:
“Lezama, gran aficionado a la floricultura, formó allí un jardín magnífico. Adquirió en las distintas latitudes de la tierra, ejemplares elegidos de plantas y árboles. Fueron famosas sus camelias, cuya diversas variedades cubrían los canteros, bordeados de arrayanes. Senderos angostos y sombreados cruzaban el parque, adornados de trecho a trecho con estatuas y vasos de mármol, de factura de italiana Fue un incomprensible error el destruir el carácter de ese jardín, modelo de la quinta porteña del promediar del siglo XIX”.
(Los vasos de mármol a que se refiere, son los copones que hoy vemos en el paseo de las palmeras, en el centro del parque).  
  • El presbítero Manuel Juan Sanguinetti, en su obra “Sal Telmo, su pasado histórico”, página 187, dice: “En las primeras décadas del siglo era un paseo familiar obligado, por sus ricas especies vegetales y arbóreas, su estatuaria y decoración, llegando a contar con un restaurante (El Ponisio) sobre la barranca sur (…) y un pequeño tren que recorría el parque a fines del siglo XIX y principios del XX”.
El 23 de julio de 1889 muere José Gregorio de Lezama y Quiñones, más conocido como Gregorio Lezama y menos conocido (salvo el círculo íntimo) como Goyo Lezama. Había nacido en Salta en 1802, en el seno de una familia de hacendados y empresarios que supieron formar parte del reducido grupo de hidalgos coloniales. En Buenos Aires incrementó notablemente su fortuna, invirtiendo en campos de la provincia de Buenos Aires (gran parte del actual Partido de Lezama era de su propiedad) y estableció un fuerte entramado de relaciones con el poder político. Al año siguiente, su viuda, Ángela Álzaga, inicia las negociaciones para la venta a precio cuasi simbólica del predio al gobierno de la ciudad que finalizarían tres años después. En concreto vendió por 1.500.000.- pesos moneda nacional las ciento dos mil varas cuadradas (76.500 metros cuadrados aproximadamente) con sus plantaciones, jardines, esculturas y monumentos que se encontraban en la quinta. La vendedora se permitió una exigencia dada el bajo precio: que fuera destinado a paseo público, que dicho paseo llevara el nombre de Lezama y que se le permitiera el usufructo de la casona por dos años.


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La casa-quinta y parque de los Lezama fue el segundo parque público de la ciudad. Así se estableció en la resolución del Consejo Deliberante del 27 de mayo de 1894. Habían pasado casi 5 años de la muerte de Gregorio Lezama. En 1874 se formalizó el primer  parque de Buenos Aires. Es el Parque Tres de Febrero (por la fecha de la batalla de Caseros en 1852) que todos conocen como los bosques de Palermo. Las propiedades del vencido Juan Manuel de Rosas fueron transformadas por Sarmiento en parque público. Y el modelo botánico y paisajístico que se implementó, fue el utilizado por Lezama en su propiedad, de la que Sarmiento era admirador. Y el tercer parque es la Plaza Colón, detrás de la Casa Rosada (donde funcionaba la Aduana Taylor) que hoy ha sido expropiado por la Presidencia de la Nación.

En los fundamentos expuestos en las actas de la Comisión de Obras Pública del Consejo Deliberante (presidido por el arquitecto Juan Buschiazzo, de gran importancia y gravitación en la Buenos Aires moderna) dice cosas tales como:

“(…) es de verdadera utilidad pública favorecer a la parte sur del municipio con un parque espacioso que compense los inconvenientes de los barrios malsanos de la Boca y del puerto, ofreciendo un acceso fácil y cómodo a la población de ese distrito, que por su distancia al Parque 3 de Febrero (actuales Bosques de Palermo) no puede participar de los beneficios que reciben los habitantes de la zona norte (…)”

También se destacaba la importancia ecológica del lugar, al funcionar como un área verde en “lo que es hoy uno de los pulmones del barrio más poblado y descuidado de la ciudad”. En la actualidad eso sigue siendo igual. San Telmo y La Boca son los barrios de mayor densidad de la ciudad, los más chicos por extensión y los más abandonados.

Lo que tampoco ha cambiado es la percepción de la población sobre la actual Avenida Caseros, en esa época Patagones, a la que se mencionaba como la “Alvear del Sur”, para homologarla en diseño y exclusividad habitacional. A fines del siglo XIX la decisión sobre el parque tuvo un enorme impacto. Se revalorizó la zona y dio comienzo a un período de gran expansión. Particularmente en el tramo de la avenido que va desde el parque (calle Defensa) hasta la Avenida Montes de Oca, y su intersección con la estación ferroviaria de Constitución,  principal centro de conexión con el sur del país y particularmente la provincia de Buenos Aires. En 1897 se instaló en la antigua casona familiar el Museo Histórico Nacional, creado en mayo de 1889, un mes antes de la muerte de Lezama.

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En 1863, la zona tuvo una instancia de despegue que no prosperó. Ese año se inauguró el ferrocarril del Sud que recorría el bajo, por la actual avenida Paseo Colón, desde la Estación Venezuela, hasta Casa Amarilla en La Boca. Suponía un importante adelanto tecnológico y de transporte que bordeaba la parte sur de la finca. Pero en 1870 y 1871 se produjeron las dos últimas epidemias de fiebre amarilla en Buenos Aires, que afectaron particularmente a la zona de San Telmo y La Boca. Las familias patricias, que estaban instaladas desde los tiempos de la colonia, emigraron hacia el norte. Las casas fueron abandonadas en su mayoría y la casa de los Lezama se convirtió en lazareto.

En 1914 se construyó el anfiteatro sobre la calle Brasil, entre Balcarce y Paseo Colón, con capacidad para unas 7.000 personas. Y en 1923, el intendente Carlos Noel, presentó el programa de “Embellecimiento del Barrio Sur. El barrio tradicional”, en donde se proponían crear un Museo al aire libre de Arquitectura y Escultura comparadas, Se proponía instalar en la zona cercana al parque la Facultad de Filosofía y Letras y el Conservatorio Nacional de Música. Las obras no se llevaron a cabo porque quedaron empantanadas en la crisis económica mundial de 1929.

En 1931, el intendente José Guerrico removió la reja perimetral con el muro que circundaba todo el solar. Fue el comienzo de la destrucción paulatina del parque original de Lezama y de la arquitectura paisajística elaborada por Carlos Thays en la década del ’20. Fue la decisión más graves y más triste de la historia del parque. Prueba de ello es el inventario de 1986 realizado por la Dirección de Paseos del municipio. Ahí se consigna que el predio tiene 674 ejemplares de 63 especies. Esa cantidad de variedades equivalían a la cuarta parte de las que tuvo el parque en su mayor esplendor. Época que abarca la propiedad de Lezama, la gestión de Carlos Thays hasta fines de la década de 1940.

El parque hoy ofrece una vista mejorada y de mantenimiento aceptable, luego de años de abandono entre los años 1992 y 2014. Es el fruto de 12 años de litigios judiciales de los vecinos (mediante acción de amparo presentado en 2001) contra el gobierno municipal, que incluyó además un embargo al sueldo del Jefe de Gobierno entre los años 2006 y 2014.

En la próxima y última nota, se hará un repaso por el patrimonio artístico existente y perdido. También se hará un recorrido por la gran cantidad de obras literarias y artísticas en general que se originaron en este parque.

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jueves, 19 de abril de 2018

PARQUE LEZAMA: UNA HISTORIA DENTRO DE OTRA HISTORIA (1º Nota)


El Parque Lezama de Buenos Aires es un punto clave de la ciudad. Es el punto de unión entre los barrios de La Boca, Barracas y San Telmo. Es el lugar de la primera fundación de la ciudad. Fue el segundo parque público. Ahí se armó la mayor colección botánica que hubo en este país y Sudamérica. Fue recinto privilegiado de personajes literarios como Amalia, Martín del Castillo o Alejandra Vidal. Fue factor de inspiración para poetas como Baldomero Fernández Moreno, María Elena Walsh u Horacio Ferrer o novelista como Ernesto Sábato. El parque es una suma de muchas cosas, con historias que encierran otras historias.  





El parque no es un lugar cualquiera. Es un emblema de la ciudad y el lugar de su primera fundación. Hay montones de historias alrededor de este lugar que – sin ser especialmente diferente al resto – tiene un espíritu interior particular. Por alguna causa fue y es lugar elegido de escritores y artistas de todo tipo, pero especialmente los primeros. Tanto si escriben sobre él, como si lo hacen dentro de él o en alguno de los dos bares característicos ubicados en un extremo del predio. El Bar Británico y El Hipopótamo en la esquina de Brasil y Defensa. Los otros bares – que  son muchos – no son iguales. Parece que no son ni fueron propicios para la literatura.
En el Parque Lezama escribió José Mármol la novela Amalia, una obra capital del romanticismo en la historia literaria argentina. Situó a sus personajes en el lugar y describió los jardines y barranca que lo caracterizaban en aquellos años. Luego siguieron otros en el siglo XX, y algunos más próximos a nuestra memoria. Tales son el caso de Baldomero Fernández Moreno, María Elena Walsh, Ernesto Sábato y Horacio Ferrer. Pero también hay otros menos conocidos del gran público. Y también músicos, pintores, escultores.


Pero el parque también tiene otra historia, que a su vez  tiene otra historia. Es que la vida y existencia del parque es tan antigua como la ciudad. Lo que llamamos Parque Lezama, nació a mediados del siglo XIX, aproximadamente en 1857,  cuando el hacendado salteño Gregorio Lezama compró esas tierras y decidió instalarse definitivamente en Buenos Aires. Lezama era un aficionado a la botánica y un experto coleccionista de especies diversas, no necesariamente exóticas. En pocos años construyó una vivienda de estilo ecléctico renacentista e italianizante y un inmenso parque que ocupó en un primer tramo, la parte alta de la barranca y luego toda las laderas que daban hasta el río. Lo que hoy se conoce como La Pradera. Para 1890 no había ninguna colección botánica en Sudamérica que la superara. Era el orgullo de la ciudad y el principal espacio verde. Fue el primer lugar diseñado racionalmente como parque y la primera gran colección botánica. Y fue lo más parecido a un museo o galería de arte por la cantidad de piezas que tenía en su interior.
Los límites del parque fueron variando según el crecimiento de la ciudad y la expansión sobre el Río de la Plata. Los que hoy conocemos, corresponden a la época de Lezama. El actual parque es heredero del aquel espacio. Dentro de la ciudad de Buenos Aires está en el punto clave que une los barrios de La Boca, Barracas y San Telmo. Las tres esquinas que forman las avenidas Paseo Colón, Almirante Brown y Martín García. El límite sur es la Avenida Martín  García y el norte la Avenida Brasil (aunque en este tramo es calle). Por el lado este lo rodea la Avenida Paseo Colón y por el oeste la calle Defensa. Tiene aproximadamente ocho hectáreas y en la casa tradicional de la familia Lezama, ahora funciona el Museo Histórico Nacional.

 La ciudad y el parque

El parque y la ciudad no nacieron juntos, pero la ciudad se fundó en el lugar que hoy ocupa el parque. En la explanada que da a la esquina de Brasil y Defensa,  hay un gran monumento a Pedro de Mendoza, fundador de la primera Buenos Aires, el 2 de febrero de 1536. Sobre su corta existencia (apenas siete años) se ha escrito el mejor relato de la historia de la conquista y colonización de América: Viaje al Río de la Plata, de Ulrich Schmidel. Soldado de fortuna, formó parte de la expedición, la fundación de la ciudad, fue testigo de su destrucción y abandonó el lugar en dirección al norte, con Domingo Martínez de Irala para ser uno más de los que fundaron la ciudad de Asunción del Paraguay. Schmidel sobrevivió a todo eso y  lo contó. Es el mayor registro literario y  descriptivo de la aventura y la única ciudad que tiene un relato propio y específico de su fundación.
Tras la segunda fundación de la ciudad por Juan de Garay, el 24 de abril de 1580, el lugar perdió centralidad. La nueva Buenos Aires se instaló tres kilómetros al norte, también sobre la barranca que forma el macizo geográfico que da sobre el Río de la Plata. Pero la Punta de Doña Catalina, como se conoce a ese extremo de la barranca donde hoy está el parque, quedó como un extrarradio, como un lugar intermedio entre la Plaza Mayor y el Riachuelo de los Navíos, como se llamaba a la desembocadura del río Matanza, en forma de delta, sobre el Río de la Plata. Lugar usado de fondeadero y puerto de emergencia. El terreno del parque, entonces,  pasó a ser lugar de tránsito, de  descanso de caravanas y reacomodamientos de tropillas y trasiego de mercaderías en dirección al mercado de la Plaza Mayor.
También tuvo otros nombres populares, según fueron cambiando los usos. A  esta punta de la barranca se la llamó Bajo de la Residencia y Barranca de Marcó en los tiempos en que funcionó el primer horno de ladrillas, el primer molino de viento, fuera también el gran depósito de mercadería de la ciudad y se instalara la barraca de la Real Compañía de Filipinas, dedicada al comercio de esclavos.



La auténtica historia de este lugar empieza a partir del 1802, año en el que el funcionario Manuel Gallego y Valcárcel compra el predio que hoy ocupa el parque, en su sección sobre la Avenida Martín García y empieza la construcción del edificio familiar. Pero la identidad más próxima a lo que conocemos se la dio El Gringo,  un inmigrante irlandés que se instaló en 1808 con su familia. Daniel Mackinlay le compró a Gallego y Valcárcel la propiedad por 19.000 pesos. Luego la amplió y le dio un entorno verde con diferentes especies. Siguiendo las tradiciones de su tierra, no puede haber casa sin parque.  En esos años se conoció el lugar como La Quinta del Inglés, a pesar de que Machinlay no lo era. Y ese nombre referencial se siguió usando muchos años después de su muerte en 1826.
Entre El Gringo y Gregorio Lezama hay un intermedio que ocupa un auténtico inglés, Mister Carlos Ridgely Horne, experimentado comerciante de Baltimore. Horne compró la propiedad en 1846 a los herederos de Machinlay, que ya era un lugar de envergadura y consideración en la ciudad. Sus actividades requerían de un lugar destacado. Había sido nombrado por Juan Manuel de Rosas como “único corresponsal marítimo” del puerto de Buenos Aires. Algo así como tener el control absoluto del puerto. Su solvencia, le permitió anexar las tierras hasta la calle Brasil y remodeló la construcción. Ahora ya no es una casa con jardín o una gran quinta, sino un pequeño palacete con extensión suficiente de parque. Pero los desarrollos hechos al lado del poder, duran lo que dura el poder. Rosas fue derrotado y se marchó al exilio luego de la Batalla de Caseros,  en 1852. Horne vivió algunos años más por estas tierras, pero en 1957 vendió la propiedad a José Gregorio Lezama. El primer paso dado por Goyo Lezama fue ampliar y remodelar definitivamente la casa, tal como la conocemos hoy. Pero el aspecto clave en la historia del lugar, fue la contratación del paisajista belga Verecke para parquizarla y armar la primera colección botánica.
Así, casi como una medida administrativa, como resultado de una transacción comercial aparentemente sin importancia, nace lo que hoy conocemos como el Parque Lezama. En la próxima nota entraremos en su historia fundacional como lugar público de esparcimiento y qué significó en esa época.

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miércoles, 28 de marzo de 2018

EL MIRADOR MASSUE


Fue construido entre 1903 y 1908. Rápidamente se convirtió en un signo distintivo de la plaza Lavalle. Nunca fue el edificio más grande ni más alto, pero era la construcción con mayor personalidad. Enfrentado al Teatro Colon y con el Palacio de Tribunales a su lado, esta obra del arquitecto francés Alfredo Massue es uno de los mejores ejemplos del art  nouveau en la ciudad de Buenos Aires. Hoy solo queda la torre con su cúpula y mirador en la esquina de Talcahuano y Tucumán que se destaca aún más frente al modernismo de alrededor.




En forma silenciosa se fue constituyendo en un signo de la plaza Lavalle. No es el edificio más grande ni el más alto. Pero es la construcción dominante en este paisaje que rodea al Palacio de Tribunales. El Mirador Massue es una obra del arquitecto francés Alfredo Massue, quien realizó importantes trabajos en Argentina y Uruguay a fines del siglo XIX y principios del XX. Había estudiado en la École des Beaux-Arts de París y al finalizar adhirió el emergente movimiento del art nouveau. Este trabajo realizado para el empresario Costaguta, es una muestra cabal y de las más representativas del estilo en la ciudad de Buenos Aires. La obra diseñada en 1903 se caracteriza centralmente por la  ornamentación del balcón del primero piso, el remate de la torre y la abundancia de rostros femeninos típicos de esa arquitectura. 

El edificio original en realidad no era uno, sino dos. Dos estructuras pegadas con accesos diferentes. Uno por la calle Talcahuano y otro por la calle Tucumán. Este sector era el más grande y con mayor cantidad de espacio para viviendas. La torre quedaba justo en la esquina, como una especie de “faro” que llamaba la atención a los paseantes. 

El Palacio Costaguta – como su fue su nombre original por el apellido del empresario que lo encargó – fue concebido como un edificio de viviendas. En el momento de su construcción,  todavía se encontraba en la calle Talcahuano, entre Tucumán y Lavalle, el Parque de Artillería, que había sido el escenario de las principales combates del Revolución del ’90, esa que le dio carta de nacimiento el viejo partido de la Unión Cívica Radical. Pero en 1910 se resolvió construir en el ese sitio el actual Palacio de Tribunales, una obra de  gran magnitud encargada al arquitecto Norbert Maillart, también francés como Massue. Esta decisión modificaría completamente el entorno de la plaza Lavalle que, al mismo tiempo,  se convertiría en un importante centro de actividades de la ciudad. El Teatro Colón, situado enfrente de estas obras, se había terminado de construir en 1908, luego de 19 años de trabajos en su construcción. De manera tal, que la idea de Costaguta hoy parece bastante clara, edificar en un lugar en donde el valor de la propiedad ascendería notablemente. 

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Hacia fines del siglo XX, la zona había dejado de ser residencial para ser invadida por empresas, despachos de abogados, organizaciones jurídicas, editoriales académicas y otras actividades relacionadas con el mundo judicial. El edificio diseñado por Massue no era funcional para las nuevas actividades. No era posible usar como oficinas, espacios concebidos como vivienda. Así, en 1989 el bloque completo fue adquirido por la empresa Unibon S.A. que, al momento de hacerse con la propiedad, anunció su demolición y la construcción de uno nuevo preparado para albergar oficinas. Al mismo tiempo, se publicaron los planos del proyecto realizados por los arquitectos Caffarini y Vainstein. La muestra del proyecto generó una intensa polémica en los ámbitos académicos y profesionales de la arquitectura, como así también en los relacionados con el patrimonio cultural de la ciudad. Estaba en juego uno de los ejemplos más específicos del art nouveau en la ciudad de Buenos Aires. Arquitectos como Horacio Spinetto, Mario Sabugo o José María Peña, entre otros, se movilizaron rápidamente para evitar la destrucción total. 

Finalmente se resolvió dejar en pie la torre en su conjunto y se autorizó la demolición del bloque con entrada por la calle Talcahuano, al tiempo que el bloque de la calle Tucumán, con entrada por el 1325 y 1349, permanecería intacto.  La estructura vidriada en la parte superior del nuevo edificio, provoca que la torre – y sobre todo su cúpula – se destaque aún de lo que se veía antes. La particularidad de su estilo contrasta con las líneas rectas y pesadas estructuras de los edificios que lo rodean. Y por los detalles ornamentales se convierte en un contrapunto (modesto pero contrapunto al fin) con el Teatro Colón que está justo en frente. 

Quien no sobrevivió el paso del tiempo y sucumbió a la voracidad destructiva del patrimonio, fue el café Fuji que se encontraba en la planta baja y al que se accedía por la puerta de la base de la torre. El café rápidamente se convirtió en un importante centro de reunión de juristas y asesores de todo tipo. Tal como mandaban los cánones de la época,  el café tenía pisos de pìnotea ornamentados y boiserie tallada artesanalmente en las paredes. Pero de eso, solo quedan fotos en los archivos personales de los viandantes.

Fotos: ©sarmiento-cms

Con información de Wikipedia  

También pueden consultar en 

** Spinetto, Horacio: "Tucumán y Talcahuano. Una mutilación histórica", en revista Todo es Historia n° 346, mayo de 1996, pág. 70.

** "Edificio Talcahuano y Tucumán. Réquiem para un edificio en esquina", en revista Summa n° 261, mayo de 1989, pág. 75.

Etiquetas: Mirador Massue, Arquitectura de Buenos Aires, Art  Nouveau, Buenos Aires, Argentina, Patrimonio Cultural,

lunes, 29 de enero de 2018

NUESTRO “MURO DE BERLÍN”



La Plaza de Mayo de Buenos Aires está en obras y se promete restauración total según el diseño histórico de Carlos Thays. Nadie ha mencionado nada del vallado permanente que tiene la plaza desde hace ya varios años y que el nuevo gobierno ha desarrollado hasta la exacerbación. Los porteños, por el momento, han naturalizado el enrejado y desarrollan su vida y circulación de un lado o del otro. Se asoman, espían hacia el otro lado, grupos de oficinistas  toman sol separados apenas por la valla y muchos otros dejan leyendas, dibujos y graffitis. Es el particular “Muro de Berlín”  que se ha creado en la ciudad.  Luego de las obras, seguramente  volverá. Porque lo que no cambiará es  la política de seguridad. Esta nota ya fue publicada también en mí blog  Sarmiento-cm

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Los muros no se construyen de un día para el otro. Lleva su tiempo y en todos los casos son planificados. Pero el que se levantó en la Plaza de Mayo de Buenos Aires se fue levantando despacio, en pequeños tramos y al ritmo de los temores del gobernante de turno. La crisis económica. Social y política de diciembre de 2001 dejó la herencia de los enrejados perimetrales a la Casa Rosada y al Congreso Nacional, de carácter permanente, con una altura mayor a 3 metros y asentado en profundos pilotes de cemento sobre el suelo. Es un enrejado con herrería artística y detalles ornamentales de interés. Acorde a la envergadura de los edificios que custodia. 

Pero los vallados posteriores que se incorporaron a la Plaza de Mayo son producto de los temores de las autoridades de turno. Luego de  las movilizaciones de los sectores agroexportadores en el año 2008, en contra de la Resolución 125 del gobierno nacional, los servicios de seguridad de la Casa Rosada creyeron conveniente instalar un vallado permanente en la mitad de la plaza a la altura de la Pirámide de Mayo. Justo en el mismo sitio que estaba emplazada la Recova, ese mercado informal y principal de la ciudad en tiempos de la colonia y primeros años de  la independencia. La Recova dividía la actual Plaza de Mayo (en ese entonces Plaza Mayor y luego Plaza de la Victoria) pero lo hacía de manera festiva y plena de actividad comercial. La Recova era el principal mercado de la ciudad. 

La división creada en el 2008 no tuvo nada de festivo. Establecía un muro de contención de manifestantes que así quedaban a muchos metros de la Casa Rosada. Cuando no era momento de protestas, los vecinos de la ciudad podían circular por ambos lados del vallado. Pero en caso de conflicto o presunción de manifestantes, entonces  inmediatamente se cerraban las calles adyacentes y solo se circulaba por la mitad de la plaza. Esa  mitad que va desde la Pirámide hasta el Cabildo. 



Luego se le agregaron más metros de valla a esa división central de la plaza. Esta vez sobre dos de los cuatro carriles de las calles adyacentes. De manera tal que se  obstruía la  circulación de vehículos, se debía circular a menor velocidad y era más sencillo el control de tránsito. Más tarde, se empezó a vallar la Catedral solo en algunos casos. Pero desde marzo de 2016 se decidió clausurar el frente del templo y dejar su acceso restringido a los laterales. 

En los últimos dos años, la plaza ha sufrido numerosos cierres de tipo preventivo. Los ciudadanos se han acostumbrado a ver carros hidrantes y furgones de  la policía, como así también destacamentos de efectivos haciendo guardias detrás de las vallas. Un viajero imprevisto, que llegara a la  plaza sin información previa, pensaría que se trata de una ciudad que está en conflicto, que debe haber combates en algún lugar o hay una causa grave por la que deben dividir parte de  la ciudad. Algunos días tendrá cerradas con vallas de metal el acceso a la plaza. Otros días podrá ingresar por calles con pasos controlados por una guardia que está detrás de la valla. Y otras veces podrá hacerlo normalmente. 

Todo un clima caótico que sugerirá a cualquier desprevenido, que la ciudad está sumida en el caos. Pero nada de eso ocurre, salvo que las medidas extremas de seguridad se han ido incrementando con el actual gobierno de Mauricio Macri hasta convertir la plaza en un paradigma de rejas, pasos controlados y tránsito vigilado. 

Las vallas – como es natural y ha ocurrido en toda la historia – han sido utilizadas por los vecinos como muros para sus reclamos. La protesta ha sido controlada con esta suerte de muro pero al mismo tiempo, sus leyendas y dibujos han eternizado el reclamo. Y así como vinieron unos con sus reclamos, luego vinieron otros con sus leyendas y luego se sumaron otros con sus graffitis. Y entre todos fueron construyendo este muro de hierro y tejido metálico, movible pero fijo,  en una suerte de “Muro de Berlín” particular de Buenos Aires. Periódicamente van cambiando las leyendas, consignas, reclamos, dibujos y graffitis. Pero lo que ya no cambia es el  paisaje. Los porteños se miran y fotografían de un lado o del otro de las vallas y deben recorrer un par de cuadras para circular de un lado al otro.



En estos días la plaza está dada vuelta porque está en reformas en su totalidad. Ya no hay vallas porque todo el espacio ha sido circundado por los límites de la obra. La plaza recuperará su antiguo esplendor, ya que se trata de repararla respetando los diseños que le diera al arquitecto Carlos Thays a principios del siglo XX.  Pero el muro volverá. Tendrá nuevos graffitis y leyenda o reclamos. Pero volverá. 

Porque lo que no va a cambiar es la idea de los servicios de inteligencia y seguridad respecto de cómo vigilar y controlar el espacio público. Hace tiempo que decidieron que enrejar y clausurar áreas públicas de circulación y vivencias era el método más efectivo. Una medida que puede ejemplificarse así: “cuando un cirujano no tiene mucha idea sobre su oficio, entonces resuelve que lo mejor es cortar el miembro del cuerpo afectado, antes que perder el tiempo buscando una solución adecuada”. En este caso, todos  los ciudadanos son sospechosos y lo mejor es armar un laberinto de rejas para la circulación, así los tienen a mano en cualquier emergencia. Y la gente – por supuesto – usará la valla como su muro de los reclamos. Algo así como nuestro particular Muro de Berlín.

Fotos:  ©sarmiento-cms
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